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Un país no se construye con prisa

El verdadero progreso exige paciencia y visión de largo plazo

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Un país no se construye con prisa
La Basílica y Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, también conocida como Sagrada Familia, en Barcelona. (SHUTTERSTOCK)

Hay obras que no nacen para ser comprendidas de inmediato. Nacen para desafiar la mirada de su tiempo, para incomodar el gusto dominante y para recordarnos que no todo lo verdaderamente importante cabe en el calendario de una generación. La Sagrada Familia de Barcelona es una de esas obras. Antoni Gaudí murió sin verla terminada. La imaginó, la levantó parcialmente, la defendió con su vida y dejó a otros la responsabilidad de continuarla.

Esa es, quizás, una de las grandes lecciones de toda obra monumental: quien la inicia no siempre la concluye. Algunas construcciones requieren más tiempo que una vida, más paciencia que una administración, más humildad que una opinión pública acostumbrada a pedir resultados inmediatos. Gaudí no trabajó para el aplauso urgente. Trabajó para una idea. Y las ideas grandes, cuando son verdaderas, suelen avanzar lentamente.

La Sagrada Familia también enseña que toda obra ambiciosa será juzgada antes de ser entendida. George Orwell llegó a describirla como uno de los edificios más horrendos del mundo. Es tentador desestimar ese juicio como un error de sensibilidad, pero el gesto de Orwell nos dice algo más importante: reveló que toda gran obra en proceso acumula detractores proporcionales a su ambición. Quienes observan una construcción inconclusa y solo ven desorden no están mirando el edificio; están mirando su propia impaciencia. La diferencia no está en la piedra, sino en la disposición de entender que hay obras cuyo sentido solo se revela con el tiempo. Esa misma tensión, entre el juicio apresurado y la comprensión que madura despacio, es la que define —y a menudo destruye— la vida pública de nuestras sociedades.

Una nación no se construye con impulsos, con impaciencias ni con sentencias apresuradas. Se construye con continuidad, instituciones, reglas claras, visión de largo plazo y capacidad para sostener conversaciones difíciles sin destruir aquello que todavía puede ser mejorado.

Uno de los errores más frecuentes de nuestras sociedades —y América Latina tiene sobradas razones para reconocerse en esta trampa— es confundir velocidad con progreso. Queremos resolver en semanas problemas acumulados durante décadas. Queremos leyes perfectas sin deliberación suficiente, instituciones fuertes sin fortalecer sus capacidades, desarrollo sin conflictos, crecimiento sin costos, decisiones públicas sin procesos y consensos sin escucha. Hemos visto este patrón repetirse: gobiernos que llegan prometiendo refundar el país en cien días, movimientos que exigen resultados antes de que las condiciones estén dadas, ciudadanías que abandonan una reforma a mitad del proceso porque los resultados no son todavía visibles. Pero nada importante se edifica así.

La prisa puede levantar estructuras. No necesariamente construye país. Construir país exige algo más difícil: aceptar que hay tareas que requieren método, paciencia y responsabilidad histórica. Exige distinguir entre corregir y demoler, entre criticar y comprender, entre exigir resultados y crear las condiciones para que esos resultados sean sostenibles.

La Sagrada Familia creció hacia arriba porque no tenía mucho espacio para crecer hacia los lados. Esa imagen también puede servirnos. Hay momentos en que las sociedades no tienen más remedio que elevarse. Elevar el debate. Elevar la calidad de las decisiones. Elevar los estándares. Elevar la confianza. Elevar la mirada por encima de la coyuntura.

Porque cuando una sociedad se queda atrapada en la pequeñez del momento, termina juzgando toda obra por el ruido que produce mientras se construye. Olvida que toda construcción seria genera incomodidades, exige ajustes, requiere supervisión y demanda tiempo. Lo fácil es señalar el andamio. Lo difícil es comprender el plano.

Tal vez por eso Gaudí sigue siendo una figura tan poderosa. No solo por lo que diseñó, sino por lo que representa: la fidelidad a una obra que lo trascendía. Supo trabajar sin la garantía de ver el final. Supo entregar su vida a algo que otros tendrían que continuar. Un edificio sin supervisión se tuerce. Una institución sin ciudadanos que la cuiden, también. Un debate sin voces que lo eleven termina siendo ruido. Un liderazgo que solo piensa en el titular de mañana construye sobre arena.

Los países necesitan, en cambio, algo parecido a lo que necesita una catedral: cimientos que resistan el peso de lo que vendrá, muros que no dependan del temperamento de una coyuntura, arcos que distribuyan la carga sin colapsar cuando el peso aumenta. Necesitan sectores productivos que entiendan su responsabilidad social como parte del proyecto común, no como un costo externo. Necesitan gobiernos que decidan con rigor y ciudadanos que fiscalicen sin caer en la destrucción automática. Esa es la diferencia entre una sociedad que construye y una que solo derrumba.

La pregunta, entonces, no es solo qué queremos construir. La pregunta es si tenemos la paciencia para construirlo bien.

Porque una gran obra no se mide únicamente por su altura, por su belleza o por el número de visitantes que recibe. Se mide por la capacidad que tuvo de resistir la incomprensión, atravesar generaciones, corregirse sin traicionarse y permanecer cuando ya pasaron las voces que la juzgaron demasiado pronto.

Un país, como toda obra grande, no se construye con prisa. Se construye con visión, con carácter, con continuidad y con la humildad de entender que algunas tareas no se terminan en una generación, pero pueden perderse en un instante si dejamos de creer en la importancia de construirlas bien. Gaudí nos dejó más que un templo: nos dejó la prueba de que hay obras que no pertenecen al apuro de quienes las miran, sino a la paciencia —y al coraje— de quienes se atreven a continuarlas.

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Director Ejecutivo, Cámara Minera Petrolera de la República Dominicana.