Marco Antonio Muñiz, sigue de frente
Las memorias de Marco Antonio Muñiz relatan su vida y carrera, desde sus inicios en teatros mexicanos hasta su consagración internacional

Benny Moré, de gira por México, fue quien llevó a Marco Antonio Muñiz, con 18 años de edad, a la casa de Graciela Olmos, a quien apodaban La Bandida, donde inició su despegue como cantante que ya para entonces, y desde los 13 años de edad, descollaba en distintos teatros y ciudades de su patria buscando hacer lo único que supo en toda su vida: cantar.
La mancebía de La Bandida era el recinto preferido de los hombres más ricos y famosos de México, además de ser el lugar donde se pagaba mejor que en ninguna otra parte. El "bárbaro del ritmo", como afirma Marco Antonio, frecuentaba los billares y era aficionado a la bebida en gran escala. Marco Antonio solía acompañarlo en sus juergas, por lo que el Benny comenzó a presentarlo como su secretario. Desde que el cubano llevó al mexicano donde La Bandida, se hizo frecuente ver llegar el amanecer acompañando a las "pupilas" de la señora Olmos, pobres taloneras que subían siete o diez veces a las recámaras a ofrecer sus servicios, a excepción de Sandra, una nativa de Monterrey, con "estilo y clase", que "manejaba a la perfección el estado anímico de sus compañeros casuales" y "luego, dulcemente, como si fuera ella la conquistada, los invitaba fraternalmente al calor de su recámara". Y solo uno por noche.
Benny se fue de gira junto a Pérez Prado, y dejó de ir a la casa de La Bandida, pero Marco Antonio se quedó allí, y se fue "colando como la humedad" haciéndose amigo de cocineros, porteros, meseros y cantantes que pasaban por aquel santuario donde Graciela Olmos recibía a políticos, artistas, diputados, senadores, gobernadores, toreros y hombres de cartera abultada. Solían ser asiduos, entre otros muchos, el gran torero Manolete, el actor Pedro Armendáriz y el "flaco" Agustín Lara. Todo terminó la noche en que La Bandida, al reconocer sus cualidades, aunque él no lo entendiera en el momento, lo llamó, le regaló la guitarra que le había obsequiado Manolete y lo despidió, considerando que su ciclo en aquel espacio había concluido y él debía buscar nuevos derroteros.
Marco Antonio, nacido en Guadalajara y de familia pobre y numerosa, apenas salía de la pubertad cuando su padre, un fogonero de la línea férrea, lo subió al tren solito, rumbo a Ciudad Juárez, para que él aprendiera a vivir sin su compañía. Su familia cargó con sus escasas pertenencias a Tlaquepaque, hermoso pueblo de artesanos, mientras Marco Antonio se colaba en el Teatro Casino para hacer lo que siempre quiso: ser cantante, trabajando hasta las 5 de la mañana con tres actuaciones por día. Ya era admirador de don Pedro Vargas, de María Luisa Landín, de Chelo Silva, entre otros, y acostumbraba a cantar las composiciones de moda. Su vocación estaba en la sangre: sus padres cantaban "muy afinado", el papá era un gardeliano sin pausas, y todos sus hermanos "cantaban bonito", a un nivel de que el más pequeño, Rodolfo, tenía la misma tesitura que Marco. Eran los años de gran pegada de los tríos y el cantante se integró a varios de esos grupos como un miembro menor: Los Tres Brillantes, el Grupo Tropical Veracruz, Sexteto Fantasía, la Rondalla Tapatía, hasta Los Tres Ases, por donde comenzó su otra carrera, la de actor de cine y la de cantante de las bandas sonoras de muchas películas, en la llamada época de oro del cine mexicano. Con Los Tres Ases vino por primera vez a Santo Domingo en 1958. Antes, hizo de todo un poco: desde arrancador de aplausos en los programas de la televisión, hasta de "traidor": tráeme esto, tráeme aquello. Corrían los años cincuenta. En 1967, es cuando, por primera vez le llega, sin esperarla, la oportunidad de actuar como solista. Fue también su primer gran triunfo en el escenario. El famoso dueto de Carmela y Rafael -quienes participaron en algunas de las Semanas Aniversarias de La Voz Dominicana- no llegó ese día a un maratón benéfico con amplia difusión en la televisión. El productor pidió a Marco Antonio que supliera la falta. Después de su primera canción percibió que los aplausos fueron fríos. Y haciendo gala de una virtud que sería usual en su posterior carrera, pidió a los televidentes que le dijeran cuál canción querían escuchar, que él cantaría la que fuese a cambio de un donativo. Por dos horas estuvo cantando mientras las llamadas y el dinero no dejaban de llegar.
Iniciaron las giras por Nueva York, Cuba, Puerto Rico, Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador, Estados Unidos. Todavía era uno más del elenco en batalla. Hasta que llegó su primer gran éxito, "Luz y sombra", de manos de
quien sería no solo el principal compositor de sus canciones, sino su protector, apoderado y celestino de su aún esposa, Rubén Fuentes, "la persona con mayor significación en mi trayectoria". Puerto Rico se convirtió en su segundo hogar. Fue allí donde obtuvo los primeros grandes contratos y una permanencia casi fija en el Caribe Hilton. Las navidades boricuas llevaron por 38 años consecutivos el sello de marca de Marco Antonio Muñiz. Fue el primer cantante de habla hispana en actuar en este célebre hotel borinqueño. Puerto Rico fue su "baño de sangre como solista a nivel internacional" y el Hotel Condado su escenario: "Canté en la mañana, en la tarde, en la noche, a pie y en coche". Fue allí donde conoció a los compositores Rafael Hernández y Pedro Flores, a quienes proyectó en el mundo y especialmente en México. Ambos eran enemigos irreconciliables. Marco Antonio los invitó a cenar, sin que uno supiese la presencia del otro, para que se entendieran. Resultó imposible. "Nunca hicieron las paces y murieron peleados". Allí trató también a Bobby Capó, el célebre autor de "Piel canela" y "El negro bembón", de quien Marco Antonio recuerda que era "musicalmente un genio, pero en la intimidad una persona un tanto insegura". De Capó interpretó "Ay, querida", un alegato de amor desproporcionado, porque celaba a su esposa, una ex reina de belleza.
Armando Manzanero, José Alfredo Jiménez y José José, se convirtieron en sus grandes amigos. En Venezuela, donde fue por décadas una figura estelar, tuvo como uno de sus admiradores principales al presidente Carlos Andrés Pérez. Describe en sus memorias la burla que hizo a Juan Gabriel el rey Juan Carlos, cuando se celebró la Primera Cumbre de Jefes de Estados Hispanoamericanos y el presidente mexicano de la época, Carlos Salinas de Gortari ofreció una cena con las actuaciones de Manzanero y el llamado "Divo de Juárez". El rey de España, luego de ver actuar a Juan Gabriel, le dijo entre risas al presidente Salinas si así eran los charros en México. El mandatario mexicano mandó a llamar a Marco Antonio para que en las recepciones siguientes cantara solamente él y de a mucho. "El haberme dado a la tarea de satisfacer por treinta años a todas las latitudes de América Latina, me dejaron listo el camino para meterme a todos en el bolsillo y romper el estricto protocolo del Estado Mayor. Un monarca, un dictador, presidentes y primeros ministros se humanizaron y tararearon, cantaron y compartieron con el alma encendida, el recuerdo de las tierras que los habían visto nacer".
Las memorias de Marco Antonio Muñiz cubren muchos ángulos, en capítulos cortos, iniciados cada uno con una breve pero inteligente introducción, que permite navegar en su vida, andanzas y haberes con gozo casi indescriptible, saboreando cada paso de su existencia como hombre y como artista: desde el veto que le impusiera por siete años Emilio Azcárraga en Televisa, por participar en un programa de la competencia, hasta cuando llegó la hora de los cambios con el pay-to-play y la decadencia del disco. En estas memorias, tituladas con el nombre de la más famosa composición de Rafael Solano, se dedica un capítulo a la República Dominicana: sus constantes actuaciones en Martes de Montecarlo, en 1964; su primera presentación "como un tíguere gallo" en esa década; sus giras "de cabo a rabo por ete paí"; sus recuerdos afectuosos de Matilde viuda Selman, "Muñeca", y de su amigo, el "turco" César Suárez Pizano, desde la primera hasta la última actuación su apoderado en Santo Domingo y a quien dice deberle "el cariño que se generó entre los dominicanos" y Marco; al compositor Manuel Troncoso; a la bohemia con los Troncoso, los Thomén y los Rodríguez; a la placa con su nombre que recuerda su trayectoria en el Bulevar de las Estrellas, en la avenida Winston Churchill, junto a las de Johnny Ventura y Juan Luis Guerra; y a la Orden Heráldica del Gran Almirante de la Mar Oceana que recibiera, en 1996, de manos del presidente Leonel Fernández, quien también le impusiera la Orden al Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, en 2009. Y, por supuesto, al maestro Solano, su "amigo y hermano", por haber permitido "dejar un pedacito de tan hermoso país en cada rincón del mundo donde me presenté. Siempre cerré mis shows con broche de oro acompañado de esa bella canción que es un himno de hermandad y esperanza: Por Amor".
A sus 92 años, cumplidos el pasado 3 de marzo, Marco Antonio vive retirado en Ciudad de México. Su legado continuará en las voces de dos de sus hijos y de un nieto. El espectáculo termina, igual que la vida. Más de sesenta años en los escenarios de su patria y del mundo. "En mi camerino quedo yo, con un cuerpo frágil y debilitado por la edad, entre pensamientos, recuerdos, memorias, el vaivén de las melodías que acompañan las canciones que aún recuerdo al pie de la letra y sorprendido por la generosidad de la vida".
Las memorias del gran cantante mexicano, imposibles de compendiar en tan breve crónica, llenas de anécdotas, están prologadas por el maestro Rafael Solano, quien celebrará su 94 aniversario de vida el próximo jueves 10 con un gran espectáculo en su natal Puerto Plata.