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Migratorias

La helada que se convirtió en castigo divino en la montaña

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El frío que trajo el silencio y el asombro a la loma. (GOOGLE GEMINI)

Llovió la mañana del jueves y el agua subió casi hasta el primer escalón frente a la puerta. El sábado todo seguía enlodado y las hojas de philodendron oscuras y brillantes. Los perros estaban sucios, -curtío- diría Leocadia y con un grito les cerraría la puerta de la casa a pesar de reproche del marido. -Jesú... que frío que hace- le dijo al jarro de café que sostenía con las dos manos. Entre las rendijas de las tablas se escabullía la luz, el humo y el polvo. El domingo no llovió, pero las nubes se posaron sobre el bosque y la siembra de tayotas. Hizo todavía más frío y Leocadia se puso un sombrero violeta que le tapaba las orejas. Los patos se acercaron al fuego, lentos y aturdidos, escondiendo la cabeza debajo de las alas. 

El marido temía que la temperatura arruinara la cosecha. Salió a caminar por la jalda, acompañado de los perros. Las flores de café parecían mareadas pero aun conservaban la intensidad del blanco. Caminó entre la siembra como quien cuida de alguien enfermo. Rodeó el árbol de naranja agria hasta las cayenas. A pesar del frío, que cada vez era más punzante, todo le parecía igual, excepto por el silencio. Ni ranas, ni cigarras ni cigüas. Solo el sonido de la cañada y el murmullo de las hojas. Uno de los perros salió del trillo para olfatear alguna cosa. El marido miró las ramas del memiso. No había ningún sonido animal. Pensó que se estaba quedando sordo.

El marido había crecido del otro lado de la loma. Desde la puerta de su casa, donde vivía con Leocadia desde hace treinta y cuatro años, tomando el camino hacía abajo, hasta la primera empalizada, cruzando el arroyo y subiendo el trillo, por más o menos un kilómetro hasta llegar a la comunidad. Toda su vida había sucedido aquí. No había visto nunca el mar. No tuvo electricidad hasta el año pasado, cuando los gringos construyeron una micro hidroeléctrica para la comunidad. Cuando niño, había bajado hasta La Vega para visitar a su hermano en el hospital. Iba a Jarabacoa cuatro o cinco veces al año, para comprar medicinas y recoger dinero que enviaba su hijo. Sabía que había un mundo moderno. Lo había visto en las fotos y en la televisión del colamdo, pero era un mundo que no le interesaba ni le hacía sentido. Las cosas modernas no tenía utilidad, pensaba. No podían sembrarse ni criarse, por lo que no podían ser multiplicadas. Para el marido, cuando la riqueza era solo numérica, perdía el significado de abundancia. Solo lo que podía reproducirse a través del trabajo merecía la atención y el tiempo. Tenía un bigote canoso que le cubría el labio y una gorra de las Águilas Cibaeñas. Tenía ojos pequeños y grisáceos, como dos crustáceos brillantes. Bebía, pero no mucho. Fumaba y caminaba la loma. Era exactamente igual a su papá. Mismo temperamento. Mismos gustos. Mismos hábitos. El desarrollo no los había alcanzado y el marido, casi siempre, sentía orgullo por ello. No le gustaba la ropa. Ni comprarla, ni ponérsela, ni lavarla, ni doblarla. La sentía como un parásito adherido a su cuerpo y le causaba picazón, por eso su grito de libertad era quitársela cada noche y tirarla en el suelo ante los reproches de Leocadia. —Ajualá te pique un bicho para que aprendas— . 

En la oscuridad de la joya, entre las dos laderas, hacía más frío. Se frotó los brazos y notó que su aliento se condensaba. Solo un puñado de veces había visto su respiración salir como nube por su boca. Se ajustó el sombrero y comenzó a subir hasta llegar al peñón de Tula; un enorme bloque de granito cubierto de helechos y raíces. Sabía que del otro lado de la montaña daba el sol, y por la pendiente y el suelo rocoso, solo crecían agaves, pinos y copeyes. Anduvo todo el trillo por el bosque hasta el portón de madera. Tenía frío en las piernas y los hombros, pero un frío que no conocía; ácido, como si le quemara la piel y le sacudiera los dientes. Deshizo el lazo de alambre de púas y caminó hasta el borde, donde la loma se cae como un barranco hasta el río. Donde debía estar la montaña había una sabana blanca. Todo estaba congelado. Las piedras y las hojas estaban cubiertas por una fina capa de hielo. El verde había desaparecido. El marido había escuchado de heladas, pero nunca las había visto. ¿Había nevado? ¿Se había congelado el agua de lluvia? Hacia su espalda los árboles seguían verdes, aunque entre la neblina parecía solo manchas oscuras. Entonces sintió por primera vez la sensación de alarma, la urgencia de correr, de decírselo a Leocadia, de llorar la siembra. —Coño —se lamentó. Sintió mareos. Los perros aullaban nerviosos y el marido decidió volver a su casa. Encontró un pájaro muerto en medio del camino; una cigüa cuatro ojos, tiesa, con las alas cerradas, como una estatuilla de cerámica. 

Leocadia escuchó al marido correr. Sus pasos retumbaban en la tierra dura. Puso más leña al fuego y pensó que debía colar café. —Leo, Leo— gritó el marido. —¿Y qué lo que te pasa?- reclamó Leocadia, de mal humor, titiritando del frío. 

—La loma ta congelá, pallá´rriba, to eso ta hecho hielo—

—¿Cómo hielo?— preguntó. 

—Hielo, hielo. Todo hielo.— 

—No hay ni cigüita ni na´. Oye, oye. To´ ta muerto- le dijo. Los patos y los perros habían entrado a la casa y estaban inmóviles al lado del fuego. El marido puso más leña y preparó la greca. —Si ese hielo sigue pacá´bajo no va a quedai nada —le dijo. Apagaron el fuego y decidieron avisar a la comunidad. ¿El mundo se acababa? ¿Venía Cristo? ¿Se había muerto el sol?

Cuando llegaron ya la gente lo sabía. Todos estaban abrigados y miraban hacia la montaña. Los niños señalaban y reían. Lo nuevo era entretenido y entretenerse era el objetivo de estar vivo. Los adultos no sabían que pensar, pero no querían alarmar a los menores. El hielo estaba lejos. Desde el secadero era difícil distinguir la cima, que se difuminaba hacia el cielo. Todo era del mismo tono y del mismo color: la tierra, la neblina y el nuevo mundo congelado.

Cuando regresaban a la casa, el marido admitió que estaba asustado. Leocadia también. Sobre el arroyo flotaban láminas de hielo. El marido atizó el fuego y prendió un cigarro. En el radio no decían nada del hielo. Había música y programas de política, pero nadie hablaba del extraño invierno que sucedía en el lado norte de la montaña. Cenaron caldo y durmieron abrazados. 

En la mañana el frío era más intenso. —Eto se va a jodei— pensó el marido. Se abrigó bien y salió hacia el conuco. El hielo había pasado hasta el lado sur. Había más pájaros muertos. El frío era un animal que se iba arrastrando por la tierra y se hundía por las raíces. Se trataba de una manifestación divina, pensó. Esto era un castigo de Dios, pero ¿por qué? 

El marido creía, pero no con el fervor de Leocadia. Estaba segura que Dios la escuchaba y si sus pedidos no eran complacidos, era porque Dios no los consideraba convenientes en ese momento. Creía profundamente en la intervención divina y la vida más allá de esta vida, por eso estaba segura de las causas del extraño fenómeno que sucedía. —Hay que traer al pastor — le dijo al marido. 

El pastor se perfumaba la camisa y las manos. Era joven y vanidoso. Cuando llegaron a la comunidad el hielo seguía creciendo. —Mañana llega al secadero— dijo una señora, alarmada, pero también satisfecha de que sus advertencias sobre el castigo divino se habían cumplido. —Yo les dije que dejaran los vicios—. 

El pastor quedó azorado. Cuando el marido le contó de la helada se había imaginado un pequeño parche de hielo sobre los matorrales. Sucedía en Valle Nuevo y Macutico. Pero ahora se arrodillaba sobre el lodo y lloraba. Se secó las lágrimas pues temió que se congelaran. —Nada más hay una cosa que hacer — dijo. —Hay que pedi´ peidón en la punta de La Ornaya. Si e´to tá pasando sólo aquí, eto e´ to pa´ nosotros.— 

El pastor había sido específico; todos debían ir, incluso los menores y los ancianos. En el tiempo que les tomó comenzar a caminar, el hielo ya estaba en la letrina. Los guineos se habían congelado y había cristales sobre los bloques de concreto detrás de la casa. Algunos lloraban y se persignaban a menudo. 

Primero murió un señor flaco y canoso, entonces el pánico se adueñó de todos. Fue disminuyendo el paso, encorvando el cuerpo sobre sí mismo para preservar calor y se sentó sobre las raíces de un árbol. El marido tomó a Leocadia de la mano. Tenía la sensación de que el hielo los perseguía, como un lobo blanco que acechaba. Otros también quedaron en el camino, sentados con la cabeza entre las piernas. -Quizás lo merecemos— pensó una mujer abrazando a su perro. Desde el tope de la piedra vieron la comunidad cubierta por una capa blanca que seguía creciendo. El marido se arrodilló y rezó con los demás.

—Jesú, ¿queseto?— lloró Leocadia, arrepentida por pecados que no conocía. El marido tomó su mano y se abrazaron en silencio. Entonces vio una pequeña ave en una rama. Pensó que alucinaba y que todo estaría bien.Tenía las alas azules, el rostro negro y el pecho blanco. Sabía que en noviembre venían del norte y para mayo habrían desaparecido. El pajarito se perdió entre los árboles y el marido se alegraría de no haberse ido a Nueva York el año cuando se fueron todos, aunque nunca fue capaz de justificar su arraigo a estas lomas. Pensaría de nuevo en su hijo, en el invierno que por fin conocía y se resignaría a su inminente destino.

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