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Japón, entre el orden y el progreso...

La gestión de residuos como espejo de la conducta ciudadana

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Japón, entre el orden y el progreso...
Lo que impresiona más allá de la agenda: la cultura del orden. (FUENTE EXTERNA)

Volví de Japón con una libreta llena de apuntes técnicos —residuos, movilidad, resiliencia climática, modernización institucional— pero también con algo más difícil de medir: la impresión de una cultura que se toma en serio lo cotidiano. Japón no te "cuenta" el orden; te lo pone delante. Y ese detalle importa, porque nosotros solemos hablar mucho de lo que queremos lograr, pero a veces nos cuesta construir la cultura que lo sostiene.

Esta visita tuvo un propósito muy concreto: fortalecer los lazos entre Japón y la República Dominicana y abrir espacios de cooperación que se traduzcan en oportunidades reales para nuestra gente. Se trató de conversaciones sobre empleo calificado, tecnología, sostenibilidad y modernización institucional. En Tokio sostuvimos encuentros para explorar, entre otros temas, cómo el país puede avanzar hacia industrias tecnológicas en ascenso, como la cadena de semiconductores —fabricación, prueba y empaquetado— con asesoramiento técnico e infraestructura adecuada. También conversamos sobre cooperación técnica en áreas prácticas como la gestión integral de residuos, resiliencia climática, planificación urbana, movilidad sostenible, agricultura y modernización de servicios públicos.

Ahora bien: más allá de la agenda, lo que más impresiona en Japón es el nivel de sobriedad con el que se conduce el Estado. El protocolo no es espectáculo: es método. No se usa para "marcar jerarquías" ni para crear distancia; se usa para ordenar responsabilidades, tiempos y reglas.

Tokio, inmensa y compleja, funciona con una precisión que no se explica solo por la tecnología. Se explica por cultura: hábitos repetidos hasta convertirse en norma. Y ese orden no está desconectado de la historia. Japón mira hacia adelante sin renunciar a lo que ha sido: cuida tradiciones, símbolos y continuidad. Se sabe de dónde viene y, por eso mismo, se permite trazar con claridad hacia dónde va.

Esa cultura también se refleja en el trato entre generaciones. El respeto a los adultos mayores no es retórico: se ve en la paciencia, en la deferencia y en la consideración cotidiana. Se protege el valor de la familia —no desde discursos moralistas— sino desde conductas y prioridades visibles. Todo eso fortalece la cohesión social y hace más fácil sostener políticas públicas a largo plazo.

Los detalles terminan definiendo el resultado: la fila, el silencio en el transporte, el cuidado del mobiliario urbano, la limpieza. No como obsesión estética, sino como convicción cívica: lo público se respeta porque es de todos.

En el inicio de la agenda visité una planta de incineración en Tokio y observé un sistema de gestión de residuos que cualquier país desearía. Lo dije con franqueza: eso es lo que quisiera para Santo Domingo y para la República Dominicana. No por la foto, sino por lo que significa: salud, turismo, productividad y dignidad. Una ciudad que gestiona bien su basura gestiona mejor su futuro.

La infraestructura importa, pero la conducta ciudadana decide. Puedes tener camiones, plantas, rutas y presupuesto; si no hay separación básica, horarios respetados y educación, el sistema colapsa. Y aquí aparece la diferencia más contundente: el respeto a las normas no es opcional. Funciona porque existe un régimen de consecuencias firmes, con reglas claras y aplicadas. La autoridad no negocia el cumplimiento, porque sabe que ahí se rompe la confianza colectiva.

Esa misma lógica se conecta con el propósito del viaje: cooperación útil y transferencia de capacidades. Modernización institucional, eficiencia en servicios públicos, sostenibilidad, formación técnica y apertura a industrias de mayor valor. No es un lujo "moderno": es una discusión sobre empleos calificados y competitividad.

También hubo un componente humano que valoro: el encuentro con dominicanos residentes en Japón. Verlos adaptarse a estándares exigentes es un recordatorio de que el dominicano responde bien cuando las reglas son claras y el sistema premia el esfuerzo. La diáspora es una red de talento y experiencia que debemos integrar mejor al desarrollo nacional.

La visita a Hiroshima dejó otra enseñanza: el respeto a la memoria. Allí la historia se cuida sin dramatismo ni exhibición: es el vivo testimonio de resiliencia ciudadana colectiva. Se honra el pasado, se asume responsabilidad y se trabaja con serenidad para que el futuro sea mejor. Esa sobriedad —en la forma de recordar y en la forma de actuar— es una lección para cualquier nación.

De mi estancia en Kioto quedé impresionada por la esencia serena y coherente de una ciudad que ha sabido armonizar modernidad con tradición sin perder su alma. En cada templo, en cada jardín y la cortesía cotidiana de su gente, se percibe el valor de un pueblo que honra sus creencias milenarias y que entiende el respeto ciudadano como un principio cultural, no como consigna administrativa. Kioto no solo conserva su historia; la vive con dignidad y la proyecta hacia el futuro, ofreciendo una lección poderosa sobre cómo el desarrollo puede sostenerse en identidad, orden y profundo sentido comunitario.

Al regresar, me quedó una pregunta central: ¿cómo convertimos el orden en una cultura nacional, y no en una consigna de gobierno? En nuestros países, con demasiada frecuencia, hemos normalizado la ostentación como indicador de éxito, el despilfarro como símbolo de poder y el ruido como sustituto de resultados. Y esa cultura termina deteriorando todo: servicios, convivencia, seguridad y confianza.

La sobriedad no significa perder alegría ni identidad. Significa poner cada cosa en su sitio: celebrar cuando toca, y administrar con responsabilidad siempre. La confianza se construye con previsibilidad: instituciones que cumplen, procesos que funcionan, reglas que se respetan.

Por eso, el llamado final no puede ser solo municipal. Es nacional. Si queremos parecernos a los países que funcionan, hay que imitarlos en lo que cuesta: disciplina, cumplimiento, sobriedad y continuidad. Eso implica reformas: educación cívica desde la escuela, formación técnica alineada al empleo del futuro, Estado más ágil y medible, transparencia real y un régimen de consecuencias consistente, no selectivo. Implica, además, un pacto cultural con pilares claros: respeto a la historia y a las tradiciones, respeto a la familia como primera escuela de ciudadanía, respeto a los adultos mayores como referente de valores, y respeto a la ley como mínimo común para convivir.

Japón no es perfecto, ningún país lo es. Pero demuestra algo fundamental: el orden no es un lujo, es una política pública. Y la sobriedad no es pose; es una señal de respeto por la institución, por el ciudadano y por el futuro.

Si aspiramos a una República Dominicana más segura, más limpia, más competitiva y más justa, tenemos que atrevernos a construir una nueva cultura nacional: una cultura donde lo público se cuida, donde la ley se cumple, donde el mérito cuenta y donde la autoridad no se exhibe, se ejerce. Esa cultura no nace de un decreto. Nace de ejemplo, educación, consecuencias y constancia.

Y ese, quizás, es el aprendizaje más valioso que me traje de Japón.

TEMAS -

Dominicana, Economista y Madre de 3. Alcaldesa de la ciudad de Santo Domingo.