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El oasis dominicano

República Dominicana y el valor de evitar los extremos políticos

Mientras buena parte de América Latina se desliza hacia una polarización feroz, la República Dominicana sigue siendo una excepción curiosa. Aquí los partidos se enfrentan con dureza en campaña, se disputan empleos, cuotas de poder y privilegios, pero rara vez cuestionan el marco esencial del sistema. Todos, con matices, orbitan alrededor de un consenso conservador que evita fracturas ideológicas profundas. ¿Es eso bueno o malo? Depende de cómo se mire. Limita los grandes debates nacionales, pero también reduce el riesgo de aventuras extremistas y preserva una estabilidad política que no debe darse por sentada.

Colombia ofrece hoy el contraste más inquietante. La primera vuelta presidencial dejó al país atrapado entre dos extremos: el ultraderechista Abelardo de la Espriella y el izquierdista Iván Cepeda. La diferencia mínima entre ambos anticipa una segunda vuelta áspera, emocional y potencialmente peligrosa para una sociedad históricamente inflamable.

Por eso resulta tan chocante la actitud del presidente Gustavo Petro al desacreditar sin pruebas el conteo provisional y sembrar dudas sobre la autoridad electoral. En momentos de máxima tensión, cuestionar las reglas del juego erosiona la convivencia democrática. Las democracias no sobreviven cuando los líderes convierten la política en una batalla existencial.

La paz social dominicana quizá no sea brillante ni gloriosa. Pero vale mucho más de lo que solemos admitir.

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