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El chip de la desconfianza

Cédula electrónica: gasto faraónico en tiempos de carencias

La Junta Central Electoral anda de media tour como si un recorrido por cabinas de televisión y radio y podcasts pudiera borrar la incredulidad ciudadana frente a un gasto de seis mil millones de pesos en una nueva cédula. El libreto es el mismo: chip criptográfico, firma digital, policarbonato de última generación, certificado de viaje, aval de la OACI. Mucha jerga tecnológica, poca convicción.

Lo cierto es que la actual cédula funciona. Con ella se han celebrado elecciones, se han hecho transacciones bancarias y sirve para demostrar la nacionalidad. Nadie ha probado que el documento vigente carezca de seguridad. La única explicación atendible hasta ahora es administrativa: venció el contrato con los suplidores. De ahí la licitación internacional y, de paso, el gasto monumental.

Que la nueva tarjeta tenga chip incrustado en cinco capas y sea "una caja fuerte electrónica" suena bien en los folletos. Pero en un país donde todavía votamos rayando boletas de papel —igual que en 1962—, la modernidad parece limitarse al plástico, no al proceso.

Se anuncia que la renovación será gratuita, organizada por mes de nacimiento, con operativos móviles para dominicanos en el exterior. La logística luce ordenada. El problema no es el procedimiento, sino la prioridad. ¿De verdad el país necesita invertir una suma tan abultada en policarbonato cuando falta agua potable, aulas para miles de estudiantes, medicinas, carreteras y conectividad para millones?

Los funcionarios insisten en que la nueva cédula "es hacia el futuro". El futuro de los vendedores, quizá. Porque más que un salto tecnológico, parece otro capítulo del vicio nacional de gastar en lo que luce innovador, no importa si innecesario. Y aunque se disfrace de chip, la desconfianza no se encripta.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.