¿Estamos perdiendo la decencia?
Redes sociales y la cultura de la apariencia: cuando el escándalo sustituye al mérito

Ciertamente, vivimos en una sociedad que progresa materialmente, mientras parecen retroceder los valores fundamentales que hacen posible la convivencia humana. Tenemos más tecnología, mejores comunicaciones y mayores oportunidades de educación y acceso a conocimientos que nuestros abuelos jamás imaginaron. Sin embargo, nos preguntamos si ese progreso ha venido acompañado de un crecimiento equivalente en nuestra conducta moral y en el respeto hacia los demás.
No estamos diciendo que todo tiempo pasado fue mejor. Cada generación ha tenido sus virtudes, defectos y contradicciones. Pero no podemos cerrar los ojos ante comportamientos que se extienden por nuestra sociedad y revelan un fuerte debilitamiento de las normas elementales de convivencia.
La vulgaridad, la intolerancia, la violencia verbal, el irrespeto a los mayores, la deshonestidad y el desprecio por las normas sociales parecen encontrar cada día más espacios de aceptación. Conductas que antes provocaban rechazo hoy se exhiben públicamente, sin el menor asomo de vergüenza.
Uno de los fenómenos más inquietantes es la creciente normalización de comportamientos destructivos. El consumo abusivo de alcohol, el uso de drogas y la proliferación de los juegos de azar, con bancas de apuestas que funcionan en todo el país, constituyen amenazas para las familias, especialmente para aquellas que viven en condiciones de vulnerabilidad económica.
Las apuestas se presentan como una oportunidad para escapar de la pobreza. Se vende la ilusión de enriquecerse sin esfuerzo, mientras se debilita la cultura del trabajo, el ahorro y la responsabilidad.
También es preocupante el deterioro del respeto hacia las personas mayores. Durante generaciones, los abuelos representaron una fuente de sabiduría, experiencia y orientación familiar. Su palabra tenía valor y su presencia inspiraba consideración.
Hoy observamos situaciones en las que los envejecientes son ignorados, abandonados o tratados como si sus años de vida constituyeran una carga. Olvidamos que una sociedad que desprecia a sus mayores está despreciando su propia memoria.
También hemos perdido terreno en algo tan sencillo como la cortesía. Ceder el asiento a una persona mayor, respetar una fila, saludar con educación, abrir la puerta a una dama o ayudar a quien atraviesa una dificultad deberían ser expresiones naturales de nuestra formación ciudadana.
Sin embargo, con frecuencia encontramos lo contrario: conductores que ignoran las señales de tránsito, ciudadanos que arrojan basura a las calles, motoristas que consideran la agresividad una demostración de carácter y funcionarios que confunden el servicio público con el privilegio personal.
A este panorama se suma la influencia de la cultura digital. Las redes sociales se han convertido en escenarios donde la vulgaridad, la mentira, la humillación y el escándalo reciben más atención que la inteligencia, la prudencia y el comportamiento ejemplar.
Parecería que estamos construyendo una sociedad donde importa más aparentar que ser, exhibir que compartir y acumular que servir.
No estoy de acuerdo en atribuir esta situación exclusivamente a las nuevas generaciones. Los jóvenes aprenden, fundamentalmente, de lo que ven. ¿Qué autoridad moral tenemos para exigirles honestidad cuando vemos a adultos enriquecerse mediante la corrupción? ¿Cómo enseñarles respeto cuando quienes deberían dar ejemplo convierten la agresión y el insulto en instrumentos habituales de sus relaciones?
La familia sigue siendo la primera escuela de valores. Allí se aprende a respetar, compartir, agradecer, reconocer errores y distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. La escuela complementa esa formación, pero no la sustituye. Y las autoridades religiosas, políticas y sociales tienen la obligación de enseñar mediante sus actuaciones.
Nuestro país necesita continuar creciendo económicamente y construyendo carreteras, hospitales, escuelas y viviendas. Pero también necesita reconstruir los fundamentos éticos de su convivencia.
Podemos construir un país cada vez más rico y moderno, pero, si perdemos la decencia, estaremos perdiendo algo más importante que toda riqueza material: nuestra condición humana.

Luis González Fabra
Luis González Fabra