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El espejismo de la Reina de Corazones

Más allá del punitivismo penal de Alicia en el país de las maravillas

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El espejismo de la Reina de Corazones
La dominación masculina según Pierre Bourdieu. (FUENTE EXTERNA)

En Alicia en el país de las maravillas, la Reina de Corazones inmortalizó una de las mayores aberraciones lógicas de la literatura: «¡Que dicten la sentencia primero- cortenle la cabeza-; el juicio después!». Fuera de la ficción de Lewis Carroll, la sociedad contemporánea parece atrapada en un delirio similar cada vez que intenta abordar la epidemia de la violencia de género y los feminicidios. Vivimos bajo el embrujo del populismo penal, alimentando la fantasía colectiva de que un Código Penal más rígido, un proceso penal más severo o el simple aumento de las penas  tienen la propiedad mágica- tal cual abra cadabra-de disuadir el crimen estructural.

Es una ilusión peligrosa, pues el derecho penal es por definición dogmática y constitucional, netamente reactivo. Activado bajo los principios de legalidad y lesividad, el aparato punitivo del Estado siempre llega tarde: interviene cuando el tejido social ya se ha roto, cuando el daño es irreversible y cuando el cuerpo de la víctima ya ha caído. Hablar de un "derecho penal preventivo" es incurrir en un oxímoron; la cárcel administra el fracaso social, no lo evita.

Para detener la cadena de producción de la violencia, la mirada analítica debe desplazarse desde la investigación penal y el estrado judicial, hacia la matriz de origen: la socialización primaria - el germen desde donde se gesta la violencia- . En su obra cumbre La dominación masculina, el sociólogo Pierre Bourdieu desentraña con precisión quirúrgica cómo el orden androcéntrico se infiltra en el inconsciente colectivo a través de la violencia simbólica. Este patrón no es una mera imposición biológica, sino un constructo cultural que se "insufla" deliberadamente desde la infancia.

A los niños se les inocula el mandato de la virilidad hegemónica —la obligación existencial de demostrar fuerza, control y dominación—, desarmándolos de competencias afectivas y de resolución pacífica de conflictos. Paradójicamente, el varón es inducido a creerse el amo de la estructura, convirtiéndose en prisionero de su propio rol. Cuando ese simulacro de control es cuestionado o amenazado en la adultez, la violencia emerge como un recurso instrumental de emergencia para intentar restaurar, por la fuerza, la asimetría perdida. Pero este veneno no discrimina receptores: a las niñas también se les inocula tempranamente el esquema perceptivo de la sumisión, naturalizando el dominio ajeno y perpetuando la transmisión intergeneracional del habitus patriarcal.

La verdadera prevención, por tanto, pertenece al diseño de Políticas de Estado de largo alcance, enfocadas en sembrar la semilla de la paz en la mente de niños y niñas durante sus primeros años de plasticidad cognitiva. Se requiere una intervención pedagógica profunda en el núcleo familiar y escolar que des-construya los roles de género radicales y sustituya la masculinidad negativa por una cultura de corresponsabilidad y respeto.

Sin embargo, las transformaciones culturales operan en el tiempo de las generaciones, mientras que los delitos graves acontecen en el tiempo de los minutos. El Estado no puede abandonar el presente bajo la excusa de que está educando para el futuro. Por ello, la política criminal de transición exige una estrategia de doble vía. Mientras la pedagogía rinde sus frutos a largo plazo, el corto plazo demanda un despliegue de control estatal proactivo y democrático; no un "Estado policial" autoritario que vulnere garantías, sino una prevención policial situacional y técnica. Hablamos de un escudo estatal focalizado en la gestión del riesgo y la alerta temprana: la intervención en puntos calientes, la fiscalización de factores ambientales facilitadores y el uso de tecnología de geolocalización para proteger de forma efectiva a las víctimas antes del desenlace fatal. Desmontar la psicología social de la dominación masculina requiere abandonar el confort de la complacencia punitiva.

Si seguimos apostando exclusivamente a la rigidez penal como única respuesta, continuaremos habitando el absurdo país de las maravillas de Carroll. Es hora de entender que la erradicación de la violencia no se logrará solamente multiplicando las celdas y emitiendo sentencias condenatorias- que son muy necesarias-, sino transformando la conciencia en las aulas con el consiguiente monitoreo intrafamiliar. Es imperativo educar hoy a los niños en la igualdad, si no queremos vernos obligados a procesar penalmente a los adultos del mañana.

TEMAS -

Es un Procurador Fiscal de la República Dominicana.