Las monedas de la ironía: la última historia del periodista Joaquín Caraballo
Caraballo falleció la noche del domingo

Dos monedas aplastadas, una de 10 pesos y otra de uno, junto a una mancha de sangre indicaban el área donde ocurió en el elevado de la avenida Gregorio Luperón donde ocurrió el accidente en el que perdió la vida el periodista Joaquín Caraballo.
A pocos centímetros, una guantilla negra, similar a las que usan motoristas, permanecía intacta, mientras en medio de la vía yacía una cubierta plástica de motor de vehículos -cubre cárter- desprendido, aún con rastros recientes de aceite.
A pocas pulgadas, una guantilla negra, de las que utilizan motoristas, se mantiene intacta en un lado de la calzada sin evidencia de daños violentos, y en medio, un cubre cárter o "mataperros", que, al parecer, se desprendió recientemente de un vehículo de gran tamaño por su extensión y la frescura de las manchas de aceite.
Mientras el fotoperiodista Luduis Tapia hurgaba detalles de lo sucedido en el lugar donde estuvo el cuerpo de Joaquín, el ruido violento y la fuerte brisa de los vehículos que transitaban a alta velocidad (más de 80 kilómetros por hora) obligaron a abandonar el lugar para no ser otra noticia.
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Caraballo había asistido a un lugar a ver la transmisión del juego de la República Dominicana con Estados Unidos pasadas las 10:00 de la noche del domingo en un lugar de la Autopista 30 de Mayo y se trasladaba en una motocicleta por el elevado en dirección sur-norte.
Algunas presunciones son de que el periodista pudo haber perdido el control y deslizarse, chocar con un muro tipo New Jersey de un metro y caer en vía contraria junto a su motocicleta, o pudo ser impactado por otro vehículo.
La Policía informó que junto a la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (Digesett) y el Ministerio Público investigan la causa del fallecimiento del periodista Joaquín Caraballo la noche del domingo.
Los restos del comunicador son expuestos en el cementerio Jardín Memorial de la avenida Jacobo Majluta y su sepultura será este martes a las 3:30 en el mismo lugar.
Un recordado compañero
Joaquín trabajó unos 10 años en Diario Libre en la sección de Economía, pero hace meses ingresó al Grupo SIN,que dirigen Fernando Hasbun y Alicia Ortega.
Era un periodista que no solo manejaba cifras y temas económicos, sino que era "todo terreno" y cuando le tocaba laborar los sábados en Diario Libre, su coordinadora Ana Peguero, en varias ocasiones, lo enviaba al Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif) en el cementerio Cristo Redentor para relatar crónicas de personas fallecidas de forma trágica.
Joaquín Caraballo, periodista de Diario Libre, es reconocido por Adoexpo
Su muerte ha causado pesar en periodistas y personas que lo trataron. Se distinguió por su calidad humana, trabajador, responsable, de buen trato a los demás, solidario, afable y de buen humor.
Desde que Ana supo la noticia se apersonó al lugar y sin dormir estuvo en las primeras horas en la morgue del Inacif. Ante el dolor y la falta de valor de ver a un familiar fallecido en esas condiciones, acompañó a un hermano a identificar el cuerpo. "Sí, es Joaquín", narra.
Muchas veces iba al Inacif a buscar datos para sus historias, hoy la historia es contraria: se escribe su historia.
Cuando la muerte da preaviso
Joaquín tenía dos hijas una de cinco años y otra de 21, residente en Estados Unidos. De la última se despidió hace cuatro días sin saber que era la última vez.
Aprovechó un viaje laboral para sacar un tiempo y visitarla en New Jersey. De ella hablaba con orgullo porque decía que era una niña ejemplar.
De la pequeña hablaba con ternura y siempre destacaba su inteligencia y el amor que le tenía.
A su regreso de Estados Unidos, visitó la casa de una hermana el sábado donde su padre está en cama enfermo. Esa noche decidió dormir con él padre, sin saber que era la despedida, que era la última vez que lo veía.
Su madre, que vive en Bayaguana se quedó esperándolo. Le había prometido ir a visitarla el fin de semana, pero el destino le hizo una mala jugada. Llora desconsoladamente la partida de su hijo, uno de sus orgullos y cuenta que jamás pensó que la llamada que le hicieron era para decirle que su hijo había fallecido.
Pensó que era su esposo convaleciente que había muerto y recuerda entre sollozos, que por lógica natural los padres mueren primero que los hijos.
Para un periodista, escribir sobre la muerte de otro periodista es una tarea especialmente dolorosa. Más aún cuando se trata de alguien con quien se compartió durante años, un hombre que dedicó su vida a contar historias, a poner en palabras las tragedias ajenas y a hacerlo con sensibilidad social.
Hoy, la ironía del destino hace que quienes compartieron redacciones y coberturas con Joaquín Caraballo tengan que narrar la historia que él jamás imaginó protagonizar. ¡Descansa en paz, Joaquín!

Adalberto de la Rosa