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República Dominicana ante el nuevo orden global: oportunidad en medio de la incertidumbre

Serie: desafíos y oportunidades de la república dominicana en la reconfiguración geopolítica (Parte 1)

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República Dominicana ante el nuevo orden global: oportunidad en medio de la incertidumbre
El mundo atraviesa una reconfiguración histórica profunda donde el modelo de globalización acelerada, basado en la eficiencia extrema, está migrando hacia una lógica de resiliencia y seguridad. (GENERADA CON IA)

Nota editorial: Este artículo forma parte de la serie ´Desafíos y oportunidades de la república dominicana en la reconfiguración geopolítica´, basada en mi participación en el Congreso Internacional de Geopolítica [República Dominicana 2026].

Vivimos un momento histórico que probablemente será estudiado en el futuro como un verdadero cambio de época. Durante décadas, el mundo operó bajo un conjunto relativamente estable de reglas: globalización acelerada, cadenas de suministro extendidas, apertura comercial y creciente interdependencia económica. Ese modelo permitió enormes avances y generó prosperidad en distintas regiones del planeta. Sin embargo, también creó vulnerabilidades estructurales que las crisis recientes dejaron al descubierto.

La tensión financiera de 2008, la pandemia del COVID-19, la guerra en Ucrania y del Medio Oriente han demostrado que el sistema internacional atraviesa un proceso de reconfiguración profunda. No estimo que estemos ante el colapso del orden mundial, pero sí frente a una transformación significativa de sus dinámicas económicas, políticas y estratégicas. La pregunta para países como la República Dominicana no es si estos cambios nos impactarán. Ya lo están haciendo. La verdadera interrogante es si tendremos la capacidad de convertir esta nueva realidad en una oportunidad de desarrollo.

Durante años, el principio dominante de la economía global fue la eficiencia. Las empresas distribuían su producción alrededor del mundo buscando menores costos y mayor productividad, pero esa eficiencia extrema creó cadenas frágiles, altamente dependientes de pocos proveedores y rutas logísticas críticas. Cuando esas cadenas se interrumpieron, el mundo entendió que el modelo estaba optimizado para tiempos de estabilidad, no para contextos de incertidumbre.

A partir de entonces comenzó a consolidarse una nueva lógica: la resiliencia. Hoy, las decisiones económicas incorporan variables como seguridad, estabilidad, confiabilidad y cercanía geográfica. Las grandes empresas buscan acercar producción a mercados estratégicos, diversificar riesgos y reducir dependencia de regiones geopolíticamente sensibles. Ese fenómeno, conocido como nearshoring o regionalización productiva, abre oportunidades extraordinarias para países cercanos a Estados Unidos. Y aquí República Dominicana posee ventajas evidentes.

Nuestra ubicación geográfica es privilegiada. Somos un puente natural entre América del Norte, América Latina y el Caribe. Contamos con estabilidad macroeconómica, experiencia exportadora, conectividad logística creciente y una economía que ha mantenido dinamismo durante décadas. Sin embargo, esas fortalezas -aunque importantes- no garantizan automáticamente el éxito. La competencia internacional por atraer inversiones es cada vez más intensa. Ya no basta con ofrecer bajos costos laborales o incentivos fiscales. Las empresas buscan entornos confiables, infraestructura moderna, capacidad institucional y estabilidad política. En otras palabras, buscan previsibilidad. En este contexto, la confianza se convierte en un activo estratégico.

Uno de los grandes cambios del nuevo orden global es el retorno de la geopolítica como factor determinante de la economía. Durante mucho tiempo se pensó que la globalización reduciría la importancia de los conflictos estratégicos. Hoy ocurre exactamente lo contrario: la economía y la geopolítica están profundamente entrelazadas. Los Estados intervienen cada vez más en políticas industriales, cadenas de suministro críticas y transferencia tecnológica.

Para República Dominicana esto implica desafíos, pero también enormes posibilidades, sobre todo en tres ejes importantes. La energía es un ejemplo claro. Nuestro país importa la totalidad de los combustibles que consume. Cuando sube el petróleo, aumenta el costo del transporte, la electricidad, los alimentos y múltiples servicios esenciales. Por eso la seguridad energética debe ser entendida como un componente de la seguridad nacional, por lo cual la transición energética ya no puede verse únicamente como un objetivo ambiental. A la par, el auge petrolero de Guyana, la posibilidad de una reintegración energética gradual de Venezuela y el crecimiento del mercado regional de gas natural están reorganizando los flujos energéticos del hemisferio. En este escenario, República Dominicana tiene una ventaja importante: no necesita ser productor petrolero para beneficiarse estratégicamente de esta transformación. La historia económica demuestra que muchos de los grandes centros energéticos mundiales no son necesariamente productores, sino plataformas logísticas y financieras. República Dominicana posee condiciones que podrían permitirle aspirar a un rol similar en el Caribe y parte de América Latina. Nuestra ubicación geográfica es privilegiada. Estamos situados en el centro de importantes rutas marítimas y próximos al mercado estadounidense.

Además de nuestra privilegiada ubicación geográfica, el país ha desarrollado infraestructura logística y energética relevante: puertos modernos, terminales de gas natural, capacidad aeroportuaria y una creciente red de conectividad. Para que eso ocurra es necesario abandonar la visión fragmentada de las infraestructuras. Un puerto aislado no transforma una economía. Una terminal energética aislada tampoco. Lo que genera impacto es la integración estratégica entre logística, energía, industria, conectividad digital y capacidad institucional. El proyecto del puerto de Manzanillo, por ejemplo, no debe verse únicamente como una obra portuaria: puede convertirse en una pieza central de una estrategia de nearshoring, redistribución energética y fortalecimiento logístico nacional. La transformación energética global también abre oportunidades adicionales. La transición hacia energías renovables y combustibles más limpios está impulsando inversiones masivas en infraestructura y nuevas cadenas de valor. El Caribe puede convertirse en un nodo importante dentro de esa transición.

En materia de minerales críticos, las tierras raras adquieren una importancia extraordinaria. Estos minerales son esenciales para la fabricación de baterías, vehículos eléctricos, turbinas eólicas, sistemas de defensa, inteligencia artificial y múltiples tecnologías avanzadas. Actualmente, una parte significativa de la producción mundial está concentrada en China, lo que ha generado preocupación estratégica en Estados Unidos y Europa. Las exploraciones preliminares en Pedernales colocan a República Dominicana ante una posibilidad histórica. Si los resultados continúan siendo favorables, el país podría insertarse en una de las cadenas de suministro más sensibles y estratégicas del siglo XXI. Sin embargo, esa oportunidad también exige prudencia. La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde los recursos naturales no se tradujeron en desarrollo sostenible. Por eso el desafío no consiste únicamente en extraer minerales, sino en construir institucionalidad, transparencia, valor agregado y sostenibilidad ambiental alrededor de esos recursos.

El otro gran eje de esta transformación es la tecnología. Hoy el poder global se mide también por capacidad digital. Infraestructura tecnológica, inteligencia artificial, centros de datos, conectividad y control de información se han convertido en factores estratégicos de primer orden. Visto desde esa óptica, la inversión de Google en República Dominicana representa mucho más que un proyecto empresarial aislado. La construcción de infraestructura de intercambio digital y conectividad internacional fortalece el posicionamiento del país como posible hub regional tecnológico. Cuando un país mejora significativamente su conectividad digital, no solo aumenta la velocidad de internet. También incrementa su capacidad para atraer empresas tecnológicas, servicios digitales, innovación y talento especializado. El futuro económico estará profundamente ligado a la capacidad de insertarse en la economía digital.

Ninguna de estas oportunidades será suficiente sin capital humano, lo cual abordaré en mi próxima entrega.

TEMAS -

Doctor en Derecho magna cum laude por la Universidad Iberoamericana (Unibe) con maestría en Estudios Internacionales del Derecho por la Universidad de Georgetown, además de otra en Negocios y Políticas Públicas de la Escuela de Derecho.