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El silencio que oprime: un año sin Cristino Valdez el ganadero de Cotuí

La lucha de la familia frente al mutismo oficial

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El silencio que oprime: un año sin Cristino Valdez el ganadero de Cotuí
Cotuí no olvida la desaparición de Cristino Valdez. (FUENTE EXTERNA)

Cotuí amanece esta mañana con la misma luz dorada de hace casi doce meses. Los gallos rompen la madrugada, el comercio levanta sus cortinas, las reses pastan en los potreros del Cibao Oriental con la indiferencia plácida del ganado. Pero en una casa —y, a estas alturas, en muchas casas de esta comarca— el almanaque se detuvo el 19 de mayo de 2025. Aquella tarde, Cristino Valdez Rojas, ganadero de oficio y de apellido respetado, salió a cerrar un negocio en Luisa la Prieta, provincia de Monte Plata. Compraría veintidós reses. Nunca regresó. Un año después, la frase popular —"se lo tragó la tierra"— duele más por lo literal que por lo metafórico.

La tierra no traga; calla quien sabe

Conviene desmontar el refrán. La tierra dominicana, generosa hasta con quienes la maltratan, no traga hombres. Lo que oculta a los nuestros es la voluntad de otros hombres y, peor aún, la negligencia de quienes recibieron del Estado la misión sagrada de buscarlos. Las pesquisas iniciales del DICRIM apuntaron temprano: una hipótesis de emboscada, un monto en efectivo todavía sin cuantificar, sospechosos identificables, evidencias que cualquier investigador novato sabría leer. No estamos ante un caso sin pistas; estamos ante un caso con demasiadas pistas que nadie quiere seguir.

El expediente que duerme

Aquí me permito invocar lo que mi formación en las leyes me obliga a no callar. El Código Procesal Penal dominicano deposita en el Ministerio Público la titularidad de la acción penal pública y, con ella, una obligación que pocos recuerdan: el principio de objetividad. El fiscal no es abogado del imputado ni vengador de la víctima; es servidor de la verdad. Investigar lo que inculpa y también lo que exculpa. Pero, sobre todo, investigar.

Cuando los oficiales asignados solicitan en repetidas ocasiones órdenes de arresto y allanamiento contra personas razonablemente sospechosas, y la respuesta del despacho fiscal de Monte Plata es la negativa o, peor, el silencio administrativo, ya no hablamos de tecnicismos procesales. Hablamos de una omisión con nombre y apellido institucionales. El expediente archivado no es papel: es el rostro de Cristino Valdez metido en una gaveta, esperando que el tiempo —aliado incondicional de la impunidad— haga el trabajo sucio de borrar la memoria.

La empatía del vecino

Escribo estas líneas como habitante de Cotuí, como hombre que conoce de oídas la honradez de los Valdez, como ciudadano cuyos hijos cruzan los mismos caminos que cruzó el desaparecido. La empatía, en estos casos, no es un sentimiento abstracto: es el latido que se acelera al imaginar a los propios hijos peregrinando durante un año entre cuarteles, fiscalías y despachos, buscando una respuesta que no llega. Es la rabia silenciosa de saber que pudo haber sido cualquiera de nosotros.

Los hijos de Don Cristino han hecho lo que ningún hijo debería hacerse cargo: suplir con su angustia la diligencia que el Estado les niega. Han tocado puertas, formulado preguntas, sostenido la búsqueda con sus propios recursos mientras la maquinaria que pagamos entre todos guarda un mutismo elocuente. ¿Qué le dice esto al ganadero, al campesino, al comerciante que se levanta antes del alba para sostener una economía que el discurso oficial celebra en cifras? Le dice que el contrato social está, en su caso, suspendido. Que la seguridad, ese mínimo civilizatorio sin el cual no hay república que valga, se ha vuelto privilegio incierto.

Las preguntas que arden

Quedan, entonces, interrogantes que no admiten respuesta cómoda. ¿Perderá el hombre honesto y trabajador, en esta isla nuestra, el derecho elemental a regresar a casa? ¿Habremos de aceptar que quien tiene cómo pagarse el silencio se compre, además, la indolencia de las autoridades? ¿Está el aparato investigativo protegiendo intereses ajenos a la justicia, o es simplemente víctima de su propia fatiga moral? No formulo acusaciones; formulo dudas razonables, que es lo que un Estado de Derecho permite —y exige— a sus ciudadanos.

El espejo de Cotuí

A la tierra dominicana no se le traga nada. La tierra recuerda: guarda en sus huellas, en sus testigos involuntarios, en sus rumores de monte, los pasos de quienes la cruzan. Lo que se traga a Cristino Valdez Rojas no es el suelo del Cibao ni el de Monte Plata; es la indiferencia institucional, ese sumidero burocrático donde los expedientes se vuelven polvo y las familias, sombras.

Que conste, entonces, en esta tribuna modesta: a un año de aquella tarde de mayo, Cotuí no olvida. Y el país tampoco debería. Porque mientras un solo expediente duerma con evidencias suficientes para despertar a la justicia, ningún dominicano honrado puede dormir tranquilo. La desaparición de un hombre, cuando el Estado la consiente con su pereza, deja de ser un caso: se convierte en un espejo. Y lo que ese espejo nos devuelve, hoy, no es un rostro al que podamos mirar sin estremecernos.

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Doctor en educación, docente e investigador universitario. Experto en finanzas, tecnología y prevención de riesgos laborales. Abogado.