Dónde está la globocracia
Soberanía nacional frente a fuerzas externas

Nuestro país ha entrado en una etapa de dificultades no creadas por nosotros ni por quienes nos gobiernan, sino por fuerzas y circunstancias externas cuyo control está fuera del territorio.
Y como vivimos en un tiempo de avanzada tecnología y, al mismo tiempo, de sobreabundancia informativa —que dificulta distinguir la verdad de la mentira—, no ha sido fácil encontrar las raíces de lo que ocurre en la actual confrontación entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán, por el otro, con varios países del Medio Oriente recibiendo misiles y una Europa renuente a involucrarse en una batalla en la que nosotros, como país, no tenemos vela en ese entierro.
Pensar que Donald Trump, por sí solo, iniciaría una guerra de esa magnitud, o que dedicaría tantos recursos únicamente para desplazar la teocracia que por más de cuarenta años gobierna Irán, resulta simplificador. Esa inquietud conduce a una noción que algunos han denominado "globocracia". Este término no figura en los manuales clásicos de sociología política ni posee la respetabilidad académica de conceptos como oligarquía, élite o tecnocracia, pero sí tiene una innegable fuerza retórica. Se utiliza para describir a quienes, desde centros de poder global, influyen en la vida de las naciones sin haber sido elegidos por sus ciudadanos.
A los llamados globócratas se les atribuye operar desde "arriba del mapa": financieros internacionales, grandes burócratas de organismos multilaterales, magnates tecnológicos, fondos de inversión, ejecutivos de corporaciones transnacionales, consultores de influencia planetaria y dirigentes de foros donde se discuten asuntos que luego terminan afectando la economía, la cultura, la seguridad y hasta la vida cotidiana de millones de personas.
Sin embargo, el tema debe manejarse con cautela. Describe una preocupación legítima de nuestro tiempo: la creciente distancia entre quienes toman decisiones de gran alcance y los pueblos que cargan con sus consecuencias. Pero también puede degenerar en exageración, simplificación o teoría conspirativa de cafetería, que a veces tiene más espuma que chocolate.
No hace falta irse al extremo para admitir una verdad evidente: hoy muchos asuntos decisivos de los Estados nacionales están condicionados por fuerzas que los superan. El nuestro, un país pequeño que no vive encerrado en un globo de cristal, lo sabe bien. Lo que decidan los mercados internacionales, las tasas de interés de las grandes potencias, los organismos financieros, las tecnologías globales o las tensiones geopolíticas repercute aquí: en el precio de los alimentos, en el costo del crédito, en el turismo, en las remesas y en la estabilidad económica. Lo que ocurre en oficinas lejanas puede terminar golpeando el bolsillo del dominicano de a pie sin pedirle permiso ni ofrecerle explicaciones.
Antes, el poder tenía un rostro fácil de identificar. Hoy es distinto. A veces se encuentra en un organismo internacional; otras, en un fondo de inversión; otras más, en una gran empresa tecnológica capaz de alterar hábitos de consumo, flujos informativos y estados de ánimo colectivos. En ocasiones se cuela por la pantalla del celular, por el mercado financiero o por acuerdos firmados a miles de kilómetros de los barrios donde vive la mayoría de la gente.
Tampoco es prudente convertir la idea de globocracia en un garrote ideológico para golpear todo lo que huela a cooperación internacional, inversión extranjera o apertura al mundo. Sería un error infantil. La República Dominicana necesita insertarse con inteligencia en la economía global, atraer capital, aprovechar la tecnología y relacionarse con múltiples centros de poder. Aislarse no es una opción. Pero someterse sin examen tampoco es recomendable.
Ahí está el punto clave: una cosa es participar en el mundo y otra aceptar que el mundo decida por nosotros. Una cosa es cooperar y otra obedecer. Una cosa es abrirse al progreso y otra renunciar al juicio propio. El debate, en verdad, no es entre globalización sí o no, sino entre soberanía con criterio o subordinación disfrazada de modernidad.
Al final, el problema no es que existan élites globales. El problema es que pretendan mandar sin responder. Y cuando el poder no rinde cuentas —sea nacional, internacional o globocrático—, se llama abuso.

Luis González Fabra
Luis González Fabra