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La usura, un mal histórico: Diario Libre pone el dedo en una llaga que nunca ha cerrado

Combatir esa usura criminal exige perseguir la violencia, regular el crédito informal y fortalecer las alternativas cooperativas, porque mientras el miedo sea el precio de financiar una urgencia, la llaga seguirá abierta

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La usura, un mal histórico: Diario Libre pone el dedo en una llaga que nunca ha cerrado
La usura se ha modernizado, ahora utiliza herramientas digitales y rutas de cobro para expandirse. (DIARIO LIBRE/ARCHIVO)

El amplio reportaje de la periodista Indhira Suero Acosta, publicado por Diario Libre, pone el dedo en una llaga social que nunca ha cerrado: la usura, cuyas cifras estremecen, pues entre 2020 y mayo de 2026 los conflictos relacionados con deudas dejaron 52 personas asesinadas y 110 heridas en República Dominicana, como saldo sangriento de una red financiera paralela que se alimenta de la necesidad, la exclusión y la urgencia de miles de trabajadores.

A este problema me acerco desde mi condición de periodista de larga data y prolongado ejercicio, desde la experiencia acumulada como dirigente gremial del sector y también como técnico del cooperativismo y ex director general del Instituto de Desarrollo y Crédito Cooperativo (IDECOOP), organismo estatal encargado de la supervisión, promoción y fiscalización del movimiento cooperativo nacional, una trayectoria que me permite observar la usura como fenómeno económico, drama social y desafío institucional.

Abordé esta problemática en varios textos de mi autoría, entre ellos el libro Apuntes para un plan nacional de desarrollo cooperativo, publicado en Santo Domingo por Editora Lozano, donde, en el capítulo primero, bajo el apartado "Historia de la usura", advertía que esta práctica es casi tan antigua como la humanidad y que, aunque ha cambiado de métodos, instrumentos y protagonistas, conserva su esencia: aprovechar la necesidad de quien carece de recursos para imponerle condiciones capaces de profundizar su pobreza y dependencia.

Apoyado entonces en el economista marxista Ernest Mandel, expliqué que el capital usurario constituyó una de las primeras formas de aparición del capital en economías predominantemente agrícolas y orientadas a la producción para el uso, como ocurrió desde Babilonia, Egipto, China, Japón e India, donde los préstamos en especie obligaban a devolver lo recibido con un suplemento, mientras el incumplimiento podía provocar la pérdida de cosechas, tierras y libertad, arruinando pequeños productores y convirtiendo a deudores en esclavos.

De los préstamos en especie a las rutas sobre ruedas

Más de cuatro décadas después de aquella publicación, el reportaje de Diario Libre demuestra que la usura se ha modernizado sin humanizarse, pues ya no necesita permanecer instalada en una oficina oscura ni depender exclusivamente del prestamista conocido en el barrio, porque ahora circula en automóviles y motocicletas, utiliza aplicaciones digitales, imprime recibos mediante dispositivos electrónicos y organiza rutas que recorren ciudades y campos entregando dinero rápido a quienes la banca formal mantiene fuera de sus ventanillas.

Los casos presentados permiten medir el costo de esa facilidad: un motorista recibe 5,000 pesos y paga 250 diarios durante 24 días, para devolver 6,000 pesos; por otro préstamo de 25,000 entrega 2,550 pesos semanales durante trece semanas, equivalentes a 33,150 pesos; mientras un vendedor que toma 30,000 pesos paga 850 diarios durante 46 días, hasta completar 39,100 pesos, cifras que revelan sobreprecios enormes aplicados en periodos muy breves y disfrazados de cuotas aparentemente manejables.

Pero la gravedad del fenómeno no se limita a los intereses, pues el reportaje documenta amenazas, humillaciones públicas, destrucción de mercancías, letreros colocados frente a las viviendas, confiscaciones y cobros compulsivos que algunas veces terminan en sangre, en un escenario donde las armas de fuego estuvieron presentes en 102 de los casos registrados, mientras la usura permanece en una zona jurídica difusa porque no constituye por sí misma un delito penal autónomo y sus consecuencias se investigan como amenazas, agresiones, coacciones u homicidios.

El cooperativismo frente a la exclusión financiera

La expansión de estas rutas descubre, además, el vacío que dejan el sistema bancario y las políticas públicas, porque motoconchistas, agricultores, buhoneros, saloneras, colmaderos, obreros y pequeños comerciantes necesitan capital para trabajar o responder a una emergencia, mientras encuentran solicitudes interminables, requisitos que no pueden cumplir, garantías que no poseen y respuestas que llegan cuando la necesidad ya los ha vencido, una urgencia que el prestamista informal comprende y convierte en la materia prima de su negocio.

En aquel texto de 1985 distinguía dos dimensiones de la usura: una macroeconómica, relacionada con el endeudamiento de los Estados y el poder de los acreedores internacionales, y otra microeconómica, padecida por trabajadores, campesinos, chiriperos y empleados mediante préstamos con intereses abusivos, ventas "a la flor" y avances con cargo a las cosechas, una distinción cuya vigencia confirma el reportaje al advertir la expansión de esa segunda dimensión hacia el sur agrícola, donde los ciclos productivos largos aumentan la vulnerabilidad de los pequeños productores. 

Frente a esa realidad, las cooperativas no constituyen una panacea, pero sí una respuesta solidaria, regulada y cercana a las comunidades, capaz de movilizar el ahorro colectivo, democratizar el crédito y sustituir el lucro desmedido por el servicio a los asociados, siempre que cuenten con supervisión eficaz, educación financiera, respaldo institucional y una política nacional que acerque recursos oportunos a los sectores populares.

La investigación de Diario Libre merece ser asumida como una alerta que trascienda la conmoción momentánea, pues, cuarenta y un años después de aquellas reflexiones, los antiguos préstamos sobre cosechas reaparecen convertidos en "Rapiditos", rutas móviles y cuotas diarias, pero detrás de la tecnología permanece intacta la misma relación de sometimiento, de ahí que enfrentar esa usura criminal demande perseguir la violencia, regular el crédito informal y fortalecer las alternativas cooperativas, porque mientras la necesidad continúe financiándose con miedo y urgencia, la llaga que el reportaje ha vuelto a mostrarnos permanecerá abierta.


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