¿Por qué hablamos tanto de longevidad y tan poco de nutrición en la vejez?
Cuidar la nutrición del adulto mayor no es prolongar la vida a cualquier costo, sino prolongar la vida con calidad

En un mundo obsesionado con dietas para bajar de peso, suplementos de moda y estrategias antienvejecimiento, la nutrición del adulto mayor sigue siendo uno de los capítulos más descuidados de la nutrición.
Paradójicamente, es en esta etapa de la vida donde la alimentación tiene un impacto más directo sobre la funcionalidad, la independencia y la calidad de vida.
Desde el punto de vista etario, se considera adulto mayor a partir de los 60 años según la OMS, aunque en la práctica clínica solemos subdividir este grupo: adultos mayores jóvenes (60–74 años), mayores intermedios (75–84 años) y adultos mayores longevos (=85 años).
Esta diferenciación es clave, porque las necesidades nutricionales, el riesgo de fragilidad y la carga de enfermedad cambian de forma significativa con cada década.
Las equivocaciones en esta etapa

Uno de los grandes errores es asumir que el adulto mayor "necesita comer menos". Si bien el gasto energético puede disminuir, las necesidades de micronutrientes y proteína no solo se mantienen, sino que muchas veces aumentan.
Sin embargo, en la práctica vemos dietas pobres en calidad nutricional, con bajo aporte proteico, escasa densidad de micronutrientes y una monotonía alimentaria marcada.
Las deficiencias nutricionales son frecuentes y a menudo subdiagnosticadas. Entre las más comunes se encuentran la deficiencia de proteína, vitamina D, vitamina B12, hierro, calcio, zinc y magnesio.
A esto se suma la disminución de la absorción intestinal, cambios en el gusto y el olfato, problemas dentales y trastornos digestivos que limitan aún más la ingesta adecuada.
Otro factor crítico es el uso crónico de fármacos. El adulto mayor suele estar polimedicado: antihipertensivos, hipoglucemiantes, anticoagulantes, inhibidores de bomba de protones, antidepresivos, entre otros. Muchos de estos medicamentos interfieren con el apetito, la absorción de nutrientes o el metabolismo proteico, y rara vez se evalúan desde una perspectiva nutricional integral.
El deterioro de la masa muscular, conocido como sarcopenia, representa uno de los mayores desafíos. No se trata solo de perder músculo, sino de perder fuerza, equilibrio y autonomía.
La sarcopenia se acelera por una combinación de baja ingesta proteica, sedentarismo, inflamación crónica y resistencia anabólica asociada a la edad. En este contexto, una dieta insuficiente en proteína de alta calidad y la ausencia de estímulo muscular son una receta directa para la dependencia funcional.
Hablar de nutrición en el adulto mayor no es hablar solo de alimentos, sino de funcionalidad, prevención de caídas, preservación cognitiva y dignidad. La alimentación debe ser personalizada, adaptada al contexto clínico, al nivel de actividad, al estado cognitivo y al entorno social.
Cuidar la nutrición del adulto mayor no es prolongar la vida a cualquier costo, sino prolongar la vida con calidad. Y para lograrlo, es urgente dejar de verlo como un paciente "de bajo requerimiento" y empezar a tratarlo como lo que es: un organismo con necesidades complejas que merece atención clínica, nutricional y humana.

Erika Pérez Lara