Palo dado ni Dios lo quita
Sabores y aromas llegan también a los diccionarios. Y es que comida y lengua se parecen mucho

La buena cocina no solo se disfruta alrededor de una mesa. Sabores y aromas llegan también a los diccionarios. Y es que comida y lengua se parecen mucho. Palabras y alimentos nos dan forma, expresan quiénes somos y cómo somos.
Hablan de familia e infancia, de nuestra historia y de nuestras tradiciones, y, mucho más allá de la supervivencia, de creatividad e innovación.
Vivo sumergida en estos días en la fascinación por las palabras que utilizamos para referirnos a lo que comemos y bebemos, aportando un pequeño grano de sal –mejor que de arena en este contexto– al maravilloso proyecto de un diccionario gastronómico panhispánico.
El sueño que nos ronda es dotarnos a los hispanohablantes de un diccionario especializado en gastronomía que registre cómo le decimos a lo que comemos los casi seiscientos millones de personas que hablamos español en el mundo.
Infinitivo infinito
Y como casi todo lo que tiene que ver con la lengua española, es un objetivo ambicioso, complejo y retador.
Revolviendo en estas despensas de palabras, me he topado con una parcela léxica que ya me dirán ustedes si no resulta significativa de cierta dimensión social y cultural de nuestro entorno.
¿Cuántas voces podrían ustedes recordar entre las que usamos para referirnos a un trago de bebida alcohólica? Yo les propongo una probadita, metafórica, al menos, porque estas no son horas de andar empinando el codo.
Lo primero que nos sorprende es la productividad del sufijo -azo. Tiene valor aumentativo, pero además parece añadir cierto matiz de valoración y, lo que es más curioso si lo relacionamos con los tragos de bebidas alcohólicas, puede usarse también para crear palabras que expresan golpes.
Este coctel lingüístico nos lleva a voces como chicotazo o fuetazo que, en su origen, designan el ´golpe dado con el látigo´, también llamado chicote o fuete. Del golpe contundente al trago, quizás tan contundente o más.
De la misma familia tenemos guantazo (´golpe dado con el guante´), jaquimazo (´golpe dado con la jáquima´), trancazo (´golpe dado con la tranca´) o yaguazo (´golpe dado con la yagua´).
Quizás necesitaríamos una dosis adicional de imaginación para descubrir la metáfora detrás de candelazo, cañazo, cascarazo, chinchorrazo, juanetazo, tabicazo, tacazo o taquillazo.
Al menos curiosa es la formación petacazo, creada a partir de petaca, voz de origen náhualt, lengua en la que significa ´caja hecha de petate´, más nuestro productivo sufijo -azo.
Desde su significado original pasó a designar, además de otros recipientes y estuches, una ´botella de bolsillo, ancha y plana, que sirve para llevar bebidas alcohólicas´.
No sufran, quizás no con tanta creatividad, pero también encontramos golpes etílicos en otras variedades del español: latigazo, lingotazo, pelotazo o tanganazo.
No podía faltar a la bebentina nuestro multifacético palo, un sustantivo que en el Diccionario del español dominicano llega a tener once acepciones, entre ellas la que se refiere al ´trago de bebida alcohólica de alta graduación, especialmente ron´; acompañado de la particular intensificación que añade la expresión palo de músico.
Me temo que la creatividad no se queda aquí. Estoy segura de que, si seguimos cucuteando en nuestra bodega de palabras, seguirán apareciendo sinónimos que no solo se refieren a los tragos, sino que dicen muchas cosas de nosotros.

María José Rincón