Desterrar la glotofobia
Todos los acentos tienen valor propio

Hablemos hoy de una realidad tan fea como la palabreja que la designa: la glotofobia. El origen de este término está en la conjunción de dos formas griegas: glotta ´lengua´ y -phobía ´temor´.
Podríamos definir la glotofobia como la aversión, que conduce casi siempre a la discriminación, hacia una persona por su forma de hablar; y no porque sea un mal hablante, sino porque emplea una variedad distinta de la que se suele considerar como la estándar.
La lengua española con su riqueza en variedades dialectales y en acentos es terreno abonado para que se instalen los prejuicios lingüísticos.
En nuestro entorno todos en algún momento hemos oído menospreciar (espero que no lo hayamos hecho) a quien habla con la i, con la erre o con la ele.
No tenemos la exclusividad de la glotofobia, que es de lo que se trata cuando se manifiestan estas apreciaciones; desgraciadamente es un fenómeno extendido que debe hacernos reflexionar, porque está basado en la incomprensión de la lengua, de su historia y de su valor cultural.
Un titular del periódico español El País refleja cómo la glotofobia es una actitud más común de lo que nos gustaría: «Cambiar tu forma de hablar porque lo pide tu jefe: España sigue discriminando por el acento».
Mi experiencia personal me lo confirma: andaluces, canarios o murcianos se han visto tradicionalmente encasillados o discriminados personal y laboralmente por hablar una variedad dialectal diferente de la hablada en Castilla, cualquiera que esta sea.
Mamá, quiero ser filóloga
Con el incremento de la población de origen hispanoamericano, la glotofobia se ha extendido a algunas de las variedades americanas de la lengua.
No es una actitud privativa de ciertos hablantes de español; en ese mismo artículo aprendí que Francia es el único país europeo que ha establecido una regulación contra la glotofobia, de lo que se deduce que había llegado a convertirse en un problema notable.
Siempre conviene empezar por el principio. Nadie es consciente de su forma de hablar hasta que se encuentra con alguien que habla distinto. Es natural que cada hablante considere que su forma de hablar es la «normal» y que sienta extrañeza ante acentos diferentes al suyo.
Normalmente pensamos que los del cantadito son los otros. A esta experiencia lingüística y humana vienen a sumarse factores que nada tienen ya que ver con lo meramente lingüístico y que empiezan a generar prejuicios. Con frecuencia tenemos opiniones preconcebidas acerca de lo diferente o de lo que viene de fuera.
Y esas opiniones preconcebidas están ancladas en cuestiones de prestigio económico más que en rasgos lingüísticos. No recibimos con la misma complacencia la pronunciación titubeante del español de un estadounidense que la de un haitiano.
Generalmente son las comunidades más privilegiadas las que imponen estos prejuicios, que hunden sus raíces en estereotipos muy asentados por los medios de comunicación dominados por esas mismas comunidades.
El Diccionario de la lengua española define prejuzgar como ´juzgar una cosa o a una persona antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento´; y prejuicio como ´opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal´.
Si conocemos mal la riqueza y la trascendencia cultural e histórica de nuestros acentos, de todos, no tardaremos en caer en la trampa.

María José Rincón