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Leonardo DiCaprio y el año del doble laberinto

Shutter Island e Inception: espejos de un mismo dolor

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Leonardo DiCaprio y el año del doble laberinto
DiCaprio en el laberinto: la culpa como prisión. (FUENTE EXTERNA)

Recuerdo el 2010 por razones que torcieron el rumbo de mi vida, y también por dos filmes que confirmaron que, incluso para los actores, hay años que se convierten en bisagra, en espejos donde su arte se refleja y multiplica. Para Leonardo DiCaprio, ese año fue decisivo. No porque alcanzara la consagración —que ya la traía consigo desde hacía más de una década—, sino porque en cuestión de meses llegaron a cartelera dos películas que, sin proponérselo, se respondían como mitades de un mismo relato. Shutter Island, de Martin Scorsese, e Inception, de Christopher Nolan, coincidieron en el calendario por capricho de distribuidoras y estrategias de mercado, pero para el espectador constituyeron un díptico inquietante: dos historias distintas, dos géneros lejanos, un mismo rostro en el ojo de la tormenta. Yo las guardo como postales íntimas: un verano luminoso en Barcelona viendo Inception, y una tarde gris en Londres descubriendo Shutter Island; dos ciudades, dos películas, dos huellas indelebles de un año irrepetible.

En ambas, DiCaprio carga con una culpa insoportable: la muerte de una esposa. En ambas, la mente del protagonista fabrica ficciones como escudos. Y en ambas, el final queda en suspenso, perdido en la bruma de la indecisión. No sabemos si Teddy Daniels es un marshal que ha descubierto una conspiración; o Andrew Laeddis, un paciente que se niega a recordar su crimen. No sabemos si Dom Cobb ha vuelto a casa con sus hijos o si todavía sueña en un limbo del que no hay salida. Lo único seguro es la persistencia de esa grieta íntima que convierte al hombre en prisionero de su memoria.

 

La isla y el sueño

En Shutter Island, la cárcel es un sanatorio psiquiátrico aislado, rodeado de mar embravecido, donde los pasillos, las rejas y las celdas son prolongaciones del laberinto mental del protagonista. El delirio de Daniels/Laeddis se convierte en un thriller gótico, con tormentas y faros como metáforas de la mente que busca una salida y no la encuentra. Scorsese filma con densidad atmosférica, como si el aire estuviera impregnado de humedad y culpa.

En Inception la prisión es más sofisticada. La contiene una arquitectura de sueños dentro de sueños, ciudades que se doblan sobre sí mismas, hoteles sin gravedad, fortalezas nevadas que se derrumban al contacto del tiempo. Nolan traslada el mismo dilema —la mente como encierro— al terreno de la ciencia ficción, con relojes alterados, capas narrativas y mecanismos de relojería que sirven de excusa para interrogar lo mismo.  ¿Qué es real? ¿Qué no? El protagonista cree moverse hacia la verdad, pero en realidad se adentra más y más en la ficción que él mismo construye. Es el drama clásico del hombre que huye de sí mismo y termina dando vueltas en círculo.

 

El tótem y la peonza

En Inception, la metáfora adopta un objeto preciso: el tótem. Cada soñador tiene el suyo, un amuleto personal que, en teoría, permite distinguir la vigilia del sueño. Cobb utiliza una peonza que gira y gira. Si cae, está en la realidad; si sigue girando, atrapado en la ficción. Pero ese objeto trae consigo una ambigüedad corrosiva porque era de Mal, su esposa muerta. El tótem, que debía garantizar certeza, está ya contaminado por la memoria de la pérdida.

El trompo, en su girar interminable, simboliza la imposibilidad de alcanzar una respuesta definitiva. La cámara de Nolan, en el último plano, nos acerca a esa peonza que parece tambalearse, pero no vemos nunca el desenlace. Se congela el tiempo, como si el director nos arrojara a la misma condena de su personaje, que es vivir en la duda. La peonza asemeja la parábola de una modernidad que ya no confía en verdades sólidas y que acepta, con resignación o con vértigo, el terreno movedizo de la ambigüedad.

 

La frase y la fuga

En Shutter Island, el equivalente a ese trompo es una frase. Daniels/Laeddis, después de haber atravesado el juego terapéutico del hospital y haber vislumbrado la verdad de su crimen, se sienta en las escaleras con su médico y pronuncia las palabras que sellan el relato: "¿Qué sería peor: vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?". Esa sentencia dudosa abre dos caminos. Quizá ha aceptado la realidad y prefiere fingir un retorno al delirio para que lo loboticen. Quizá, por el contrario, ha recaído en su fantasía y sigue convencido de ser víctima de una conspiración.

Scorsese nos deja atrapados en la misma incertidumbre. No sabremos jamás si Daniels ha recobrado la cordura o si ha decidido hundirse en la ficción para siempre.

 

La música como tótem

En Inception, Hans Zimmer compone una partitura que es parte del mecanismo narrativo. Su tema central, Time, es un crescendo hipnótico, repetitivo, que se expande como los sueños dentro de sueños. Más aún, Zimmer toma Non, je ne regrette rien, de Édith Piaf —la canción que marca el regreso al mundo real y que adopté en el mío del 2010— y la ralentiza digitalmente hasta convertirla en la textura sonora de todo el filme. El score es literalmente esa canción estirada, como si la música misma estuviera sumergida en las distintas capas temporales. El tótem de Cobb encuentra así un eco musical. La peonza gira en la imagen y la melodía se dilata en el tiempo, recordándonos que la realidad es frágil, que el oído también puede ser engañado.

En Shutter Island, en cambio, Scorsese prescinde de una partitura original y elige piezas contemporáneas de vanguardia (Penderecki, Ligeti, Cage). El resultado es opresivo, discordante, casi insoportable. La música desestabiliza en vez de acompañar. Nos recuerda que estamos dentro de una mente fracturada.

La diferencia es reveladora. Nolan ofrece un amarre ilusorio al espectador —una melodía que gira como la peonza—, mientras Scorsese lo expone al quiebre de lo atonal. En un caso, la ficción es un refugio hipnótico; en el otro, una amenaza que retumba.

 

El año de la doble máscara

DiCaprio filmó Shutter Island en 2008 y Inception en 2009, pero los caprichos de la industria quisieron que ambas coincidieran en 2010. Para el público fue como asistir a un díptico involuntario, un estudio en dos variaciones sobre el mismo tema: la mente como refugio y condena.

El actor, sin proponérselo, terminó componiendo un personaje doble. En un escenario, es un policía que investiga; en el otro, un ladrón de sueños. Pero debajo de los uniformes distintos late el mismo drama: la esposa muerta, la culpa inextinguible, la tentación de vivir en una ficción. Podría pensarse que no interpretó dos papeles, sino uno solo multiplicado por dos directores con estilos antagónicos. Scorsese, barroco y sombrío; Nolan, geométrico y cerebral.

 

El espectador como rehén

En ambos casos, el gran truco consiste en que la ambigüedad del personaje se transfiere al espectador. Cuando la peonza gira, no sabemos; cuando Daniels pronuncia su frase, tampoco. Somos arrastrados a la misma condición de incertidumbre. Nolan y Scorsese no cierran sus historias porque saben que lo real, en el fondo, no es clausurable. El espectador sale del cine sin certeza, pero con la conciencia aguda de que la mente, cuando se defiende del dolor, puede fabricar ficciones más sólidas que la realidad.

 

El eco de una misma obsesión

No es casual que DiCaprio encontrara en 2010 este doble espejo. Su carrera, desde Titanic hasta The Revenant, está poblada de hombres obsesionados, atrapados, marcados por una tragedia. Pero en ese año particular, los papeles se alinearon con precisión de astros. Un psiquiátrico en una isla y una ciudad que se dobla sobre sí misma terminaron contando la misma historia: la del hombre que, incapaz de soportar la pérdida, se refugia en un laberinto mental.

 

Epílogo

Al final, lo que une a Shutter Island y Inception es el dilema ético y existencial que plantean. ¿Es preferible aceptar la verdad, aunque destruya, o inventar un refugio en la mentira? ¿Es mejor ver la peonza caer, con todo el peso de la realidad, o dejarla girar eternamente en la ilusión?

DiCaprio, en ese 2010 irrepetible, fue el rostro de esa duda. Un hombre sentado frente a un trompo que gira. Un hombre que pronuncia una frase que nunca termina de aclararse. Dos finales abiertos, dos laberintos sin salida, dos máscaras de un mismo dolor. Y nosotros, desde la butaca, convertidos en cómplices de esa incertidumbre.

Es la metáfora de nuestra condición contemporánea. Vivimos en un mundo donde las fronteras entre realidad y ficción se han vuelto difusas, donde las narraciones se superponen, donde lo verdadero y lo ilusorio conviven. Tal vez, como Cobb y como Daniels, lo único que nos queda es aceptar el vértigo de la duda y aprender a habitar ese remolino incesante.

Vuelvo a aquellas salas de 2010: la penumbra húmeda de Londres, donde vi Shutter Island como quien abre un sobre lacrado lleno de secretos; la luz estival en Barcelona, donde Inception se desplegó como un rompecabezas infinito. Dos ciudades, dos películas, dos recuerdos que siguen girando en mi memoria como la peonza de Cobb.

TEMAS -

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.