Entre Hendrix y Juan Luis
El himno dominicano ¿símbolo sagrado o pieza de museo?
En USA, el himno nacional se reinventa con cada garganta. Lo rasgó Jimi Hendrix con su guitarra en Woodstock, lo elevó Whitney Houston en un Super Bowl, lo desbordó Aretha Franklin con un simple piano. Nadie arma un escándalo. La música patria vive también de la fuerza interpretativa y de la memoria compartida.
Aquí, en cambio, basta con una regrabación fiel —sin alterar una nota ni una sílaba— para que algunos salten como si se hubiera mancillado la Patria. Paradójicamente, no se protesta contra la mediocridad institucional, sí porque Juan Luis Guerra, Janina Rosado y José Antonio Molina nos regalaron una versión impecable del himno, con coro y sinfónica incluidos, grabada con tecnología de primer nivel.
Para colmo, se discuten con mezquindad los tres millones de pesos invertidos en un ejercicio cultural irreprochable. Tres millones que esta vez dejaron una joya sonora para el presente y el futuro.
Lo que en EE. UU. se celebra como vitalidad cultural, aquí algunos lo confunden con complot. Nadie cambió nada, nadie tocó la letra de Prud’Homme ni la música de José Reyes. Se cuidó con esmero la sonoridad de su himno.
En USA, la creatividad con el himno no lo degrada. Al contrario, lo acerca al norteamericano contemporáneo sin desvirtuar el sentido épico de sus letras. Cada nueva interpretación reactualiza la emoción patriótica y mantiene viva la solemnidad en clave de presente. Esa lección debería servirnos.
No hay contradicción entre preservar la tradición y dotarla de nuevas formas de resonancia. El himno es símbolo, sí, pero también música, y la música respira con el tiempo. Mientras allá celebran la diversidad de voces, aquí hay quienes tiemblan ante un micrófono nuevo… y un presupuesto bien gastado.