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Palabras que se acotejan

Pocas palabras hay tan nuestras como las palabras taínas

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Palabras que se acotejan
Adaptar para adoptar, el viaje de las palabras en el español. (SHUTTERSTOCK)

¡Qué bueno que nos interesen nuestras palabras y que hablemos de ellas! En un breve audovisual titulado «La muda obligada a hablar taíno» Huchi Lora propone una reforma ortográfica y fonética de los términos taínos de la lengua española. Con el gran respeto que me merece don Huchi Lora, quisiera hacer algunas puntualizaciones lingüísticas.

En la República Dominicana no hablamos taíno, por romántica que pueda resultar esa idea. No se habla taíno, como no se habla árabe, griego, francés, náhualt, italiano, alemán o inglés. Un puñado de voces de las lenguas indígenas antillanas, no solo del taíno, permanecen vivas en la lengua española desde hace más de quinientos años, cuando se incorporaron y se adaptaron al español. Nada hay de extraordinario en esto. Muchísimas de nuestras palabras proceden de otros idiomas, y no por eso podemos decir que los hablamos. No hablamos árabe por decir azúcar o almohada, que en nada se parecen ya al sukkar y al mi?addah del árabe clásico. Infinidad de arabismos se incorporaron al español durante el dominio musulmán de la Península Ibérica. No hablamos griego por decir teatro o bodega, que han evolucionado a través del latín desde el griego ??at??? ??at??? ??at??? théatron y ??p?????  apoth?ke. No hablamos francés por llamar menú a una lista de comidas, postres y bebidas o jamón a la pierna de cerdo cocida o curada (de menú y jambon). Los galicismos, que el español ha recibido desde la Edad Media, se incrementaron sobre todo a partir de la Ilustración. Tampoco hablamos náhualt por decir aguacate (de ahuacatl), tomate (de tomatl) o guacamole (de ahuacamulli). También las lenguas originarias de América continental aportaron y siguen aportando palabras al español. No hablamos italiano por tener una vivienda con fachada (facciata) y balcón (balcone). Y eso que el Renacimiento fue testigo de la adopción de muchos italianismos. No hablamos alemán por llamarle guerra a la guerra (del germánico werra) o blanco al color de la nieve o de la leche (del germánico blank). No hablamos inglés por hablar de béisbol en el país de los mejores beisbolistas de la bolita del mundo.

Un puñado de ejemplos no bastan para dar una idea de la riqueza léxica que representan los préstamos de otras lenguas en el caudal de palabras de la lengua española. Como recuerda la Ortografía de la lengua española, «es una de las principales vías de ampliación del léxico de una lengua». Y las palabras procedentes de las lenguas indígenas antillanas están entre ellas. No son pocas, y tienen además un marchamo especial de identidad por su antigüedad y porque, en su día, fueron préstamos absolutamente necesarios para cubrir lagunas léxicas a las que el español tuvo que hacer frente para referirse a una realidad que hasta ese momento no había tenido necesidad de nombrar. Su perdurabilidad, muy mermada por los cambios socioeconómicos de la sociedad dominicana, y su integración en nuestra lengua no dejan lugar a dudas: han adquirido de pleno derecho su condición de palabras de la lengua española.

Como se aprecia en los ejemplos anteriores y en la inmensa mayoría de nuestras palabras que tienen origen en otras lenguas, la adopción conlleva adaptación. Las palabras se acomodan, se acotejan, se hacen nuestras en la pronunciación y en la escritura. Y pocas palabras hay tan nuestras como las taínas. Bien se merecen una divulgación rigurosa.

TEMAS -

María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.