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El sistema está roto

Entrenadores endeudados, familias ilusionadas y promesas rotas

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El sistema está roto
El frágil sistema de firmas tempranas en el béisbol dominicano. (FUENTE EXTERNA)

Todos hemos visto la escena en las redes sociales.

Un niño de 13 o 14 años, celular en mano, en altavoz con su mamá: "¡Mami, me firmaron!" Sus compañeros lo rodean, saltan y gritan: "¡Eh, eh, eh!" El entrenador lo abraza. El niño llora. La madre llora. Hasta el propio entrenador se emociona. El video circula como prueba de la magia del béisbol: otro sueño cumplido.

Pero lo que no se ve son las lágrimas después. Porque ese niño no firmó un contrato. Solo recibió una promesa. Y en el sistema internacional, las promesas pueden romperse tan rápido como se hacen.

En papel, las reglas son claras: los jugadores pueden firmar a los 16 años o 16 y medio. En la práctica, si un muchacho esta entre los mejores, ya está palabrao a los 13 o 14. Amarrado con un apretón de manos, mucho antes de ser elegible.

Es el secreto a voces del mercado: el equipo que no se mueve temprano se queda sin los talentos más cotizados. Los videos virales no celebran contratos, celebran promesas. Y las promesas son frágiles. Una lesión, un nuevo director de scouts o un ajuste de presupuesto pueden borrar el acuerdo. Cuando eso pasa, el muchacho, su familia y su entrenador se quedan con las manos vacías. Y el entrenador, muchas veces, endeudado.

En este sistema, los entrenadores independientes asumen el riesgo. Alimentan y alojan a los niños desde los 11 o 12 años. Pagan su ropa, bates, viajes, incluso gastos médicos de sus jugadores y sus familiares. Y solo cobran si el jugador firma... y cuando el dinero realmente llega.

Porque ese dinero no se mueve ni con el apretón de manos ni con la firma del contrato. Se mueve después, cuando la transferencia finalmente aparece en el banco, y en muchas ocasiones eso sucede varios meses después de la firma oficial.

Pero cuando al fin llega el dinero, la mayor parte ya tiene dueño. Primero, el prestamista que cubrió la comida. Luego, los coaches. La cuenta del hospital de la cocinera. La renta del play. La larga lista de deudas que mantuvo vivo al programa durante años.

Lo que desde fuera parece un premio millonario, en realidad es un simple ajuste de cuentas. Para el entrenador, la confirmación bancaria es alivio, no riqueza.

El otro lado de la moneda es el riesgo que asumen los equipos de Grandes Ligas.

El trabajo de cualquier scout es proyectar —imaginar en qué ese joven se puede convertir un cuando llegue a las Grandes Ligas. Pero mientras más temprano un club tiene que tomar esa decisión, mayor es el riesgo de equivocarse.

La mayoría de los peloteros llegan a las Grandes Ligas entre los 24 y 26 años, el jugador latino un poco más joven. Osea que el oficio de scout exige visión a futuro por su naturaleza.

Pero cuando los compromisos se hacen con muchachos de 13 o 14, la proyección deja de ser una evaluación de habilidades y se convierte en una apuesta sobre lo desconocido: crecimiento, madurez, salud, disciplina. Ninguno de esos factores se mide con un radar o con un cronómetro.

El resultado es claro: mientras más joven es el acuerdo, mayor es la incertidumbre.

Para las familias, el riesgo es generacional. Un bono de seis cifras puede transformar sus vidas. Pero el sistema está roto:

No hay control real de los acuerdos tempranos. Oficialmente están prohibidos, pero todos saben que ocurren.

Promesas rotas. Un niño palabrao a los 14 puede quedarse a los 16 sin firma ni recurso alguno.

Deuda y desesperación. Los entrenadores cargan con el costo del desarrollo.

El resultado es un sistema sostenido por la informalidad, alimentado por el secretismo, y presentado al mundo con escenas virales que esconden su fragilidad.

Lo que está claro es que tomar decisiones sobre niños de 13 o 14 años no es sostenible para nadie. No lo es para las familias, que viven en la incertidumbre de una promesa.

No lo es para los entrenadores, que cargan con deudas y responsabilidades sin garantía de retorno. Y no lo es para los equipos, que invierten millones intentando adivinar el futuro de adolescentes aún en desarrollo.

Este sistema es culpa de nadie y de todos. No hay forma de estar dentro sin participar en él. Y sin embargo, creo que ya todos reconocen que no puede seguir así.

Un sistema que exige compromisos tan tempranos está condenado a romperse.

La pregunta ya no es si habrá cambios, sino cómo vamos a construir un modelo que funcione para todos.

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Es un ex director internacional de MLB y actual dueño de La Agencia.