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Un tro de palabras

Hay palabras que mueren y palabras que resucitan

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Un tro de palabras
De los graneros del siglo XII a la música urbana, el término "tro" ejemplifica cómo el lenguaje juvenil logra rescatar palabras moribundas. (FUENTE EXTERNA)

Hace unos años mi admirada Pilar García Mouton tenía una sección en  el programa No es un día cualquiera de la Radio Nacional de España denominada «Palabras moribundas». Álex Grijelmo la había ideado años antes a partir de su Diccionario de palabras moribundas, publicado en El País en 2001.

La propuesta de ambos era demostrar que muchas de las palabras que usamos son efímeras y desaparecen con cierta facilidad de nuestras conversaciones. Y no es un fenómeno privativo de España.

Basta en nuestro caso con entresacar el ejemplo de blumen, o blúmer; una de esas palabras que nuestros abuelos usaban, que nuestros padres conocían, pero no usaban, y que nuestros hijos ni conocen ni usan.

El uso de algunas de esas palabras, y su desuso también, suele estar ligado a la tecnología. El busca de España, nuestro bíper, desapareció de nuestras vidas y con él las palabras que se utilizaban para designarlo.

Si nos vamos un poco más atrás, el pickup, o picó, fue desbancado por los walkmans, después por los cidís, y estos por los dividís; sus nombres empezaron a criar telarañas en muy poco tiempo.

Algo similar les sucedió a los elepés, también llamados long plays; sin embargo, estos todavía se resisten a caer gracias a la recuperación de la moda de los discos tradicionales, aunque ahora los llamamos vinilos.

La realidad es efímera, desde luego, pero las palabras a veces patalean y no quieren dejarse morir. Alguien con creatividad metafórica tuvo la feliz idea de llamarle long play al yaniqueque playero, por su evidente parecido con el disco de vinilo de larga duración.

La expresión long play languideció para el disco, pero sigue vivita y coleando para el yaniqueque.

Afirmamos que la lengua está viva; que las palabras son como seres vivos. Si lo piensas con detenimiento, se parecen bastante. Las palabras nacen, crecen, se reproducen y mueren. Cuando va a llegar el final, como también lo hacemos los seres vivos, pelean un poco antes de sucumbir.

Sin embargo, hay algo que tienen las palabras que los seres vivos no somos aún capaces de lograr: las palabras tienen la capacidad de resucitar. Cuando las creíamos muertas o, al menos, moribundas, vuelven a coger aire y reviven con fuerza.

Muchas veces me han preguntado si las palabras de la jerga de las generaciones más jóvenes llegan o no al diccionario. Siempre me preguntaban por tro, que, al menos hace unos años, era muy frecuente en el lenguaje juvenil y en las letras de la música urbana.

El sustantivo tro ( ´gran cantidad de algo´) es una versión remozada de un clásico, que quizá estaba ya dando sus últimas boqueadas cuando fue revivido por nuestros jóvenes.

El Diccionario de la lengua española define trox, troj o troje, que de todas estas formas se ha dicho, como un ´espacio limitado por tabiques, para guardar frutos y especialmente cereales´, un granero de toda la vida.

En el Diccionario del español dominicano se registra troje para referirse a una ´carga de un producto cosechado´. El abandono de la cultura agrícola le quitó fuerza, pero nuestros jóvenes le hicieron el boca a boca.

Y no crean que es una voz nueva: está documentada en español desde el siglo XII. Nuestros jóvenes y su forma de hablar, que tantas veces minusvaloramos, también tienen mucho que enseñarnos; hoy, un tro de historia de la lengua

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María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.