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Te pareces al silencio

Un homenaje al padre que nunca pidió nada a cambio

Papá, antes de que mi vida se apague y mientras pueda respirar, quiero dar testimonio de lo infinito que fuiste como padre. Este lunes pasado, en mi memoria se recrearon los esfuerzos que, junto a mamá, desplegaste para que tu prole alcanzase los conocimientos de cómo afrontar la vida, oportunidad que las circunstancias te negaron a ti.

En este momento que te escribo, aún a sabiendas de que te marchaste hace 30 años, guardo la esperanza de que aquella imagen intercesora ante Dios, a la que dedicabas tus plegarias, te pondrá al tanto de la gratitud a ti y a mamá Leticia por todo lo que hicieron.

Tú, Tomás de la Rosa Bautista, que huiste de la espesura de los cafetales de aquel paraje inhóspito de Cambita a pelear por tus sueños, a renegar el oficio de agricultor de tu padre, Cristino de la Rosa. Tú, procedente de una familia que cuando cultivó café, también cosechó esperanza de la que se nutrían hermanos y hermanas.

Las familias de Umachón, Cumía, La Jagüita y Palmar Claro, aunque poseedoras de tierras en las intrincadas montañas de Cambita, hoy la aparecería familiar apenas alcanza para comer. El Dios de esta gente, casi no articula palabras como solía ocurrir 80 años atrás, en tu mocedad.

Ese aparente silencio asemeja al tuyo, aquel que siempre te acompañó, especialmente cuando la economía familiar se complicaba en la casa. Entonces te alejabas, te veía solitario. No porque te desentendías de las dificultades, sino debido a que nunca exigiste compañía, te enseñaron a resolver solo, a callar y no molestar.

Cuando mamá murió, la soledad agónica fue más cruel contigo, no pediste colaboración a tus hijos, obligados a dártela, tampoco hablabas para comunicar que la soledad se ensañó. Nunca fuiste hombre de mucho decir, eso lo sé, pero después de la partida de mamá, las palabras escasearon en tus labios. ¡Qué difícil!, conociendo tu templanza y dignidad, se tornó para ti balbucir el concepto ayuda.

No reclamaste una visita, siquiera, a cualquiera de tus hijos que demorara en llegar. Puede ser que quienes observaron, juzgarán tu silencio y soledad, pero ignorando que no solo era reciedumbre, sino, respeto, que corregías malos modales y valores extraviados. Ese padre entró a una coraza de la que jamás salió.

Muchas veces vi al padre fuerte que nos enseñó el camino del bien y del mal, aquel que nos dio cátedra de integridad cuando un puñado de vecinos del ensanche La Fe, se dedicó a desvalijar residencias de ricos en Arroyo Hondo y la Pepsi Cola, en plena revuelta de abril de 1965. La "Operación Limpieza", después, pondría al descubierto a varios de los que trataron de pescar en río revuelto.

De ti es útil aprender en estos tiempos de dificultades y de escaramuzas de fidelidad, cuánto nos sirvió tu reciedumbre para estos momentos cruciales.Te vimos muchas veces pensativo, posiblemente sin una respuesta a un problema que te agobiaba tanto. Sé que no estabas distraído, buscabas soluciones en tus pensamientos, como lo hiciste hasta que aquella de la que nadie escapa—la vejez—te arrancó los bríos, y no te volvieron a emplear.

Padre, después que el reloj biológico cayó sobre tu existencia, nunca te vi gemir ni sacar facturas caducadas a tus siete hijos, no obstante a que siempre estaremos en deuda contigo. Los días en los que el cielo traía mucha bruma a la familia, salías a soplar nubes hasta que la claridad iluminaba nuestras vidas.

Que mis plegarias por ti y por mamá alcancen para cubrirlos, si es que con ellas los buenos padres, como ustedes, tienen alguna vida eterna.

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