Desarrollo con velones y lámparas
Nadie quiere pagar lo que realmente cuesta la electricidad y ningún gobierno se atreve a cobrarla en su justa medida
Los apagones no llegaron con la democracia como fruto inevitable, sino con el clientelismo que la acompañó y que todos los gobiernos, sin excepción, han cultivado. La demagogia decidió no cobrar a los "pobres", toleró los enganches ilegales y permitió que los "afortunados" se la robaran sin consecuencias. La electricidad dejó de ser un servicio y pasó a ser moneda de cambio. Más que un derecho ciudadano, se volvió favor político.
Excusas ingeniosas. En los setenta, Julio Sauri juraba que las chichiguas eran las culpables de tumbar las redes. Hoy el sargazo carga con la culpa, convertido en villano útil de apagones terrestres. Siempre la naturaleza como coartada, siempre la falla humana escondida bajo la alfombra.
El problema de fondo persiste. Nadie quiere pagar lo que realmente cuesta la electricidad y ningún gobierno se atreve a cobrarla en su justa medida. La ineficiencia permanece como norma, el subsidio como consuelo y las promesas de solución como libreto obligatorio de cada gestión.
El ciudadano que puede, se protege. En los apartamentos de clase media, las plantas forman parte del mobiliario. Los demás sobreviven entre inversores y velas, atrapados en una rutina de apagones que ya parece costumbre nacional.
La salida no es un misterio. Todos pagamos sin protestar la cuenta del celular. Bastaría con cobrar lo que vale el servicio e invertir lo suficiente para que la generación supere la demanda, incluso en los picos. Pero la política dominicana sigue prefiriendo la penumbra cómoda de la demagogia a la claridad incómoda de la sensatez.
Mientras tanto, el apagón permanece como el gobernante vitalicio del país. El "milagro dominicano" será creíble cuando la luz no se vaya. Hasta entonces, celebramos el desarrollo velón en mano.