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En Japón, buscando un otoño esquivo

El viaje de noviembre: ciudades, colores y esperas

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En Japón, buscando un otoño esquivo
Un otoño que se resistía en Japón. (FUENTE EXTERNA)

Noviembre, en el Londres familiar. De allí hacia Japón con una promesa íntima: encontrar el otoño. No un otoño cualquiera, sino ese que había visto tantas veces en fotografías y películas japonesas. Avenidas de ginkgos dorados, montañas encendidas en rojo, parques donde las hojas caídas forman alfombras que crujen bajo los pasos. Viajar en el penúltimo mes me parecía garantía suficiente. Quería revivir ese tránsito conmovedor en el que la naturaleza, antes de entregarse al invierno, muta en un espectáculo de melancolía y esplendor.

Itinerario hecho a medida. Tokio, Osaka, Kioto, Nara, Hiroshima. Cada ciudad con su carga de historia y su promesa de belleza. Pero la naturaleza, a veces, no atiende a los planes del viajero.

La capital, ensayo inconcluso

Tokio es otra dimensión. En sus calles, el calendario natural parece diluirse entre trenes de precisión matemática, rascacielos que se iluminan como circuitos de un tablero, y avenidas donde la prisa manda. Allí, el otoño apenas apenas se insinuaba. En Ueno, en Shinjuku Gyoen, en los jardines imperiales, algún árbol viraba al dorado, otro se ruborizaba en las puntas, pero el conjunto permanecía obstinadamente verde.

Caminé siempre esperando una composición de colores. Lo que encontré fue una melodía incompleta, un ensayo interrumpido. Era un otoño prometido, todavía en construcción. Quizás en Osaka...

Osaka y Nara, Kioto

En Nara y Osaka tampoco llegaba la señal inequívoca. Los ciervos pastaban como siempre, y los templos parecían ignorar la mudanza de estación.

Kyoto es ese lugar donde todo lo que creímos soñar existe. El país de las estampas, de los templos de madera y de los jardines diseñados con paciencia infinita. Cada piedra, colocada con sentido filosófico, aparece ante los ojos del viajero como si hubiera estado esperando desde siglos atrás. Figura en todas las guías porque se trata del Japón íntimo, el que las palabras y las imágenes nunca logran abarcar del todo.

El Templo Ginkaku-ji, o Pabellón de Plata, no brilla como su nombre sugiere. La pátina del tiempo y la sobriedad de su madera sin adornos lo hacen más terrenal que fastuoso. Sin embargo, al ascender por los senderos del jardín y contemplar el bosque que se abre al fondo, se experimenta la serena majestuosidad de una naturaleza que se transforma sin prisa. En mi noviembre del año pasado, los árboles se empecinaban en el verde, resistentes a la entrega de su esplendor final. Había pequeños destellos amarillos y rojos, tímidos recordatorios de que el otoño llegaría pronto.

Ese contraste —la espera y la serenidad— define a Kioto como ciudad que se revela despacio, reacia a conceder sus secretos de inmediato. En sus calles estrechas, donde lo moderno convive con lo ancestral, uno descubre que lo japonés es estética y también disciplina del tiempo. En Tokio todo corre; en Osaka todo bulle; en Kioto, el tiempo parece detenerse. Incluso los turistas, que se multiplican frente a Kiyomizu-dera o en el Camino de los Filósofos, adoptan un ritmo distinto, como si el lugar los obligara a bajar la voz y caminar con mayor lentitud.

En Ginkaku-ji no había todavía la explosión roja de los momiji, como se conoce a los arces en Japón. La montaña azul al fondo, el cielo moteado de nubes, el follaje en distintos matices de verde, todo componía una escena que más que paisaje era una pintura en proceso. El Japón imaginado estaba allí, no en la plenitud de los colores, sino en la espera que anuncia su llegada.

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Infografía

Recorrer Kioto es dejarse guiar por la paciencia. El jardín seco de Ryoan-ji, con sus piedras rodeadas de grava peinada, invita a buscar la perfección en la contemplación. El Pabellón Dorado, Kinkaku-ji, reflejado en el estanque con un brillo imposible de ignorar, recuerda que lo efímero puede ser también eterno en la memoria.

La belleza allí trasciende el espectáculo preparado para el turista. Es el resultado de siglos de convivencia entre lo humano y lo natural. Cada jardín se siente como una lección de filosofía, cada templo como un acto de rebeldía frente al tiempo. Mi verdadero viaje era hacia el otoño, pero hasta entonces el destino resultaba ser un Japón interior, hecho de silencios y de contemplaciones.

Sin que el follaje se rindiera para mi grupo familiar, la ciudad ya había cumplido su promesa. Pese a la ausencia de esa plenitud cromática. Kyoto ofrece mucho más que hojas camaleónicas.

En Osaka, la estación se perdía en la vorágine urbana. Los neones del Dotonbori y la vida nocturna parecían conjurar cualquier melancolía estacional.

Nara, la antigua capital imperial, ofrecía más calma, con sus ciervos dóciles que se acercan a los visitantes. Pero también allí predominaba un verde persistente. ¿Dejó el verano una cláusula de permanencia? Apenas en algunos rincones, tímidas hojas comenzaban a ceder. ¿Hallaría una Hiroshima otoñal?

Hiroshima, memoria despierta

En Hiroshima, ciudad herida por la tragedia atómica, esperaba hallar la metáfora de un otoño pleno, un ciclo de vida que evocara la capacidad de renacer. Caminamos por el Parque de la Paz, contemplamos la Cúpula de la Bomba, escuchamos el murmullo de la memoria. Y en aquel noviembre, la naturaleza –verde que no te quiero verde–,  permanecía despierta, negada a hibernar en un lugar donde la memoria nunca duerme.

Frustrados, decidimos tomar un avión hasta el norte lejano, hasta Hokkaido. Intuíamos que allí, donde el invierno llega temprano y la nieve no concede treguas, el otoño no se habría hecho esperar. Sapporo nos recibió como una revelación.

Sapporo vestida de colores

El aire frío mordía la piel, los edificios parecían más sobrios que en el sur, y las calles se enramaban entre ginkgos dorados que la prima noche no ocultaba. El otoño, ¡al fin!, se mostraba en toda su plenitud.

Nakajima Koen se despliega en pleno centro-sur de la ciudad. Allí, esa mañana de noviembre, descubrí lo que había buscado por todo Japón. Apenas crucé la entrada, el ritmo cambió. Las avenidas ruidosas quedaban atrás, y el parque se abría como un refugio de calma. Caminaba y cada paso producía un crujido, una música que acompañaba la composición de la naturaleza.

En el corazón del parque, la escena otoñal se concentraba en un arce japonés que ardía en bermellón. Sus ramas, cargadas de hojas encendidas, convivían con árboles de verdes profundos y amarillos dorados. Allí habitaba ese instante fugaz del año en que la naturaleza se convierte en espectáculo, un festival de colores que anuncia el paso inevitable hacia el invierno.

El cielo claro, sin nubes, reforzaba la nitidez de la escena y permitía al ojo detenerse en los detalles: las hojas en el suelo, la sombra fresca sobre el sendero, la textura de la corteza. Todo parecía dispuesto como si fuese un lienzo natural.

En Sapporo, el otoño es un paréntesis breve pero intenso. Los momiji se convierten en protagonistas indiscutibles. Los robles se visten de marrones nobles, los ginkgos ofrecen un amarillo casi luminoso. El estanque Shobu duplicaba la escena en su superficie, como si la naturaleza quisiera subrayar su propio gesto. Tocado por la brisa y por el sol retozón, comprendí lo que significa esa noción sutil de la estética japonesa encapsulada en la frase mono no aware: la belleza de lo efímero, la melancolía de lo que no dura.

Música y literatura entre los árboles

El parque alberga el Kitara Concert Hall, sede de la Filarmónica de Sapporo. Desde afuera, parecía dialogar con el paisaje. Imaginaba cuerdas y metales resonando dentro, mientras el viento componía su propia versión con las hojas. A media mañana del sábado otoñal, decenas de niños en uniforme escolar llenaban la sala de concierto. También está allí el Museo Literario de Hokkaido, discreto, recordando a escritores locales que cantaron las estaciones. Yo, extranjero, sumaba mis palabras a esa tradición.

En ese instante pensé que no había llegado a Sapporo por azar. Todo el viaje —las búsquedas frustradas en Tokio, Kioto, Nara, Osaka, Hiroshima— era preparación para este momento.

El contraste y la lección

Solo en Sapporo el tiempo fluía con crudeza. La búsqueda cobró otro sentido en ese punto. El otoño en Japón se encuentra, no se persigue. No depende de calendarios ni de rutas trazadas, sino del ritmo con que la naturaleza decide conmovernos. En Tokio estaba en la promesa; en Kioto, en la espera; en Hiroshima, en la resistencia; en Sapporo, en la plenitud. El norte me mostró con claridad que la belleza reside en lo efímero, y que cada ciclo exige la dignidad de la entrega.

Ahora, al escribir estas líneas, siento que aquella travesía no fue solo un foliage tour, sino una metáfora del tiempo personal. Uno busca estaciones, cree que puede programarlas, se impacienta cuando no llegan, y al final entiende que todo llega donde y cuando tiene que llegar. El otoño estaba en Sapporo porque tenía que estar allí para mí. Y yo estuve en Sapporo porque era el momento de aprender lo que tenía que aprender.

Japón, con sus contrastes, me regaló esa certeza: que cada ciudad tiene su ritmo, cada estación su modo, y cada viajero su destino. Lo importante no era encontrar el otoño perfecto, sino comprender que la vida misma es esa sucesión de intentos, retrasos, resistencias y, al final, revelaciones.

En el Parque Nakajima, bajo los árboles encendidos, lo supe con claridad cuando las hojas caían como notas de una partitura invisible, cada una brillando en su último instante: el otoño que buscaba fuera lo llevaba dentro.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.