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El niño que nació en 2083

La cara humana e inesperada de las gestiones consulares en Asia

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El niño que nació en 2083
El arte de traducir el tiempo y la identidad en la función consular. (SHUTTESTOCK)

Del oficio diplomático se conocen sobre todo las recepciones, los tratados, las fotos ante banderas. Mucho menos se conoce de una cara cotidiana, la consular, hecha de trámites que parecen rutina y esconden algunos de sus desafíos más singulares. Dos episodios recientes, en el sur de Asia, permiten asomarse a ese mundo.

En Nueva Delhi, un funcionario diplomático examina un certificado de nacimiento que declara que el titular nació en el año 2083. Nada en el documento es falso. El sello es auténtico, la firma legítima, el nacimiento real. Y sin embargo, para quien cuenta los años desde el papa Gregorio XIII, ese niño tardará todavía más de medio siglo en nacer. El funcionario no tiene delante un error sino otra manera de medir el tiempo.

El documento viene de Nepal, donde rige el calendario Bikram Sambat, que corre unos cincuenta y siete años por delante del gregoriano. Sus meses no coinciden con los nuestros ni duran lo mismo cada año, de modo que para convertir una fecha se deben consultar tablas y cotejar equivalencias, mes por mes. Legalizar esa acta de nacimiento es certificar que dos cronologías distintas hablan del mismo día.

Poco después llega otro documento: un pasaporte indio donde el titular tiene un solo nombre. Ningún apellido. El formulario hispanoamericano, que exige apellido paterno y materno, queda incompleto; el pasaporte, no: en el sur de India, millones de personas llevan el nombre del padre como inicial que se expande o se contrae según la ocasión; otras llevan el pueblo, la casta que se abandonó, o simplemente un nombre, completo en sí mismo. El apellido heredado es, también, una invención con fecha y lugar de origen.

Sería fácil archivar estos episodios como exotismo: los otros y sus calendarios, los otros y sus nombres. Pero el espejo apunta hacia acá: lo que llamamos natural es, siempre, hijo de una época y de un lugar. El calendario gregoriano nació en 1582 por bula papal, para corregir una Pascua que se desfasaba; Inglaterra tardó ciento setenta años en aceptarlo y Rusia no lo adoptó hasta 1918. El apellido heredado tampoco se produjo por generación espontánea: fue el Estado moderno quien lo fijó, porque necesitaba súbditos rastreables para cobrar impuestos y reclutar soldados. Así de terrenal es, en todas partes, el origen de lo que hoy parece natural.

La jurisdicción de una embajada en el sur de Asia es un curso acelerado de esta lección. Cada frontera desmonta una certeza distinta: Nepal pone en jaque el tiempo; India, el nombre. La sección consular, ese lugar que imaginamos como el reino de lo rutinario, resulta ser una frontera entre sistemas de pensamiento.

Y es que suele olvidarse en qué consiste el quehacer consular. En las escenas de esta columna, además, quien lo ejerce es un diplomático: las Convenciones de Viena permiten que las misiones diplomáticas desempeñen funciones consulares, y en las embajadas pequeñas es la norma. La imaginación popular reduce el oficio al visado, pero esa es apenas la puerta más famosa de una casa con muchas habitaciones: el cónsul inscribe nacimientos, matrimonios y defunciones; legaliza documentos para que valgan de un país a otro; levanta actas notariales; emite pasaportes y salvoconductos; asiste al connacional hospitalizado, detenido o varado; acompaña repatriaciones.

Pero la práctica consular es más demandante, y más fascinante, de lo que sugiere su fama. En ciertas regiones del mundo, cada legalización pide saberes de calendarios, de nombres, de familias, y la destreza de ver que detrás de cada dato hay una manera de entender el mundo. Quien ejerce el oficio aprende así, caso a caso, a observar otras formas de vivir hasta comprenderlas por dentro: una escuela que ningún manual sustituye.

Al final del día, el cónsul es un traductor. Y en cada trámite aprende una lección. En este caso, que el niño que nació en 2083 lleva años, felizmente, entre nosotros.

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