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Pesimismo y vacío social

La huella del pasado en el carácter dominicano

Desde abandono colonial, dominación extranjera, imposición de oscuras tiranías hasta intervenciones armadas, la República Dominicana ha sido una crónica de caídas.  Ese pasado ha dejado huellas en su carácter social.  La más honda es el pesimismo. Su historia es un autorretrato del desaliento. Tal comprensión no solo alcanza la idea de su futuro, también la valoración de su identidad. 

Sobre el origen de esa actitud se ha escrito mucho. Las teorías abundan: la “deficiente alimentación”, de José Ramón López; la baja y mala “mezcla racial”, de Federico García Godoy; “la sangre africana, el individualismo anárquico y la falta de cultura”, de Américo Lugo; “la amenaza haitiana”, de Manuel Arturo Peña Batlle; el “clima tropical y el insularismo”, de Francisco Eugenio Moscoso Puello, hasta el “complejo colonial” y otros, de Enrique Patín Veloz.

Negar la prevalencia de esa filosofía social no es realista. Es un credo implícito en nuestras concepciones. Somos xenófilos por axioma cultural (menos para lo haitiano); nuestras élites son sensibles a los esnobismos foráneos; nos valoramos como inferiores; subestimamos nuestras capacidades; desconfiamos de nuestras posibilidades; anteponemos lo negativo; oímos con suspicacia; vemos con prejuicios; hablamos con culpa; presumimos que nos estafan; nos victimizamos por ocio y creemos que otros siempre son o serán mejores. 

Tal pesimismo impone una lectura negativa de la realidad, esa que provoca pasividad, desgano y la sensación de que los problemas son insolubles. Y no se trata de una errante narrativa social: es la mirada de un “futuro fallido” que ha tenido traducciones concretas en decisiones de vida. Así, hasta el 2024 casi 2.9 millones de dominicanos vivían en el extranjero; mientras, el 66.1 % de los jóvenes de 18 a 21 años consideraba vivir fuera del país, un 61 % de los de 22 a 25 años y el 59.4 % de 26 a 30 años. Hablamos de que la mejor reserva de futuro no tiene expectativas de realizarse en él.  Es inaceptable que estando Puerto Rico en peor situación sigan dominicanos desafiando la ruta de la muerte.

El desprecio cultural por lo nuestro, procedente de ese fatalismo ancestral, contrasta con el carácter festivo del dominicano, un apasionado que legitima cualquier pretexto para el ocio lúdico, quizás como escape a su encierro existencial o defensa frente a la crisis de esperanza con la que ha convivido. 

Un pueblo libertino, mal educado y sin mucho arraigo no promete construcciones consistentes de porvenir. Consumimos de un sorbo el presente porque dudamos de un futuro seguro. Por eso valoramos las obras tangibles y de rédito rápido de los gobiernos; distintas a las que fortalecen la institucionalidad, esas que no suelen ser comprendidas por ser inversiones de largo plazo. Tal actitud se refleja en las propias políticas/acciones del Estado, la mayoría escasamente planificada, sin perspectiva de futuro y como respuesta a urgencias o a criterios de oportunidad electoral.  

El carácter alegre pero fatalista del dominicano me recuerda El pesimismo alegre (Mi suicidio) del educador y matemático suizo Henri Roorda. La obra es una carta literaria de su suicido. Roorda no estaba enfermo ni era depresivo, ni su situación financiera le apremiaba; al contrario, supo vivir intensamente como un bon vivante hedonista. Se trata de un libro reflexivo de corte existencialista que pregona una elegía al instante, a lo efímero. Era tal su estado de quietud, que poco antes de acometer el avisado suicidio, escribió: “El momento de mi suicidio se acerca. Hasta tal punto estoy vivo, que no siento la proximidad de la muerte”. Esa muerte, en la lógica macabra de nuestro fatalismo, es sin duda el futuro. 

El pesimismo cultural dominicano no sería un problema mayor si no concurriera con otras distopías igualmente sombrías. Una de ellas es la banalización que imponen la revolución digital y la masificación de la opinión, con mayor impacto en sociedades de bajos estándares conceptuales. Se trata de una comunidad sin pensamiento, dominada por patrones insípidos programados por algoritmos que deciden lo que se ve, se escucha y se consume. Huérfana de debates sustantivos y centros intelectuales robustos que al menos propongan coordenadas de futuro.  

La insustancialidad es razón de los coloquios, motivo de las distracciones y objeto de las atenciones públicas. El lugar del arte y la literatura es usurpado por la farándula; los líderes sociales son tiktokers y youtubers; el talento pierde asiento y lo cede a la fama (en cualquier cosa) como admiración de los tiempos.   

En ese tejido, la política agota sus fines. Vacía de contenido ideológico, sin mística y reducida a cualquier actividad productiva para rotar socialmente; liderada por políticos empíricos sin más techo que la expectativa de un puesto en la burocracia pública, oportunidad obtenida no precisamente por el mérito a su competencia.  

Pero, ¡vamos!, lo que hay que hacer se hará con lo que somos: una sociedad liviana y pesimista. El reto: construir el futuro que no vemos. Un trabajo titánico, pero no imposible. Como escribía Fernando de Asís: empezaremos haciendo lo necesario, después lo posible, y de repente nos encontraremos haciendo lo imposible.

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Abogado, ensayista, académico, editor.