El juego que nos reúne
Más que un juego el poder del béisbol para borrar diferencias
El deporte logra lo que casi nada: suspender por unas horas las diferencias. Las preocupaciones, las discordias, incluso las tristezas cotidianas, quedan a un lado mientras una pelota viaja desde la lomita hacia el plato. Es una tregua emocional que no se decreta ni se negocia; simplemente ocurre.
El partido entre República Dominicana y Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol se vivió con esa intensidad que solo el béisbol es capaz de provocar. Fue un juego apretado, de esos en los que cada turno al bate parece una pequeña novela y cada jugada en el terreno obliga a contener el aliento. Dominicana terminó imponiéndose 7-5 con una exhibición de poder ofensivo que incluyó un festival de cuadrangulares.
Más allá del marcador, queda la emoción compartida. En las casas, en los colmados, en los bares y en cualquier pantalla encendida, miles de dominicanos siguieron el juego como un ritual colectivo.
Es lo extraordinario del deporte cuando alcanza su mejor expresión. Entretiene y también reúne. La alegría de un batazo oportuno o la tensión de un conteo completo crean una solidaridad peculiar, distinta a la de la política o los discursos públicos. Aquí la causa común se resumía en la victoria de nuestro equipo.
Y cuando finalmente ganamos, la victoria se repartió entre todos. No fue solo del conjunto que estuvo en el terreno. Fue también del público que vibró, del que gritó frente al televisor, del que comentó cada jugada como si fuera parte del dugout.
Ganamos. Pero, por unas horas, también ganó algo más raro y valioso: la capacidad de alegrarnos juntos. Porque el deporte, cuando despierta emociones, tiene ese poder casi milagroso de recordarnos que, pese a todo, seguimos siendo un mismo equipo.

Aníbal de Castro