Un 30 de mayo distinto
La gesta del 30 de mayo como el recordatorio eterno de que la libertad no está asegurada
Será distinto porque, por fin, después de 65 años, en un acto de justicia, el pueblo dominicano podrá contemplar los nombres de los 21 integrantes de la Gesta ya inscritos en la tarja conmemorativa colocada a pocos pasos del monumento al tiranicidio que la ciudad de Santo Domingo, y por extensión el pueblo dominicano, dedica a resaltar la epopeya.
Algunos permanecieron en el olvido por inconsecuencias que el género humano todavía es incapaz de desterrar de su naturaleza.
Ellos, con su intrépida planificación, armaron el complot. Y después, desplegaron con su vigorosa acción las palomas blancas de la redención que iniciaron su vuelo indetenible y proclamaron el inicio de una larga era de libertades.
Y, asimismo, será diferente porque las Fundaciones 30 de Mayo y Hermanos de la Maza tendrán la oportunidad de anunciar formalmente la tramitación de una iniciativa ante el presidente de la República, canalizada por vía de la Academia Dominicana de la Historia, con el propósito de que los restos y los nombres de los héroes y mártires del 30 de Mayo sean llevados al Panteón de la Patria para que este recinto cimero se constituya en el lugar de su descanso final.
Ya ha transcurrido tiempo suficiente para que se acometa esta obra, que cumpliría la función de servir como recordatorio del valor excelso de la libertad.
Y también para que se cree mayor conciencia acerca de la dimensión del sacrificio asumido por los integrantes de la gesta, se aquilate en su justa medida la profundidad de los sentimientos que albergaban y la trascendencia de la misión que se impusieron.
Ellos actuaron condicionados por una realidad que los asfixiaba. Compartían el sufrimiento del pueblo dominicano aherrojado por cadenas de sumisión, violencia, abuso. Querían evitar que su descendencia viviera el drama que enfrentaban.
Albergaron altura de miras e ideales puros. Soñaron con legar a su pueblo una patria grande en la que cada dominicano superara la ignorancia y prosperara dentro de la institucionalidad propia del orden democrático.
Es sabido que los conjurados, cuando la noche del 30 de mayo de 1961 se encaminaba a cubrirse de tonos de oscuridad aún más profundos y tenebrosos, venciendo los miedos, rompiendo las barreras que mantenían congelado el espíritu de la patria, se cubrieron de coraje y abrazaron el ropaje de la gloria. Cortaron las cadenas que esclavizaba a nuestra nación y alumbraron el camino de la libertad.
Y lo hicieron no para obtener poder ni gloria para sí mismos, sino para que este pueblo, su pueblo, asumiera el pleno dominio de sus facultades.
Entonces, ¿cómo no recordar que fueron los únicos en lograr la proeza de derribar la tiranía de 31 largos años?
¿Cómo no destacar que lograron el cambio más fructífero y duradero que ha acontecido en nuestra nación desde su formación: pasar de la mística estridente del terror a la sinfonía armónica de las libertades?
Así lo reconoció el gobierno dominicano mediante el decreto 335-21 al proclamar la fecha como Día de la Libertad, y lo acaba de destacar el Ayuntamiento de Santo Domingo al restaurar el monumento dedicado al tiranicidio y crear el hermoso paseo que lo circunvala.
Hay una curiosidad histórica que obliga a mantenerse en alerta: tanto la independencia como la libertad de este pueblo tuvieron que ser reconstituidas.
La guerra de la Restauración devolvió la independencia perdida. El advenimiento del período de libertad conseguido luego del derrocamiento de Lilís en 1899, tuvo que ser restablecido 62 años después. Si bien existe la voluntad manifiesta del pueblo dominicano de ser independiente y libre, no por eso están aseguradas para siempre.
De ahí que sea perentorio inculcar la idea de que el Estado nación en que vivimos es el resultado de la tenaz lucha por la independencia: la nacionalidad de la cual nos sentimos tan orgullosos deriva de aquellas luchas heroicas. Hay que evitar que se diluya por efecto de la incidencia de fenómenos que la afectan, migratorios o de otra índole.
Y la de que la libertad se hace fértil, constructiva y se perpetúa cuando se encauza a través del respeto y acatamiento a las leyes, sin cuya debida y rigurosa aplicación, sin distingos de clases, el Estado nación tiende a desvanecerse sumido en la inoperancia. Son deberes de gobernados y gobernantes pendientes de ser cumplidos a plenitud.
La épica de la libertad requiere ser coronada con el fortalecimiento del orden democrático que permita afrontar los desafíos del desarrollo económico. Eso obliga a refundar y reafirmar la autoridad basada en el imperio y aplicación de las leyes, sin concesiones simpáticas a lo popular.
¡Loor al 30 de Mayo!

Eduardo García Michel