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CCN llevó la ternura de La Pinky a las niñas del país

La Pinky no era solo una muñeca, era un símbolo nacido aquí, creado por manos dominicanas para inspirar a nuestros niños

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CCN llevó la ternura de La Pinky a las niñas del país

En los años noventa, la televisión dominicana tenía su propia magia. Los canales presentaban muñequitos extranjeros y personajes locales muy especiales para los niños dominicanos. Una niña de vestido blanco con lunares rojos, dos colitas rubias y pecas enormes en el rostro hacía reír, cantar y soñar a toda una generación. Se llamaba La Pinky, y era imposible no quererla.

Detrás de esa niña traviesa y generosa estaba Nuryn Sanlley, una de las artistas más apreciadas del país. Su personaje, alegre y auténtico, se ganó el cariño de grandes y pequeños con sus aventuras en el Teatro Nacional y su segmento semanal junto a Freddy Beras Goico en El Gordo de la Semana. Trece años antes de que Dora la Exploradora saliera al aire, una figura dominicana ya invitaba a los niños a aprender, a compartir y a mirar el mundo con curiosidad.

En 1991, Centro Cuesta del Juguete —lo que hoy conocemos como Juguetón— decidió llevar a cabo un plan audaz: convertir a La Pinky en una muñeca. Don José Manuel González, con su mirada visionaria, entendió que no era solo una muñeca: era un símbolo. Un personaje dominicano, representando a una artista dominicana, para los niños dominicanos. Era la primera vez que un personaje dominicano cobraba vida en forma de juguete. Un proyecto valiente, nacido de la convicción de que la imagen de niñez dominicana merecía verse reflejada en sus muñecas.

Cada detalle fue pensado con esmero: su cabello con dos colitas, un gran bobo, sus ojos marrones —como los de la mayoría de las niñas del país—, y esa expresión tierna y chispeante que parecía decir "¡Zzzzuave!" a todo lo que la hacía feliz. Pero más allá del juguete, La Pinky llevaba consigo un mensaje de empatía. La muñeca fue una abanderada de los niños con problemas cardíacos, enseñando que la verdadera alegría también se encuentra en ayudar a los demás.

El lanzamiento fue un acontecimiento. Las tiendas se llenaron de niñas que querían una muñeca con la que se sentían identificadas. Tanto fue el entusiasmo que hubo que fabricar una edición de emergencia en pleno lanzamiento. Las primeras 20,000 unidades se agotaron en días.  Y para quienes aún lo recuerdan, costaba 250 pesos.

Resulta natural que una empresa como CCN haya sido quien le diera vida a La Pinky, ya que esto representa la esencia misma de la dominicanidad que CCN ha defendido desde sus inicios: creer en lo nuestro, impulsar el talento local y acompañar la vida cotidiana del país con proyectos que conectan con su gente. Apostar por muñeca de La Pinky fue más que una estrategia, fue un gesto de identidad. Fue abrirle espacio a una voz local en el mundo de los juguetes, y demostrar que lo dominicano también puede inspirar, enseñar y brillar.

Más de tres décadas después, La Pinky , esa muñeca de lunares rojos sigue viva en los recuerdos y risas de quienes crecieron con ella, quienes aún guardan su muñeca, y en las historias de su amiga de infancia. Esa característica sonrisa, un símbolo de ternura, creatividad y orgullo nacional. Un recordatorio de que la innovación no siempre viene de lejos, sino del amor por nuestras propias historias.

¿Y usted? ¿Todavía conserva su Pinky?

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