Para comenzar el año
Criticar a un gobierno tiene sentido cuando se busca corregir el rumbo, mejorar las políticas públicas y acercar la acción del Estado al interés general.
Criticar a un gobierno tiene sentido cuando se busca corregir el rumbo, mejorar las políticas públicas y acercar la acción del Estado al interés general. En una democracia madura, disentir es una forma de compromiso cívico, no un acto de deslealtad. Proponer caminos distintos, señalar errores y exigir rectificaciones obliga al poder a ser mejor.
La crítica constructiva parte de una convicción elemental: el éxito del Gobierno no es un trofeo partidario, sino un bien común. Cuando una política funciona, no gana un presidente ni pierde una oposición; gana el país.
Cuestionar con argumentos, con datos y con alternativas es legítimo y necesario para que la gestión pública evolucione y responda a una realidad siempre cambiante.
- Otra cosa muy distinta es la crítica que se agota en sí misma. La que no propone, no corrige ni busca soluciones, sino que encuentra en el fracaso ajeno una forma de validación propia. Esa actitud olvida la verdad básica de que el país nos pertenece a todos.
Cada error que se celebra, cada tropiezo que se amplifica sin sentido de responsabilidad, termina afectando a la misma sociedad que se dice defender.
Invitar al fracaso como estrategia política es una forma de renuncia colectiva. Supone asumir que da lo mismo que las cosas salgan mal, cuando en realidad las consecuencias siempre recaen sobre los ciudadanos: en servicios más precarios, en menos oportunidades, en mayor incertidumbre. El costo, nunca abstracto ni simbólico, es concreto y cotidiano.
Que el gobierno lo haga bien debería ser un sentimiento nacional. No por complacencia ni por silencio ante los errores, sino por conciencia de destino compartido. Exigir, vigilar y criticar con rigor es parte de ese compromiso. Desear que todo salga mal, en cambio, es olvidar que en la derrota también perdemos todos.

Aníbal de Castro