La conversación pendiente
Más allá de pupitres: el verdadero desafío educativo
Arrancó el año escolar con un empeño oficial de hacer las cosas bien. Hay aulas nuevas, promesas de mejor gestión, discursos que insisten en la prioridad de la educación. Sin embargo, me pregunto si los dominicanos estamos dispuestos a dar el salto hacia una conversación distinta. Porque seguimos atados al inventario de carencias —la falta de pupitres, la humedad en las paredes, el desayuno— y nos olvidamos de hablar de lo que en verdad define el futuro: la excelencia.
No niego la importancia de resolver las urgencias materiales. Pero la educación no se agota en reparar techos ni en entregar útiles escolares. Mucho menos en bonos con tufo clientelista. Se mide en la capacidad de formar ciudadanos críticos, capaces de sostener con ideas su vida y la vida del país. En ciudadanos revestidos de una coraza de civismo y bonhomía.
Esa conversación casi nunca la tenemos. ¿Por qué no discutir, con igual pasión, la renovación de los currículos? ¿Por qué no celebrar a las escuelas y a los estudiantes que logran destacarse en competencias académicas? ¿Por qué no reconocer que la verdadera riqueza nacional está en la conciencia colectiva sobre la importancia del conocimiento?
Nos debemos un relato educativo que inspire orgullo, no resignación. Que hable de calidad y no solo de cantidad. Que despierte la ambición de tener un sistema que catapulte a los mejores, no que consuele a los que sobreviven entre paros y precariedades.
De poco sirve inaugurar cada agosto con promesas si la conversación pública sigue varada en el mismo lamento. Hay que atreverse a mirar más alto. Porque un país que no sueña con excelencia educativa está condenado a repetir, año tras año, el mismo guion de frustraciones.