La fiesta del atraso
Cuando el optimismo mediático oculta la desprotección infantil
Cada primero de enero el país repite un ritual casi folclórico: se anuncia con entusiasmo el primer nacimiento del año, se felicita el hospital, se aplaude al personal médico y se adorna la noticia con un optimismo automático. Este 2026 no fue la excepción. Solo que el dato central —la madre es una adolescente— volvió a pasar como una nota al pie, cuando debió haber sido el titular incómodo.
Hemos normalizado el embarazo adolescente como si fuera una fatalidad tropical, un accidente estadístico o una costumbre ancestral. No lo es. Es un indicador brutal de subdesarrollo, una señal persistente de que el país falla donde más duele: en la protección de sus niñas pobres.
Que una adolescente sea madre no es una historia de celebración institucional, sino el resultado de una cadena de omisiones: educación sexual inexistente o hipócrita, acceso limitado a anticonceptivos, familias desbordadas, escuelas que expulsan en silencio, y un Estado que llega tarde, cuando llega. Peor aún, en muchos casos, detrás de ese embarazo hay un adulto, un abuso, una relación de poder que preferimos no mirar para no incomodarnos.
La maternidad temprana empobrece. Interrumpe la educación, reduce oportunidades, perpetúa la dependencia y coloca a esas niñas —porque siguen siendo niñas— en una vida para la que no estaban preparadas ni protegidas.
Celebrar estos nacimientos sin contexto, sin preguntas y sin responsabilidad legal es complicidad. Un país que aplaude lo que debería lamentar se resigna al atraso. Mientras confundamos costumbre con destino, seguiremos condenando a nuestras adolescentes más pobres a pagar, con sus cuerpos y sus vidas, el precio de nuestra indiferencia colectiva.
El subdesarrollo se mide también en niñas obligadas a crecer demasiado pronto, con adultos mirando hacia otro lado.

Aníbal de Castro