Jugar limpio
El legado de Eugenio Monti más allá de sus múltiples medallas mundiales

Eugenio Monti es recordado más por una derrota que por sus seis medallas olímpicas y sus nueve títulos mundiales como piloto de bobsleigh. Cuando, en 1964, durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Innsbruck, a sus adversarios británicos se les rompió un perno, Monti no dudó en prestarles su perno de repuesto. Con él ganaron la medalla de oro. A las críticas de la prensa italiana, respondió: "No ganaron porque les presté el perno: fueron más rápidos que nosotros". Por haber jugado limpio, Monti recibió el año siguiente el premio Pierre de Coubertin al juego limpio, así llamado en honor del fundador de los juegos olímpicos modernos.
A Monti, creo, no le satisfacía una victoria meramente legal —los reglamentos no lo obligaban a socorrer a sus adversarios—: aspiraba a una victoria legítima. Su decisión denota un compromiso con la excelencia, esto es, con la superación de sí mismo. Quizás para muchos —como los periodistas que lo criticaron— nada había que objetar en una victoria del equipo italiano. Pero para Monti —las crónicas no recogieron la opinión de su frenador— un triunfo fruto de la avería era, hasta cierto punto, un ejemplo de mediocridad. Me parece que el que fue conocido como el Rosso Volante —por su pelo rojizo y su velocidad— demostró su liderazgo con su iniciativa, pues ni siquiera lo consultó con su compañero, y la sinceridad de su gesto, con su espontaneidad. Finalmente Monti dio muestras de una gran empatía, al darles la oportunidad de no sufrir una frustración fruto del azar. No me sorprende que sus acciones fueran premiadas: fueron extraordinarias, como se ha visto, en más de un sentido.
Dijo Bertolt Brecht: ¡Ay de los pueblos que necesitan héroes! El heroísmo es un acto fuera de lo común. Pero si caracteriza a muchos ciudadanos "comunes" como Monti, entonces el héroe es el pueblo, un pueblo cuya madurez es mayor que la del que necesita héroes individuales. Por tanto, democratizar el heroísmo del juego limpio es beneficioso para la sociedad. En un país como el nuestro, donde se premian tantas cosas, a veces banales, es urgente premiar el fair play —en el deporte, pero también en la política, en la cultura, en las carreteras; en suma, en la vida ciudadana—. Pero, ¿qué institución lo otorgaría? ¿A quién honraría? ¿Y a quiénes se les entregaría?

Pablo Gómez Borbón