Envejecer no es desaparecer
El culto a la juventud y los prejuicios cotidianos contra la vejez

El primero de octubre celebramos en la República Dominicana el Día Nacional del Envejeciente. La fecha debería servir para algo más que organizar actos, pronunciar discursos y recordar por unas horas a quienes han llegado a la vejez. Debería servir, sobre todo, para preguntarnos cómo los estamos tratando.
Existe una forma de discriminación de la que hablamos poco: el edadismo, es decir, los prejuicios y el trato desigual hacia una persona por su edad.
Vivimos en una sociedad que rinde culto a la juventud. Lo nuevo parece bueno por el solo hecho de ser nuevo, mientras que lo viejo, incluidas las personas, corre el riesgo de considerarse desechable.
Al envejeciente se le supone frágil, enfermo, improductivo, incapaz de aprender a usar nuevas tecnologías y hasta desconectado de la realidad. Aunque los años pueden traer limitaciones físicas y enfermedades, cumplir 70, 80 o 90 años no despoja a nadie de su inteligencia, de su experiencia y, mucho menos, de su dignidad.
Se discrimina a una persona mayor cuando no se escucha su opinión porque «ya está vieja»; cuando una empresa la descarta automáticamente por su edad, aunque conserve intactas sus capacidades; cuando una familia toma decisiones que le conciernen sin consultarle, o cuando las ciudades se construyen sin tener en cuenta sus dificultades de movilidad. También se la discrimina cuando la sociedad la trata como si estuviera ausente antes de que realmente se haya ido.
Esta última es quizá una de las formas más crueles del edadismo: convertir en invisible a quien todavía está presente.
Olvidamos, además, algo fundamental. Las personas mayores constituyen una gran reserva de experiencia colectiva. Han visto crisis, guerras, dictaduras, transformaciones políticas, revoluciones tecnológicas y cambios familiares y sociales. Han cometido errores, ciertamente, pero también han aprendido de ellos. Una sociedad inteligente no desperdicia semejante capital humano.
En nuestras familias dominicanas, los abuelos siguen desempeñando un papel que pocas estadísticas registran adecuadamente. Cuidan nietos, sostienen hogares, ayudan económicamente a hijos y familiares, transmiten valores, conservan tradiciones y mantienen viva la memoria familiar. No son simplemente receptores de ayuda. También son proveedores de solidaridad.
Por eso deberíamos fomentar una relación más estrecha entre generaciones. Las escuelas podrían desarrollar programas para que los estudiantes visiten hogares de ancianos, no solo para llevar alimentos o regalos en Navidad, sino para conversar con sus residentes, escuchar sus historias y aprender de sus experiencias. Los jóvenes podrían enseñarles a manejar un teléfono inteligente; los mayores, a su vez, podrían enseñarles algo que ninguna aplicación permite descargar: cómo se atraviesan las dificultades de la vida. Ese intercambio tendría un extraordinario valor educativo.
La República Dominicana, como buena parte del mundo, tendrá cada vez más personas mayores. Debemos preparar desde ahora nuestros sistemas de salud, seguridad social, transporte, vivienda y protección ciudadana para una realidad demográfica que ya está tocando a nuestras puertas.
Las leyes y las políticas públicas, aunque indispensables, no serán suficientes. Hace falta cambiar nuestra manera de mirar la vejez.
Llegar a viejo no debería significar pasar de ciudadano a carga social. Tampoco implica renunciar a participar, producir, enseñar, amar, opinar o soñar.
El primero de octubre podemos regalar flores, organizar celebraciones y pronunciar hermosos discursos. Pero quizá el mejor homenaje sea mucho más sencillo: escuchar a las personas mayores, respetarlas y hacerlas sentir útiles.
Una sociedad que desprecia a sus viejos comete una enorme torpeza: desprecia a quienes ya recorrieron el camino por el cual todos los demás, si tenemos la fortuna de vivir lo suficiente, algún día pasaremos. Envejecer no es un problema social. El problema comienza cuando la sociedad convierte la edad en motivo de exclusión.

Luis González Fabra
Luis González Fabra