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Sierra de Bahoruco
Sierra de Bahoruco

¿Qué ocurre con un bosque después de un incendio?

La vegetación puede reaparecer en pocos días, pero la estructura, especies e historia pueden tomar décadas o siglos

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¿Qué ocurre con un bosque después de un incendio?
Pequeños brotes resurgen de las cenizas a cerca de una semana de los incendios forestales en el Parque Nacional Sierra de Bahoruco. (DIARIO LIBRE / MARVIN DEL CID)

A cerca de una semana del incendio, pequeños brotes verdes comenzaban a abrirse paso entre la ceniza y los restos carbonizados del sotobosque en el Parque Nacional Sierra de Bahoruco.

"Mira cómo va brotando esto de rápido", señaló César Peralta, administrador del área protegida, durante un recorrido realizado junto a Diario Libre el viernes 10 de julio.

Peralta, quien también es bombero forestal y ha recibido entrenamiento en incendios forestales en el extranjero, se encontraba en un bosque afectado previamente por los fuegos de 2017. Durante los últimos años habían crecido allí numerosos pinos jóvenes, muchos de apenas unos metros de altura. El nuevo incendio, de finales de junio, alcanzó parte de esa regeneración y, en la franja recorrida, consumió casi todos los juveniles encontrados a su paso.

"Ese bosque joven que se volvió a quemar va a ser mucho más difícil que se regenere y posiblemente necesite intervención", explicó.

Varios kilómetros más adelante, en el área afectada por el primero y más extenso de los dos incendios recientes, la escena era diferente. Allí predominaban árboles adultos con la corteza y las ramas inferiores quemadas, pero algunas copas todavía conservaban follaje verde.

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Infografía
César Peralta, bombero forestal y administrador del Parque Nacional Sierra de Bahoruco, en los restos del bosque quemado a principios de julio de este año. (MARVIN DEL CID)

"Mira esos pinos, que tienen la copa verde... esos casi seguro que se recuperan", dijo Peralta.

Desde el dron también podían distinguirse fragmentos verdes en las copas de algunos árboles, aunque debajo de ellos las llamas hubieran consumido buena parte de la vegetación del sotobosque.

En pocos kilómetros, el paisaje mostraba tres respuestas distintas: plantas del suelo que comenzaban a rebrotar, árboles adultos con posibilidades de sobrevivir y una generación de pinos jóvenes que había sido casi completamente eliminada.

La escena resume una de las principales conclusiones de la ciencia sobre los incendios forestales: el regreso del color verde no significa necesariamente que el bosque se haya recuperado.

El incendio puede dejar árboles y eliminar el bosque primario

Una investigación publicada en 2025 en la revista Remote Sensing of Environment documentó que, entre 1996 y 2022, República Dominicana perdió el 20.5 % del bosque primario que conservaba. Su proporción pasó del 7.14 % al 5.67 % del territorio nacional. En Haití, la reducción fue del 41.2 %.

El equipo, integrado por Falu Hong, S. Blair Hedges, Zhiqiang Yang, Ji Won Suh, Shi Qiu, Joel Timyan y Zhe Zhu, reconstruyó casi tres décadas de cambios forestales mediante series de imágenes Landsat.

Para el conjunto de La Española, el fuego fue el principal agente identificado de pérdida de bosque primario: estuvo relacionado con el 65.7 % de la superficie afectada. Le siguieron el corte de árboles, con el 20.9 %, y los huracanes, con el 9 %.

Uno de los resultados más importantes es que la pérdida de bosque primario no siempre deja una superficie sin árboles. En República Dominicana, gran parte de las áreas alteradas pasó a convertirse o clasificarse como bosque secundario. El paisaje podía continuar verde, aunque hubiera perdido la estructura y la continuidad ecológica del bosque más antiguo.

Un bosque primario se ha desarrollado sin alteraciones humanas significativas durante periodos prolongados. Contiene árboles de diferentes edades, grandes ejemplares, cavidades, madera muerta, plantas epífitas, hongos y comunidades de organismos asociadas a condiciones que pueden tardar décadas o siglos en formarse.

Cuando un incendio de alta severidad mata los árboles más antiguos, destruye las fuentes de semillas y modifica el suelo, puede crecer posteriormente un nuevo bosque. Pero ese bosque será secundario: tendrá otra edad, otra estructura y, al menos durante mucho tiempo, una composición distinta.

Lo irrecuperable no es necesariamente la posibilidad de que algún día vuelvan a crecer árboles. Es el bosque concreto que se perdió: sus árboles centenarios, los individuos genéticamente únicos, los microhábitats desarrollados durante décadas y la continuidad histórica de aquella comunidad ecológica.

Una reforestación o una regeneración reciente pueden recuperar cobertura, almacenar carbono y proteger el suelo, pero no compensan inmediatamente la desaparición de un bosque primario.

Tres formas distintas de recuperación

Después del fuego deben diferenciarse al menos tres procesos.

El primero es la recuperación de la cobertura vegetal. Hierbas, helechos, arbustos y rebrotes pueden aparecer en días, semanas o meses.

El segundo es la recuperación de la estructura y las funciones: vuelve a formarse un dosel, aumenta la biomasa, se estabiliza el suelo y se restablecen procesos como la infiltración del agua y la producción de semillas.

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Infografía
Tocones y pinos jóvenes en 2016, resultado del gran incendio intencional del 2005 en el Valle del Tetero, Cordillera Central. (MARVIN DEL CID / ARCHVIO)

El tercero es la recuperación de la composición original: que regresen las especies características del bosque maduro, la diversidad de edades, los árboles grandes y las relaciones ecológicas anteriores.

Estas recuperaciones no avanzan al mismo ritmo. Un área puede verse completamente verde y continuar siendo un ecosistema joven, simplificado y muy diferente del que existía antes.

La rapidez del rebrote tampoco determina por sí sola la calidad del bosque futuro. Algunas de las primeras plantas que aparecen son especies pioneras que viven poco tiempo. Otras son invasoras capaces de aprovechar la luz y el espacio abiertos por el incendio.

No todos los incendios dejan la misma herida

La superficie quemada no basta para conocer el daño ecológico. Dos incendios que recorren una extensión similar pueden dejar consecuencias muy distintas.

Para evaluar sus efectos se utiliza el concepto de severidad, que considera cuánto follaje murió, si las llamas alcanzaron las copas, cuántos árboles sobrevivieron y cuánto se consumió de la hojarasca y la materia orgánica.

Un incendio puede desplazarse por el sotobosque y dejar vivos numerosos árboles adultos. Otro, aunque abarque una superficie menor, puede matar casi toda la vegetación dentro de su perímetro.

La revisión del científico italiano Giacomo Certini sobre los efectos del fuego en los suelos forestales explica que las alteraciones físicas, químicas y biológicas dependen principalmente de la severidad de la quema. Los efectos pueden ser transitorios en incendios leves, pero más prolongados cuando se pierde una parte importante de la materia orgánica.

La severidad tampoco es uniforme dentro de un mismo incendio. Pueden quedar parches donde solo se quemó la vegetación baja, otros con copas parcialmente afectadas y sectores donde murieron todos los árboles.

Por eso, observar copas verdes desde el aire es una señal favorable para ciertos ejemplares, pero no describe por sí sola el estado de toda el área quemada.

Un bosque nublado dominicano reverdeció, pero siguió siendo otro bosque

Uno de los estudios locales que mejor muestra la diferencia entre cobertura y recuperación fue realizado por Thomas May en un bosque nublado de la Cordillera Central.

May siguió durante cinco años una parcela de 10 por 30 metros afectada por un incendio provocado. Su investigación, publicada en 2000 en la revista Ecotropica, registró que 44 de los 92 árboles y arbustos presentes después del fuego habían sobrevivido, principalmente mediante rebrotes procedentes de estructuras subterráneas.

Durante el primer año o año y medio, la recuperación de la cobertura fue lenta. Después aumentó hasta acercarse al 90 % cinco años más tarde.

Sin embargo, la vegetación estaba dominada por árboles y arbustos colonizadores. La llegada de especies características del bosque nublado maduro fue muy baja.

La riqueza total de especies alcanzó un máximo alrededor del tercer año y luego descendió, a medida que desaparecían plantas colonizadoras de corta vida. Cinco años después del incendio, la composición seguía siendo muy diferente de la del bosque maduro que rodeaba la parcela.

El terreno se había puesto verde, pero el bosque original no había regresado.

May planteó que la sucesión conduciría primero a un bosque secundario y que la sustitución de las especies colonizadoras por comunidades más parecidas al bosque maduro sería un proceso prolongado.

El estudio también encontró que el suelo había permanecido relativamente protegido porque el incendio no consumió completamente la capa orgánica. Ese resultado no necesariamente se repetiría en un fuego más severo o en un lugar sometido a incendios frecuentes.

Cuando el fuego vuelve antes que el bosque

La frecuencia puede ser tan importante como la intensidad. Si un área vuelve a arder antes de que los árboles jóvenes alcancen la madurez, se interrumpe la regeneración y se pierde el crecimiento acumulado durante años.

Yolanda León, Pablo Feliz, Gerson Feliz y Ernst Rupp, de Grupo Jaragua, estudiaron durante 2022 ocho localidades del Parque Nacional Sierra de Bahoruco afectadas por incendios ocurridos entre 2017 y 2022. En cada lugar establecieron tres parcelas circulares de 530 metros cuadrados.

En el kilómetro 29 de la carretera de Aceitillar, afectado en 2017 por un incendio de copa descrito como muy caliente, encontraron una buena regeneración natural de pino, pese a las condiciones rocosas del terreno.

Pero el equipo también documentó lugares quemados con mucha frecuencia que no habían logrado regenerarse y permanecían como pinares abiertos.

Parte de la regeneración observada después de 2017 fue precisamente la que volvió a ser alcanzada por uno de los incendios recientes.

La capacidad de recuperación dependerá ahora, entre otros factores, de que hayan quedado árboles reproductivos cercanos que aporten semillas y de que transcurra suficiente tiempo sin un nuevo fuego.

El riesgo de que las hierbas sustituyan al bosque

Las primeras plantas que aparecen después de un incendio no siempre conducen al regreso del ecosistema original.

En la evaluación de Sierra de Bahoruco, Grupo Jaragua registró la presencia de la gordura o yaraguá, Melinis minutiflora, una gramínea invasora. Fue observada dos meses después del incendio de Las Abejas y, seis meses más tarde, ya cubría una superficie visible del terreno.

Las gramíneas pueden crecer rápidamente en espacios abiertos, competir con las plántulas de árboles y producir una capa continua de combustible fino cuando se secan.

Esto puede generar un círculo de degradación: el incendio abre el dosel, las hierbas ocupan el terreno, aumenta el combustible disponible y el siguiente fuego se propaga antes de que los árboles jóvenes alcancen suficiente tamaño.

Con cada incendio se reduce la posibilidad de recuperar un bosque cerrado y aumenta el riesgo de que el paisaje permanezca como un matorral o un pastizal arbolado.

El bosque seco soporta la sequía, no necesariamente el fuego

La capacidad de sobrevivir con poca lluvia no significa que un árbol esté adaptado a las altas temperaturas de un incendio.

La evidencia caribeña más reciente procede de los bosques secos del suroeste de Puerto Rico. Tristan Allerton, Skip Van Bloem y Raphaël Manlay compararon áreas quemadas en distintos momentos con bosques maduros.

El estudio, publicado en 2025 en Journal of Vegetation Science, concluyó que el bosque seco estudiado no mostraba una trayectoria clara de retorno hacia las condiciones del bosque maduro. Aunque numerosos árboles rebrotaron desde la base, el fuego alteró los "legados biológicos" que permiten la regeneración, redujo la densidad del dosel y favoreció transiciones hacia comunidades diferentes.

Un bosque seco quemado puede continuar teniendo árboles y arbustos, pero quedar más bajo, abierto y expuesto al sol. Esas nuevas condiciones aumentan la temperatura cerca del suelo, reducen la humedad disponible y pueden favorecer gramíneas invasoras.

Los resultados de Puerto Rico no pueden trasladarse automáticamente a todos los bosques secos de La Española. Sin embargo, son una referencia caribeña importante y contradicen la idea de que un bosque tolerante a la sequía necesariamente tolera el fuego.

Los manglares también pueden tardar años en responder

La información local es limitada en el caso de los manglares. No se localizó un estudio científico que haya seguido durante varios años la recuperación de un manglar incendiado en República Dominicana o Haití. El más reciente documentado fue uno ocurrido en Estero Hondo en 2020.

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Infografía
Parte del manglar quemando en Estero Hondo en 2020. (FUENTE EXTERNA)

Como referencia internacional, Tim Glasby y otros investigadores evaluaron los manglares y marismas afectados por los incendios de 2019 y 2020 en Nueva Gales del Sur, Australia.

A los seis meses observaron algunos rebrotes en árboles afectados. Sin embargo, 24 meses después, la mayoría de los mangles quemados todavía parecía muerta.

El caso no permite determinar cuánto tardaría en recuperarse un manglar de La Española, porque las especies y condiciones ambientales son diferentes. Sí demuestra que un rebrote inicial no garantiza la supervivencia del árbol.

En los manglares tampoco basta con mirar las copas. Su recuperación depende de las raíces, el sedimento, la salinidad, la elevación del terreno y la circulación del agua.

La investigación sobre restauración de manglares insiste en que recuperar la conectividad hidrológica y eliminar las causas de la degradación suele ser más importante que simplemente sembrar plántulas. Una plantación puede fracasar si el agua no circula o si el terreno tiene una elevación inadecuada.

Qué ocurre con la tierra

El fuego puede liberar temporalmente minerales contenidos en la vegetación y depositarlos como ceniza sobre el suelo. Ese pulso puede favorecer el crecimiento rápido de ciertas plantas, pero no significa necesariamente que la tierra haya mejorado.

Al mismo tiempo, las llamas pueden consumir la hojarasca, reducir la materia orgánica, dañar raíces y microorganismos y dejar la superficie expuesta al sol, al viento y a la lluvia.

Parte de los nutrientes liberados puede ser absorbida por la nueva vegetación, pero otra parte puede desplazarse con el viento, filtrarse o ser arrastrada hacia ríos y lagos. Una revisión del Servicio Geológico de Estados Unidos señala que las cenizas y los nutrientes pueden llegar a los cuerpos de agua mediante la erosión y el lavado producido por las precipitaciones.

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Infografía
Incendio de Valle Nuevo en 2014, uno de los más grandes registrados en la Cordillera Central. (MARVIN DEL CID / ARCHIVO)

En incendios severos también puede reducirse la infiltración y aumentar la escorrentía. Por eso, después de un fuego deben vigilarse la aparición de surcos, el arrastre de cenizas, la roca expuesta y la acumulación de sedimentos pendiente abajo.

La pérdida de cobertura vegetal y de la capa orgánica incrementa el riesgo de erosión, inundaciones y sedimentación, especialmente en terrenos inclinados.

Sin embargo, no todos los incendios provocan la misma pérdida de suelo. La respuesta depende de la severidad, la pendiente, las lluvias posteriores y cuánto material orgánico permaneció protegiendo la superficie.

Sembrar no siempre es la primera respuesta

La propuesta de reforestar suele aparecer inmediatamente después de un incendio. Pero antes de plantar es necesario conocer qué está ocurriendo en el terreno.

Hay que determinar cuántos árboles sobrevivieron, si existen fuentes cercanas de semillas, qué especies están rebrotando, si llegaron plantas invasoras y cuánto daño sufrió el suelo.

En algunos lugares, la mejor intervención puede ser evitar un nuevo incendio y permitir la regeneración natural. En otros será necesario controlar gramíneas, proteger el suelo, recuperar la circulación del agua o introducir especies que ya no tienen árboles reproductivos cercanos.

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Infografía
En el país existen múltiples viveros para fines de reforestación como el de Guayajayuco, Elías Piña. (MARVIN DEL CID / ARCHIVO)

La evaluación de Grupo Jaragua en Sierra de Bahoruco surgió precisamente ante el impulso de sembrar después de un incendio. Sus resultados mostraron que algunos sitios se regeneraban de manera natural, mientras otros, sometidos a fuegos frecuentes, permanecían abiertos.

La respuesta tampoco puede ser la misma para un pinar, un bosque nublado, un bosque seco o un manglar. Cada ecosistema conserva mecanismos diferentes de supervivencia y pierde componentes distintos cuando arde.

Los brotes observados pocos días después del incendio en Sierra de Bahoruco son una señal de vida. Las copas verdes indican que algunos árboles adultos probablemente sobrevivirán.

Pero los pinos jóvenes consumidos, la pérdida del sotobosque y la posibilidad de que entren especies invasoras muestran que la recuperación apenas comienza.

El verde puede volver en pocos días. Saber qué bosque crecerá después puede requerir décadas.

TEMAS -

Guatemalteco con estudios en Ciencias de la Comunicación y amplia experiencia en el campo visual y multimedia. Ha trabajado para varios medios de comunicación en Guatemala y República Dominicana, y sus fotografías han aparecido en importantes publicaciones en diferentes partes del mundo.