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Un final anunciado

Un esfuerzo de tres años destruido por la punta de un arpón

No fue un accidente, sino un acto deliberado. Fue una decisión de alguien, pero, peor aún, la suma de negligencias que terminan pareciendo inevitables.

La tortuga verde que apareció muerta días después de su liberación no sucumbió al azar. La necropsia fue clara: un trauma penetrante, compatible con arpón. No fue el mar, ni la fragilidad de la especie. Fue la mano humana.

Detrás de ese cuerpo inerte hay más de tres años de cuidado, de recursos, de ciencia y de paciencia institucional. Un esfuerzo largo para devolver a la naturaleza lo que nunca debió salir de ella. Sin embargo, bastaron unos días y un gesto ilegal para truncarlo todo. 

El caso indigna y revela. Desnuda una contradicción persistente. Protegemos en el papel lo que en la práctica seguimos depredando. Las tortugas marinas están amparadas por la ley, pero también expuestas a la ignorancia, la impunidad y la indiferencia.

Es grave no la muerte de un ejemplar porque cada vida cuenta. Hemos aprendido a normalizar el daño y eso es peor. Asombra la incapacidad colectiva de entender que conservar no es liberar animales, sino garantizar que puedan sobrevivir.

Mientras no se corrija esa brecha entre ley y conducta, cada liberación será apenas una ilusión que termina, inevitablemente, en tragedia.

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