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El teléfono deja de sonar: Anatomía de la soledad del poder

Versión política del síndrome de Estocolmo: Se vive en cualquier nivel donde haya mando real: en el gobierno, en la empresa, en la iglesia, en el sindicato, en la comunidad. Donde hay autoridad efectiva, hay un grado de aislamiento inevitable

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El teléfono deja de sonar: Anatomía de la soledad del poder
El poder perdido revela quién permanece y quién no. (FUENTE EXTERNA)

Hay un momento en la vida de toda persona que ha ejercido autoridad, en el gobierno, en la empresa, en la iglesia, en la universidad, en un sindicato o en cualquier espacio donde otros dependían de su decisión, del que casi nadie habla. No importa el nivel: donde hubo mando real, hubo centralidad, y donde hubo centralidad, hubo ruido.

Pero llega un instante silencioso, casi imperceptible al principio, que no aparece en las fotografías oficiales ni en los discursos de despedida. No lo registran las actas ni lo comentan los cronistas. Es el momento en que el teléfono deja de sonar.

Ese instante no marca solo el fin de una función, marca algo más profundo: la confrontación con el vacío que deja el poder cuando se reduce o desaparece. Y es en ese silencio donde más de uno comienza a encontrarse consigo mismo.

Un amigo, que había sido funcionario cuando su partido estaba en el poder, en momento que compartíamos un momento de esparcimiento, tomó el teléfono entre las manos, lo miró fijamente y, apuntándole con el dedo índice, le reclamó:

—Pero, por Dios, suena. ¿Qué es lo que te pasa?...

No era una broma. No le hablaba al aparato. Le hablaba al poder.

Tiempo después, cuando su partido regresó al gobierno, le pregunté:

—¿Y el teléfono?

Volvió a sonar —me respondió con alivio.

Años más tarde, fuera otra vez del poder, me encontré con el amigo, y le repetí la pregunta.

Su respuesta fue breve:

Nadase apagó de nuevo… 

La soledad mientras se ejerce

Porque la soledad del poder no empieza cuando se pierde. Empieza cuando se ejerce.

Aunque la casa esté llena, aunque el teléfono no deje de sonar, el que decide sabe que la responsabilidad final es suya. No todo el mundo habla con franqueza. No todas las lealtades son desinteresadas.

Esa es la primera soledad: la de decidir. Se vive en cualquier nivel donde haya mando real: en el gobierno, en la empresa, en la iglesia, en el sindicato, en la comunidad. Donde hay autoridad efectiva, hay un grado de aislamiento inevitable

La presión que se vuelve identidad

Un ex legislador me confesó:

—“Uno se acostumbra a vivir bajo presión… a tener la casa llena de gente.”

Mientras se ejerce el poder, la demanda agota.

Las visitas no cesan.

Las llamadas se encadenan.

Las solicitudes se acumulan.

Se protesta por la carga.

Se dice que no hay descanso.

Pero cuando la presión desaparece, algo se quiebra.

Aquí surge lo que, en sentido metafórico, puede llamarse una versión política del llamado Síndrome de Estocolmo: el dirigente termina desarrollando apego a la presión que lo asediaba.

No porque disfrute el agobio, sino porque en esa intensidad encontraba sentido. La presión se convierte en identidad. El ruido en prueba de existencia.  

El descenso

Se atribuye a Richard Nixon, al abandonar la Casa Blanca, una frase que resume la experiencia del poder perdido:

—“Ahora que estoy bajando, me doy cuenta de lo alto que estaba.”

Mientras se está arriba, la altura se normaliza. Cuando se desciende, se mide la distancia.

Mildred Guzmán, en su libro de memorias, cuenta que cuando Juan Bosch atravesó uno de los momentos más difíciles de su ruptura política, en una Nochebuena fueron a visitarlo, y lo encontraronsolito”.

Y Máximo Castro Silverio, tras 38 años consecutivos como diputado, con la honestidad que le caracteriza, y respondiendo a mi curiosidad, en cómo se siente después de tantos años como legislador:

—“A esto no se acostumbra nadie… la soledad del poder la sentimos todos.”

No es patrimonio de presidentes. Es experiencia humana.

El silencio

Cuando el poder se ejerce, aísla. Cuando se pierde, desnuda. Mientras se tiene, encierra en responsabilidad. Cuando se va, deja frente al espejo.

El teléfono que no suena es más que silencio. Es desplazamiento.

Y entonces surge la pregunta inevitable, casi con la cadencia de aquella canción:

¿Dónde están esos amigos que decían quererme tanto?

¿Dónde están?

Tal vez nunca fueron del todo nuestros.

Tal vez eran del poder.

El poder es bello.

Pero no es eterno.

Y cuando pasa, lo que queda no es la agenda, ni los vehículos alineados frente a la casa, ni el teléfono vibrando sin descanso.

Lo que queda es la persona.

Y esa, finalmente, es la única compañía que no debería apagarse.

El poder es una cosa bella

Un amigo conocido como “El Piloto”, hombre de formación escolar limitada, pero de sabiduría vivida, solía exclamar con aire de satisfacción cuando veía varios vehículos estacionados frente a su casa —vehículos de personas que iban a visitarlo—:

—“¡Qué bonito es el poder… el poder es una cosa bella!”

Se sentía orondo.

Alto.

Reconocido.

Aquellos carros alineados frente a su casa eran señal visible de centralidad.

De influencia.

De presencia.

Y añadía, con esa mezcla de picardía y verdad cruda que solo da la experiencia:

—“Cuando se sale del poder, hasta el cuadro de la Santa Cena se resiente… los apóstoles se ven demacrados y flacos.”


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