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Alma Delia Murillo: "Abomino de la inteligencia artificial, la rechazo categóricamente"

La escritora mexicana, autora de "La cabeza de mi padre", visita por primera vez República Dominicana invitada a la segunda edición del Festival de literatura Mar de Palabras

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Alma Delia Murillo: Abomino de la inteligencia artificial, la rechazo categóricamente
Alma Delia Murillo participa en la segunda edición del estival literario Mar de Palabras. (EFE)

La Ciudad Colonial se prepara para convertirse una vez más en el epicentro cultural del Caribe con la segunda edición del Festival  literatura Mar de Palabras, que se celebrará del 19 al 21 de junio bajo la organización de la Fundación René del Risco Bermúdez.

El encuentro reunirá a más de 65 escritores, artistas, cineastas, pensadores y periodistas de 14 países, entre ellos Colombia, México, Haití, Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Costa Rica, El Salvador, Argentina, Nicaragua, Venezuela, Estados Unidos, España y República Dominicana.

Entre las figuras invitadas destacan Carlos Granés, Piedad Bonnett, David Toscana, José Mármol, Soledad Álvarez, Jorge Volpi, Michael Shifter, Cezanne Cardona, Jhak Valcourt, José Antonio Rodríguez, Aníbal de Castro, Karina Sainz Borgo, Xavi Ayén y Manuel Vilas, entre otros.

El Festival Literario Mar de Palabras celebrará su segunda edición desde este viernes hasta el domingo 21 de junio, con la participación de destacadas figuras de la literatura nacional e internacional. El evento tendrá como sede principal el hotel Kimpton Las Mercedes, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, además de otros escenarios.

La escritora mexicana Alma Delia Murillo llegó por primera vez a la República Dominicana invitada a un festival literario, gracias a la gestión de su editorial, Penguin Random House, a través del sello Alfaguara.

Autora de seis libros, entre ellos el fenómeno editorial La cabeza de mi padre —que acumula veinte reimpresiones en tres años y medio— y su más reciente obra, Raíz que no desaparece, Murillo conversó sobre literatura, identidad latinoamericana, la crisis de las personas desaparecidas en México, su rechazo a la inteligencia artificial y su trayectoria, que la llevó desde un internado para niñas hasta convertirse en una de las voces más leídas de la narrativa autobiográfica en español.

¿Qué significa para usted compartir espacio con escritores y editores que hablan esta misma lengua, el español, o como dicen en Ciudad de México, el chilango?

No deja de ser una fiesta, un motivo de celebración. También creo que ayuda a visibilizar y posicionar a todas las escritoras y escritores que, desde hace algunos años, tenemos una presencia muy importante frente a los lectores de los relatos de nuestros países. Cada uno con sus peculiaridades, pero no dejan de parecerse: nuestra identidad, en muchos sentidos, es compartida.

Voy muy feliz y muy agradecida por la invitación, que llegó a través de mi editorial, Penguin Random House, el sello de Alfaguara. Me parece un motivo de celebración que las casas editoriales se sumen y promuevan esta conversación; me parece bellísimo en todos los sentidos.

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La escritora Soledad Álvarez, entre las figuras de la literatura que participarán en el Festival Mar de Palabras.

Cuéntenos sobre "La cabeza de mi padre". Usted relata una historia muy personal, ¿en qué momento supo que esa búsqueda también podía convertirse en una novela?

Lo supe hacia 2020, en ese momento particular de la pandemia de COVID-19, cuando aún no había llegado la vacuna y la Ciudad de México, una de las más pobladas del mundo, empezaba a tener una tasa de mortalidad muy alta. Veía cómo estaba muriendo la generación arriba de la mía: los padres y las madres de muchas amigas. Y yo ya había tenido la experiencia de salir a buscar a mi padre por las carreteras mexicanas en 2016, cuatro años antes.

Tuve la fortuna de encontrarlo y de que se cumpliera ese vaticinio que tuve en un sueño, de que mi padre iba a morir. Todo ese eco alrededor de la paternidad, la maternidad y la muerte inminente hizo que no me lo pensara demasiado.

A veces hay novelas que brotan, están ahí, un día sientes la pulsión y te pones a escribirla. Pero la verdad es que llevaba, en esa novela, más de cuarenta años rumiando ese relato, que son los años que crecí —como tantas niñas mexicanas, el 40%— con el abandono de mi padreCrecí escuchando versiones: que estaba muerto, que no estaba muerto, mitos. Por eso mi novela arranca diciendo que en este país todos somos hijos de Pedro Páramo.

Muchos lectores se identificaron con su novela, ¿verdad?

Sí. Es tremendo. Yo atisbaba que iba a ser así, pero no de esta manera. Vamos por la reimpresión número veinte, lo cual es un dato que se sale del estándar para una novela mexicana de autoficción o de narrativa del yo. Estamos a los tres años y medio de que se publicó este libro.

Y lo que más me ha encontrado es que el relato lo comparto con un montón de mexicanos, colombianos, chilenos, argentinos: nuestras historias se parecen. Esta Latinoamérica tan herida de origen por estas estructuras sociales, donde el abandono del padre es común. Entre broma y broma, digo que la mitad somos hijos de Pedro Páramo y la otra mitad somos hijos de Chayanne.

Llama mucho la atención que, en una época en la que mucha gente quiere venderle al mundo que la literatura no se consume, usted celebre veinte reimpresiones.

Sí, es precioso. La verdad es que en México, por lo menos, generó una conversación muy efervescente. Son tres años y medio y ya se reimprimió veinte veces porque no ha dejado de estar en la conversación de las lectoras y los lectores. Creo que esta novela ofrece, en particular, un espejo: el espejo de tantísima gente cuya vida y cuya historia se parece a la mía.

¿Cree que la literatura puede ayudar a que temas como las desapariciones no caigan en el olvido? ¿De qué manera?

Mi novela posterior a La cabeza de mi padre, que se llama Raíz que no desaparece, es precisamente una especie de crónica, un relato ficcionado pero basado en la realidad, del acompañamiento que hice con las Madres Buscadoras mexicanas.

En este momento en México hay más de 130,000 personas desaparecidas. El dato es brutal, y lo es doblemente cuando pensamos que esas 130,000 personas han desaparecido en su mayoría en los últimos dieciocho años. No es un asunto histórico, no es un periodo de dictadura de los años sesenta, es aquí y ahora.

Hacía mucha falta, y sigue haciendo mucha falta, que los ciudadanos tomemos la narrativa en nuestras manos sobre este fenómeno. Es muy doloroso, y el gobierno mexicano y el crimen organizado han construido una necronarrativa, como si solo se tratara del narco, de gente que anda en malos pasos y, por lo tanto, los demás debemos mantenernos no solo indiferentes, sino alejados.

Ponerlo en una novela, acercarlo a las mesas de novedades y que la gente lo lea permite que empecemos a darnos cuenta de que eso no es verdad, y que las familias buscadoras se parecen a la mía, a la de cualquiera de nosotros, con esta herida brutal, este duelo suspendido de tener a una persona de tu sangre desaparecida desde hace diez, seis, quince años.

En su trabajo se abordan muy bien las contradicciones de nuestra época. ¿Cree que todo eso define a la generación actual?

Sí. Creo que este fenómeno, que no es tecnológico sino humano, del uso de las redes sociales y los dispositivos —usted y yo nacimos sin un celular en la mano, y de eso me alegro—. Al menos pude tener cierta plasticidad neuronal libre de las pantallas. Y, sin embargo, ya formamos parte de esta manera de estar en el mundo. Creo que ha sido tan rápido, tan brutalmente rápido, que por supuesto nos tiene sumidos en profundas contradicciones.

La fantasía de la hiperconectividad no deja de ser, en realidad, la cara de la profunda soledad en la que nos hemos estado metiendo, de la profunda individualidad, de cómo confundimos lo virtual con ponerle el cuerpo a las causas, a los eventos, como si bastara un video de TikTok, un tuit, un Instagram, para detener regímenes violentos, cuando a veces hay que hacer mucho más que eso. Y, a la vez, también son grandes medios de comunicación que han traído posibilidades intergeneracionales que de otra manera habría sido complicado lograr. Pero sí, vivimos sumidos en esta profunda contradicción.

Eso nos conecta con la inteligencia artificial, esa herramienta que fue liberada al mundo sin control, como ocurrió con las plataformas digitales, las redes sociales y el propio internet, y que hoy esas grandes corporaciones están tratando de "repensar". ¿Cuál es su reflexión sobre la IA?

Lo tengo que decir abiertamente: abomino de la inteligencia artificial. La rechazo categóricamente. Soy una objetora de conciencia. Para empezar, porque es de cinco oligarcas sin escrúpulos, con anhelos que cruzan y violentan la soberanía de los países. Estos multimillonarios de la alta tecnología no representan precisamente un rechazo de la ética ni una percepción humanista de nuestra especie. Al contrario, son unos saqueadores. Y esta herramienta es de ellos. Me da casi hasta ternura que la gente crea que es en beneficio nuestro.

Por otro lado, la herramienta como tal, particularmente en cuanto a modelo de lenguaje, me parece que de entrada no es lo que promete. Yo, para empezar, no le llamo inteligencia artificial. Le digo inteligencia artificiosa. Y creo que sería mucho más apropiado llamarla inteligencia fingida. No deja de ser un modelo de datos, una minería de datos, de palabras, que tienden a dar la organización más común de una frase. Y eso es lo que resulta de ello.

Creo que se pierde muchísimo, por ejemplo, cuando se piensa que la inteligencia artificial va a poder escribir novelas, poesía y guiones, porque la escritura y el lenguaje son parte esencial de lo que nos hace humanos. Y lo novedoso, el futuro, no puede venir de la inteligencia artificial, que es un modelo repetitivo de caminos algorítmicos más comunes. No hace más que darnos lo más común. Lo nuevo, lo que se reinvente, vendrá de alguien con cuerpo, con corazón, con dolor, con dudas, con miedo, con imperfección. Así que la rechazo. Peleo en mis contratos editoriales para que no esté incluida. Y creo que antes o después vamos a regresar al valor de lo puramente humano.

Esto también se cruza mucho con el derecho de autor, con cómo le roban a uno su creatividad

Claro, claro. Es brutal. Un robo flagrante y cínico. Hay temas de autoría y de derecho de autor tremendos. Nos están robando el contenido, la voz, la cara. Y vamos a entrar en un conflicto, creo, muy serio sobre propiedad intelectual y derecho de autor, que esperaría que seamos capaces de defender como corresponde, como parte de la creación humana. De hecho, hace poco vi que una delegación dominicana participaba en un encuentro, creo que en París, donde se está analizando, repensando el tema del derecho de autor y cómo se le va a hacer frente a nivel global a todo lo que está ocurriendo.

Usted también es guionista. ¿Se siente cómoda moviéndose entre esos dos mundos, la literatura y el guion? Cuéntenos un poco de su trabajo como guionista.

Es completamente distinto. En general, las experiencias que he tenido escribiendo guion para series, películas, audioseries, siempre forman parte de un equipo. Esa experiencia es mucho más gremial. Por un lado es positiva, enriquecedora, divertida, y por otro lado es una pesadilla escribir para que te corrija un productor, un director, un inversionista que no sabe escribir. Y yo lo paso mal.

La verdad es que lo que prefiero es escribir narrativa, literatura, o lo que pretendo que sea literatura, porque el componente de la soledad —uno en su universo con sus demonios— es para mí como un paraje fantástico en el que poder sumergirme. Porque cuando uno escribe, no solo revela lo que quiere escribir, las fantasías, la creación, también revela cómo piensa. Y eso lo vuelve muy complicado en la experiencia del guion, porque tienes que tomar las formas de pensar de todo el mundo. No lo prefiero.

¿Qué otras áreas, a nivel de literatura y escritura, le quedan pendientes en su agenda? Usted trabaja el humor, el dolor, la esperanza, la reflexión. ¿Tiene algo pendiente?

Sí, sí, sí, tengo. Estoy medio congestionada, creo. Hay dos libros que traigo aquí, para los que he estado tomando un montón de notas, esos momentos que te vienen. Uno tiene que ver con la Ciudad de México, esta tierra prometida, esta bestia tremenda. Creo que voy a ir por ahí más o menos pronto.

Tengo muchas ganas de escribir directamente ensayo, porque es delicioso poder desplegar un ejercicio de pensamiento, de planteamientos, de dudas, de recuperar los pensamientos de otras personas. Y lo que más me gustaría en el futuro, si lo logro, es algún día animarme a escribir y publicar algún poema. Creo que la poesía es la expresión más elevada del manejo de la lengua. Ahí es donde realmente se exprime, se afina, se pule como un diamante la lengua. Soy lectora de poesía desde hace muchos años, admiradora de quienes son capaces de hacer eso. Me encantaría llegar ahí.

¿Usted se considera una escritora feminista?

Yo creo que soy una escritora. Punto. Como habito un cuerpo femenino y vivo en un país profundamente machista y, además, feminicida, obviamente todo mi relato, mi mirada del mundo, está atravesado por ello y está presente en mi obra. Pero eso no tiene que ver con asumir o no una ideología, sino con habitar un cuerpo femenino en un momento como este.

¿Cómo ve el momento que vive la mujer en América Latina? En todos los países de la región tenemos violencia de género. ¿Cuál es su mirada al respecto?

Creo que la pregunta interesante y urgente desde hace tiempo es: ¿cómo ven los hombres su masculinidad en América Latina? Porque nosotras ya llevamos años batallando, proponiendo, escribiendo, impulsando leyes, y los feminicidios en México no paran, y todos tienen la misma característica. El feminicida, el agresor, suele ser el esposo, el novio, el exnovio; un hombre con una relación afectiva cercana a esa mujer a la que termina asesinando.

Esas estadísticas, que no han hecho más que subir, lo que dicen a gritos es que falta que la otra mitad se involucre: que la manera en que los hombres aprendieron a ser hombres, la manera en que la masculinidad violenta, dominante, conquistadora, sigue sosteniendo a nuestros países, necesita urgentemente cuestionarse. Lo digo sistémicamente, no como un ataque individual ni como un señalamiento a ningún varón en particular. Es sistémico. Esa estructura de masculinidad es la que urge que los hombres se pregunten: ¿qué está pasando? ¿Cómo pueden renunciar a eso, recrearlo de otra manera?

En esta época de redes sociales e inteligencia artificial, ¿qué sigue ofreciendo la literatura que no pueden dar otros formatos?

El contenido humano. Se escribe un libro con el cuerpo, con los años, con los duelos, con un proceso de transformación profunda, y se escribe en soledad. Y quien lo lee, quien toma un libro y se lo lleva a la cama o al transporte público, también está en soledad. Esta unión de dos soledades que se encuentran a través de un libro creo que es una de las maneras más bellas que seguimos teniendo de habitar nuestra humanidad.

Ya ni hablemos de los beneficios neurológicos de dejar la pantalla: ser capaz de concentrarte y sostener tu atención en un relato, de proyectar tu imaginación en lo que estás leyendo, de escuchar esa voz. El cerebro es un maravilloso aparato narrativo, pero necesita que lo estimulemos para estar en ello. Creo, además, que los libros no van a desaparecer, todo lo contrario. Siempre van a volver. Cuando la humanidad ha pasado por lo peor, ha venido la literatura a dar cuenta de ello y, de alguna manera, a seguirnos dando razones para intentar reconstruirnos.

Alma Delia, ¿cómo se dio su conexión con la literatura? ¿Cómo comenzó ese viaje?

Desde niña lo tenía muy claro. Crecí en un internado para niñas, algunas huérfanas de padre y madre, otras que no teníamos padre, como era mi caso. En fin, veníamos de familias en situaciones complejas, precarias. En ese internado éramos trescientas niñas; dormíamos en camitas pequeñas, en fila, unas frente a otras, en grandes dormitorios. Y cada noche, cuando apagaban la luz, yo les contaba a todas las demás un cuento, una novela que me inventaba. Desde entonces supe que quería eso, que mi pasión eran las historias, sobre todo las historias.

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Alma Delia Murillo, invitada por la editorial Penguin Random House, participó en Mar de Palabras, que se celebra en la Ciudad Colonial de Santo Domingo.
Biografía

Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, México, 1979) ha publicado los libros Raíz que no desaparece (2025), La cabeza de mi padre (2022), Cuentos de maldad y uno que otro maldito (2020), El niño que fuimos (2018), Las noches habitadas (2015) y Damas de caza (2010). También es guionista y creadora de las ficciones sonoras Diez mujeres, Conversaciones prohibidas del confinamiento y Ciudad de abajo, y del podcast literario Diario la libro para Audible. Autora de la columna sabatina "Posmodernos y jodidos", que puede leerse en almadelia.mx, publica con regularidad columnas de opinión en diversos medios nacionales e internacionales como Reforma, BBC, El País y The Washington Post.

Claro, dedicarse a la literatura cuando vienes de una condición tan precaria, y vivir de ello, es muy difícil. Tuve que pasar veinte años como empleada corporativa hasta que un día no pude más y renuncié. Eso fue hace quince años.

Empecé ahí a decir: esto es lo que quiero, esta es mi pasión. Y hasta ahora llevo seis libros publicados. Ha sido un camino de mucha perseverancia, de tener cinco empleos para poder escribir un poco los fines de semana, en las noches. Hasta que, con mucha fortuna, de unos años para acá, mi vida realmente es escribir y puedo vivir de ello. Pero esta ha sido una carrera de resistencia.

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"Se escribe un libro con el cuerpo, con los años, con los duelos, con un proceso de transformación profunda, y se escribe en soledad. Y quien lo lee, quien toma un libro y se lo lleva a la cama o al transporte público, también está en soledad."Alma Delia MurilloEscritora

¿Cree que la humanidad puede cambiar el mundo apalancándose en la literatura. ¿Cómo ve usted todo esto?

Totalmente, sí. Creo que es muy perverso esto de llegar a decir "no hay nada que hacer, se jodió, ya no hay nada que hacer". Es perverso y, además, muy conveniente para estas estructuras violentas y sistémicas —este capitalismo gore, como dice una filósofa mexicana— para que se siga sosteniendo. No, no, somos responsables de crear y sostener esperanza. Es mucho más incómodo que simplemente rendirse y decir que ya todo se fue al carajo.

Creo que combatir las ideologías violentas, dominantes, de conquista, de polarización, es algo que sí se logra a través de estas experiencias que los libros nos permiten: ampliar el horizonte. Entender que hay temas de los que te puedes reír, que hay personas que piensan radicalmente distinto y, sin embargo, algo en ese personaje termina conectando contigo.

Que hay una persona en el otro lado del mundo que habla otra lengua, que viene de otro régimen, y que sin embargo, con sus palabras y su relato, termina haciéndote sentir algo. Creo que eso ayuda mucho, sobre todo, para quitar esta cosa rígida y vertical de "mi dios es el bueno, el tuyo es el malo".

En el caso de México, "mi partido es el bueno, el de izquierda, y todo lo demás es la basura de la derecha". Estas posturas radicales son muy dañinas, y para eso la literatura, en su amplitud, donde todo cabe, ayuda muchísimo a que tengamos perspectiva.

Una última pregunta, y quizás una invitación al público, a propósito de su presencia en el festival. ¿Algunas palabras finales?

  • Me dará mucha alegría conocerles, escucharles, que podamos conversar un poco de lo que está pasando en México. Quienes escribimos no dejamos de ser como una antena, un sensor, que terminamos cristalizando eso en una novela, en un relato.
  • Soy una escritora contemporánea y, además, profundamente, emocionalmente, me dejo afectar por lo que le duele a mi país, y luego lo pongo en mis libros. Sería bellísimo encontrar cómplices que quieran escucharlo, que quieran leerlo, que quieran saberlo. Ojalá.

¿Es la primera vez que viene al país?

Sí, es la primera vez.

TEMAS -

Periodista. Subeditor de Revista en Diario Libre. Presidente de la Academia Dominicana de Periodistas de Arte y Espectáculos (Adopae).