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Tres tres con slide

La reapropiación comunitaria del Malecón de Santo Domingo a través del arte y la música

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Tres tres con slide
El Finetazo, un evento cultural gratuito organizado por Fineta Récords. (CEDIDA)

Fue como entrar a una clase masiva de baile: filas y filas de personas sincronizadas frente al escenario, siguiendo el ritmo de la furia musical que emanaba de los discos e iluminadas por las pantallas que proyectaban ilustraciones, fotos, datos y colores. «Tres tres con slide», dice el hombre del micrófono, y ahí estaban hombres, mujeres, jóvenes y niños coreografiando lo que se escuchaba, sonrisas dibujadas de oreja a oreja, el sudor corriendo por frentes y buches. Pero daba igual: el que entró, no fue para pensar, sino para bailar y gozar. En fin, música e información, niños peloteando o en patines, gozo y bailoteo sin límite. Era un no parar. Un movimiento constante, incansable.

Bastaba echar la mirada de lado a lado para notar que, en efecto, quince mil personas se dieron cita aquel día en el Malecón Deportivo, desde las cinco de la tarde y con sus sillas y neveritas a cuestas, para insistir en esta especie de bomba cultural que es el Finetazo, de Fineta Récords. La gran protagonista era la música (ramplimazos de salsa y merengue), pero luego se convirtió en algo mayor: una congregación multitudinaria de personas marcada por una obvia (pero no por ello menos impactante) diversidad. Gente procedente de diferentes lugares, con distintas cosmovisiones, reunida en un solo lugar al compás de congas, pailas y un cencerro que nos pone a todos en modo sinvergüenza. Hasta los más recatados movían la cintura, quizá sin darse cuenta. Porque de eso va el asunto.

Eso han logrado Nassim y Limbano, los fundadores del proyecto, el trabajazo del finetacrew y los sponsors: ponernos a todos a bailar a un mismo tono, con una misma cadencia, sin pensar en las diferencias (o, más bien, celebrándolas). Todo ello, además, con un nivel de organización que a priori podría parecer impropio de un dominicano en estado de fiesta. Quizá eso (y otras cositas, por supuesto) lograron otro efecto mágico: consistencia en el mood de los asistentes y en el ambiente. Nadie paró. Y los que se fueron, llegaron a casa con la salsa atravesada en el cuerpo. Y con ganas de volver, por supuesto.

Todos en su propio mundo y, al mismo tiempo, integrados en una dinámica colectiva descomunal, maravillosa. Vengo con un pique, vengo del batey / De ver tanta gente sin na´ que comé´, y un hombre saca una güira y se pone a tocar. Me pongo celoso, mamá, cuando tú baila con otro: qué va, aquí no hay celos, solo baile, pura fiesta. Pollito lindo, pollito lindo / aquí te traigo la conga, mientras las parejas de baile siguen dando vueltas, se pegan cada vez más, intensificando una coreografía que, horas después de haber iniciado, no parece haber perdido ni un chinchín de fuego, la mecha inicial intacta, sin pensar en la oscuridad de la noche que ya se abalanzaba sobre el Malecón. Llorarás y llorarás (vuelta y vuelta) sin alguien que te consuele (sonrisitas, ojos que se cruzan) / Así te darás cuenta (otra vueltecita) que si te engañan duele (y todo se va al carajo, en el mejor de los sentidos y con perdón por el término).  

En el marco de todo ello, y al filo de las diez de la noche, mientras sonaban Celia y Johnny (eh-mamá, eh-eh mamá), se proyectó en las pantallas un dato: que esa voz inconfundible que canta quimbara, cumbara, cumba-quimbambá estudió para ser maestra y fue la única mujer estrella de la Fania. Veinte minutos pasaron y entró El Pique, y vimos en pantalla que el viejo Johnny (que en paz descanse) revolucionó nuestro merengue, fue electo alcalde y acabaría ganando nada más y nada menos que seis premios Grammy. Y que El Padrino de la Salsa, míster Pacheco, vendía discos desde su carro. Datos éstos que, desde Fundación Gente Brava, consideramos relevantes porque nos enseñan la dimensión más humana de estos grandes de la música. Son, acaso, un pedacito de sus respectivos caminos hacia la grandeza; de una trayectoria marcada por el coraje y la bravura.  

Eso fue el último Finetazo: una fiesta imparable, exuberante, que va cogiendo forma de auténtico movimiento cultural. Tiene, también, algo de cambio de paradigma. Que esto ocurra en el espacio público tiene un acento especial, porque hace ver que Santo Domingo tenía lugar para una nueva apuesta, una en la que el baile, la fiesta y el gozo no requieren un cover de entrada, ni una "pinta" para guardar las apariencias. Nos queda, así, una lección que, en estos tiempos, tiene un "aire" revolucionario: el espacio público no existe por y para los administradores del Estado, sino para nosotros. Para patear una pelota, deslizarse en patines, tomarnos una cerveza y bailar cuatro horas de salsa, de frente al mar. Para todo eso e, incluso, un poco más.

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Pedro J. Castellanos Hernández es licenciado en Derecho, con experiencia y especialización en derecho constitucional, administrativo y electoral. Es articulista y ensayista. Combina su ejercicio con la docencia.