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Prevenir también salva vidas

La justicia actúa después del delito, pero la prevención puede salvar vidas antes

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Prevenir también salva vidas
Anticipar el peligro no es ceder derechos, es priorizar la seguridad de las víctimas. (SHUTTERSTOCK)

Por años, el debate sobre la violencia contra las mujeres ha girado, con razón, alrededor de la sanción de los agresores, el fortalecimiento de las leyes y la protección de las víctimas. Sin embargo, existe una dimensión de la que se habla menos y que merece una reflexión serena y responsable: la prevención desde la identificación temprana del riesgo y el manejo adecuado de situaciones potencialmente peligrosas.

Cada feminicidio es responsabilidad exclusiva de quien decide ejercer la violencia. No hay justificación posible para el abuso, la agresión o el asesinato. La culpa nunca recae sobre la víctima. Sin embargo, reconocer esta verdad no debe impedirnos analizar otra realidad igualmente importante: muchas tragedias están precedidas por señales de alarma que, de haber sido identificadas a tiempo, podrían haber permitido tomar medidas para reducir el riesgo.

La violencia rara vez aparece de manera repentina. En la mayoría de los casos existe un proceso previo. Primero llegan los celos excesivos, el control sobre las amistades, la revisión constante del teléfono, la vigilancia obsesiva, las amenazas disfrazadas de amor, el aislamiento progresivo de la familia, las explosiones de ira y las frases posesivas como "si no eres mía, no serás de nadie". Luego vienen las humillaciones, las intimidaciones y, finalmente, las agresiones físicas.

Por eso, como sociedad, debemos enseñar algo que muchas veces se pasa por alto: aprender a detectar perfiles peligrosos también es una forma de prevención.

No se trata de pedirle a la mujer que soporte maltratos. Tampoco de convertirla en una persona sumisa. Todo lo contrario. Se trata de brindarle herramientas para reconocer cuándo está frente a una persona con potencial violento y cómo actuar de manera estratégica para protegerse.

También debemos hablar de algo que suele generar incomodidad, pero que es necesario abordar con madurez: saber manejar una confrontación con una persona violenta puede salvar vidas.

Cuando alguien está dominado por la ira, bajo una obsesión enfermiza o en medio de una crisis emocional, intentar imponer la razón mediante una discusión acalorada muchas veces no funciona. En ocasiones, la reacción más inteligente no es responder con la misma agresividad, sino desescalar la situación, retirarse, buscar ayuda o posponer la confrontación hasta que existan condiciones más seguras.

Esto no significa ceder derechos ni aceptar abusos. Significa entender que la prioridad en ese momento es la seguridad personal. Nadie recomendaría enfrentar físicamente a un delincuente armado para demostrar valentía. De la misma manera, cuando se está frente a una persona emocionalmente fuera de control, la estrategia más prudente suele ser evitar que el conflicto alcance niveles peligrosos.

En muchos casos, las víctimas desconocen que existen técnicas de manejo de crisis y reducción de tensión que pueden ayudar a disminuir riesgos inmediatos. Hablar en tono calmado, evitar provocaciones innecesarias, retirarse de lugares aislados, buscar la presencia de terceros, llamar a familiares o autoridades y tener un plan de seguridad son medidas que no eliminan el peligro, pero sí pueden reducirlo.

La experiencia internacional demuestra que uno de los momentos de mayor riesgo para una mujer es precisamente cuando decide terminar una relación abusiva. Por eso las separaciones de alto riesgo requieren planificación, apoyo familiar, acompañamiento institucional y medidas especiales de protección.

La prevención también debe dirigirse a los hombres. Es imprescindible trabajar la educación emocional, el manejo de la frustración, la resolución pacífica de conflictos y la salud mental. Un país no puede limitarse a castigar después de la tragedia; debe formar ciudadanos capaces de controlar sus impulsos y respetar la libertad de los demás.

La República Dominicana necesita seguir fortaleciendo sus leyes, sus fiscalías especializadas y sus mecanismos de protección. Pero también necesita impulsar una gran campaña nacional de educación sobre relaciones saludables, señales de violencia, gestión del riesgo y manejo de situaciones de confrontación.

Porque la verdad es que no todos los feminicidios pueden evitarse. Sin embargo, muchos podrían prevenirse si las víctimas, las familias, las comunidades y las instituciones aprendieran a reconocer las señales tempranas y actuar antes de que la violencia alcance el punto de no retorno. La justicia salva vidas después del delito. La prevención tiene el potencial de salvarlas antes.

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