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La baronesa y los restos

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La baronesa y los restos

La escritora trotamundos Emilia Serrano, Baronesa de Wilson, en amenas obras americanistas consigna sus visitas al país. Tal el caso de América en fin de siglo, el XIX. “En nuestra tercera excursión por el mundo colombino, nos habíamos propuesto profundizar hasta lo más hondo en una cuestión de alta importancia histórica, acumular el mayor tesoro de detalles, beber en fuentes propias el caudal necesario para que nuestra opinión fuera sólida, basada sobre antecedentes irrecusables y resultado de nuestra propia convicción.

La idea que nos aguijoneaba, dominándonos, era la de conocer a conciencia la antigua isla Española, la primera que fue colonia en tierras americanas, y privilegiada hasta en el postrer recuerdo de aquel genovés augusto que, desafiando miserias, mendigando auxilios de príncipes y reyes, anduvo por el viejo mundo, en busca de corazones generosos y almas elevadas que comprendieran la magnitud de un sueño realizable: el descubrimiento de paraísos perdidos en las inmensidades del Océano, entre las nieblas de lo misterioso, en la noche oscura de la tradición y de remotas afirmaciones.

Y la idea encontró único apoyo en dos monjes inmortales y en una mujer heroica y magnánima. El problema fue resuelto, el más allá de los mares resultó evidencia, y después de osada lucha contra temores supersticiosos y rumbos ignorados, se descorrió el velo, apareciendo aquel continente ideal, defendido por escollos, por abismos, por nevadas altísimas cimas. Allí estaba ceñido por aureola de maravillosos matices, engalanado con nítidas perlas, flotando en vastísimo nimbo de luz, vestido con encajes de oro y alfombrado de perfumadas rosas y níveos jazmines.

Era el mito que en las edades pasadas fue anunciado y adivinado por griegos y romanos, por sabios y poetas: el imposible, que sólo existía en espíritus fantásticos o enfermos, y que surgió de las profundidades del mar, de las tempestuosas olas, de las misteriosas playas, risueño, alegre, rico y como verdadera tierra prometida, ante los asombrados ojos de los insubordinados compañeros del navegante audaz.

Formarnos exacta idea de su tumba en Santo Domingo, era nuestro más acariciado propósito, pues sabido es que, por privilegio soberano, Colón y sus descendientes tenían sepulcro en la catedral de La Española.

Nos dedicamos a registrar documentos valiosos, a pedir autorizados juicios, escudriñando el pro y el contra, para tener cumplido conocimiento y sacar en limpio si los restos de la entidad inmortal eran aquellos trasladados a la isla de Cuba, o si más feliz Santo Domingo, ha conservado el precioso depósito, cumpliéndose así la postrera voluntad del marino más osado y extraordinario.

La cuestión no reviste otro carácter que el interés histórico, ni infiere ofensas, ni mengua glorias nacionales, pero creemos que todavía hay mucho que estudiar para resolver ese problema y a ciencia cierta saber si en 1795 hubo o no error al extraer los restos que yacían en la bóveda sobre el presbiterio, pared principal y peana, del altar mayor.

¿Cuál era la prueba para considerarlos como despojos de la gloriosa envoltura terrenal de Cristóbal Colón? Nada lo indicaba; ni un nombre, ni una fecha que diera o haya dado luz y fuerza a los ataques o a las defensas. Las noticias que tenía el almirante Aristizábal eran por extremo deficientes, sin que adelantasen las que por su parte habían adquirido las autoridades de la isla y que se reducían a creer que las cenizas del atrevido piloto estaban en la catedral dominicana, a la derecha del altar mayor.

Según documentos auténticos, consta que, en las restauraciones hechas en la metropolitana, se habían encontrado dos urnas: una debía contener los restos del egregio descubridor, y otra los de D. Luis Colón, pues la tradición dice que existen en las ruinas del convento de Franciscanos las cenizas de Bartolomé Colón, el Adelantado, hermano del primer almirante de las Indias.

Varias ciudades dispútanse la gloria de haber sido cuna de Colón, y dos naciones la posesión de sus restos. Tal vez eternamente quedará en tela de juicio la solución de ambos problemas históricos, por más que, dada la premura del tiempo, la poca certeza del sepulcro, el no tener éste indicio ni serial ninguna para juzgar su autenticidad, haga sospechar que no fueron las cenizas de Colón las buscadas y encontradas por el patriotismo del almirante español, cuando a consecuencia del tratado de Basilea, dejó de pertenecer a España la isla de Santo Domingo.

Todo hace creer que Diego Colón, aquel que un día llegó con su padre a la Rábida implorando la noble caridad de los monjes, sea el que descanse en el monumento levantado en la Habana. Y esta idea arraiga con más ahínco después de conocer la situación de las tumbas, que a pesar de las restauraciones hechas en el templo, de los terremotos, los abusos y profanaciones cometidos por los piratas, presentan entera identidad con las mencionadas en los documentos históricos, que reproduce y cita el Sr. D. Manuel Colmeiro en su extenso informe de la Real Academia Española, publicado en 14 de Octubre de 1878.

Efectivamente, el almirante D. Luis Colón, duque de Veragua, ocupó la tumba al lado de la Epístola, precisamente enfrente de aquella que debió encerrar los despojos de Cristóbal Colón, al lado del Evangelio. La bóveda hoy vacía, ocupada anteriormente por el nieto del descubridor, tiene todo el sello de antigüedad, no tanto sin embargo como la del primer almirante. Registrada ésta se ve cercana y separada de la principal, que se encuentra debajo de la silla episcopal, como por el canto de dos ladrillos la que fue abierta en 1795.

Meditando, ocurre una reflexión y es que si en 1506 falleció el sublime nauta, si de esa época a 1513 fue trasladado su cadáver al monasterio de la Cartuja de las Cuevas, cerca de Sevilla, y de allí en 1536 o 37 se le condujo a la isla de Santo Domingo, y que los gloriosos despojos estuvieron largo tiempo depositados en virtud de la lucha sostenida por don Luis Colón y Toledo con el Cabildo dominicano, y que por último hasta 1540 o 1541 no llegaron los restos a disfrutar de los privilegios reales, cabe en lo posible que las cajas hubieran sufrido gran deterioro y se creyera de urgente necesidad sustituirlas con otras. Careciendo éstas de la inscripción que lógica y naturalmente debían de tener las primeras, no sólo por iniciativa de los franciscanos de Valladolid, sino también por el cariñoso interés de la familia, tanto como por deber de aquellas autoridades que entendieran en el fallecimiento del hombre que había dado a España un mundo desconocido y gloria perdurable.

Investigando más escrupulosamente, se daría con la clave del enigma, pues claro está que si los restos de D. Luis Colón y Toledo auténticamente reconocidos tenían sepultura a la derecha del altar mayor donde existe la bóveda, la del frente al lado del Evangelio era la del descubridor de América, que por cierto no es la que abrieron los españoles en 1795, situada entre la pared principal y la peana del altar mayor, mientras que aquélla, de exclusiva propiedad del descubridor, se halla contra los muros laterales.

En la exacta situación de las tumbas puede juzgarse con imparcial criterio si era o no difícil cometer una equivocación, puesto que los españoles abrieron la segunda bóveda y no la primera, cuya existencia desconocían.

Es de todo punto inadmisible la idea de que el difunto de la urna fuese D. Cristóbal Colón y Toledo, nieto del gran genovés; en ese caso sería preciso negar que las cenizas del huésped de la Rábida hubieran ocupado el sepulcro privilegiado, y que éste permaneciese vacío por espacio de dos generaciones.

Moreau de Saint-Mery dice, en la página 13 del libro Sínodo Diocesano del Arzobispado de Santo Domingo, año M.DC.LXXX, página 11: «Y para este fin, habiéndose descubierto esta isla por el insigne y muy celebrado en el mundo “Don Christoval Colón cuyos huesos yazen en una caxa de plomo en el Presbyterio al lado de la peana del Altar Mayor de esta nuestra Catedral con los de su hermano Don Luis Colón que está al otro lado según la tradición de los antiguos de esta isla, etc.»

Nadie ignora que diferentes historiadores han cometido error en los nombres, tanto al tratarse de los hermanos de Colón, D. Fernando y D. Bartolomé, sino también al tratarse de los hijos del primer almirante, y no se diga en lo concerniente a las sepulturas, conocidas más bien por tradición que por documentos ni pruebas irrecusables.

La catedral, en todas sus vicisitudes, no fue derribada por completo: de aquí el que la bóveda donde reposaban los verdaderos restos de Colón se ocultara a la vista de todos, por lo que en 1783 el certificado de don José Núñez de Cáceres debe ser alusivo a las urnas de Diego Colón y de Luis Colón y Toledo. En el acta levantada en 1795 dice Hidalgo: “Entre la pared principal y la peana del Altar Mayor”. Estas sencillas palabras son por sí solas bastantes para destruir la duda, porque no habiéndose restaurado nada del presbiterio viejo, quedaba siempre pegada al muro la bóveda histórica, y no entre la pared y la peana, como consta en el certificado de la exhumación de 1795.

Dice Harriss: “Lo que hay digno de atención es que los objetos funerarios examinados en la bóveda en 1783 se parecen tan poco a los descritos en el acta de 1795 como éstos a los descubiertos por monseñor el obispo Cocchia en 1877. En 1783 es urna de plomo que estaba encerrada en una caja de piedra; y lo que la urna contenía, según vieron y supieron los canónigos, eran osamentas reducidas a ceniza en su mayor parte, entre las cuales se distinguían huesos del antebrazo. Doce años después la caja de piedra ha desaparecido, y en vez de la urna o de sus fragmentos, es decir, trozos cóncavos o convexos, son unas planchas de plomo como de tercia de largo, indicante de haber habido caja de dicho metal. En cuanto a los huesos, en lugar de un radio o un cúbito, se encuentran pedazos de huesos de canillas.”

Serrano cita a Meriño: “Por convicción firmísima aseguro que Colón está con nosotros.”

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José del Castillo Pichardo, ensayista e historiador. Escribe sobre historia económica y cultural, elecciones, política y migraciones. Académico y consultor. Un contertulio que conversa con el tiempo.