Una madre que asesina a sus hijos y su salud mental
La necesidad urgente de evaluar el riesgo infantil ante la salud mental materna

No existe forma de justificar la muerte de tres niños a manos de su madre. Claro que es culpable, esa no es la discusión, aquí lo que necesitamos examinar es una dimensión clínica fundamental: qué ocurre cuando una mujer entra en un deterioro mental severo durante el posparto y continúa haciendo quehaceres mientras internamente pierde la capacidad de regulación, juicio y estabilidad psicológica.
Después del nacimiento de su tercer hijo, Lindsay presentó ansiedad intensa, insomnio severo, síntomas depresivos, pérdida del apetito, desconexión emocional, pensamientos suicidas y una gran sensación de incapacidad para responder a las demandas de la maternidad. Además, buscó ayuda en múltiples ocasiones, recibió atención psiquiátrica, tratamientos farmacológicos y se llegó a ingresar voluntariamente en un hospital.
Desde una mirada clínica, este caso exigía no solo identificar los síntomas y hacer un diagnóstico. Exigía valorar el riesgo, no solo para ella, también para los niños, la evolución, el funcionamiento y la pérdida progresiva de sus recursos internos.
Es importante entender que una persona puede presentar conductas funcionales y organizadas y, aun así, estar gravemente enferma mentalmente. Puede cocinar, hablar, ir al trabajo, cuidar a sus hijos o cumplir tareas mientras experimenta desesperanza intensa, pensamientos intrusivos, alteraciones de la percepción o una reducción significativa de su capacidad para evaluar la realidad. Verse y comportarse bien no equivale a estabilidad mental.
En el período perinatal o posparto, cuando hay insomnio persistente hay que prestarle atención. No es solamente un síntoma incómodo: puede intensificar la ansiedad, afectar la regulación emocional, deteriorar el juicio y, en cuadros vulnerables, ser parte de episodios depresivos graves, maníacos o psicóticos. Y si se suma a ideación suicida, desconexión emocional marcada, pensamientos de daño, paranoia, delirios o alucinaciones, el cuadro debe considerarse potencialmente de alto riesgo.
También es necesario diferenciar depresión posparto de psicosis posparto. La depresión puede producir tristeza profunda, culpa, desesperanza y pensamientos de muerte. Pero cuando hablamos de psicosis, esto implica una alteración del contacto con la realidad. Son cuadros distintos y requieren niveles de intervención diferentes.
Este es un caso que debió tener una intervención de todo el sistema familiar, el error fue pensar que bastaba con solo "tratar a la madre". Cuando un miembro del sistema familiar se desorganiza gravemente, el sistema completo necesita reorganizar funciones, límites y responsabilidades. Los que están estables deben hacerse cargo de los niños y de los roles que esta madre ya no podía seguir cargando.
Una madre que está viviendo esta situación necesita acompañamiento, no solo medicinas. Necesita una red de apoyo que pueda reconocer a tiempo que su capacidad de aguante, su lucidez y resistencia ya se han agotado y que ya no es seguro que cargue sola con lo que la está desbordando.
Comprender lo que esta madre vivía no justifica lo ocurrido. Los niños son las víctimas aquí. Pero sí puede ayudarnos a detectar una crisis en alguien cercano y evitar que otra familia llegue a una desgracia como esta.

Carmen Sosa